Domingo de Ramos B 2ª lect. (25.03.2018): entrada al Misterio de Muerte y Resurrección
Comentario: “Cristo se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo” (Flp 2, 6-11)
Muy oportuna, en la entrada de la Semana Santa, la lectura de este himno recogido en la carta a los Filipenses. Pudo componerlo el mismo Pablo (su vena poética queda acreditada en 1Co 13, 1-13) para justificar su “teología del poder eclesial”, basada en la teoría y práctica de Jesús.
Hay que leer los cinco primeros versículos (Flp 2, 1-5)
Pablo anima a la comunidad a tener la actitud propia de “Cristo Jesús”: “Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor (agape), si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas...” (Flp 2, 1). “Agape” puede traducirse (como en Gál 1, 9) por “iglesia”, “comunidad de amor”. Así llamaban a las comunidades primeras: “la caridad que vive en..”. La vida cristiana es estimulada por Cristo y por la comunidad. Ambos producen “comunión de espíritu” y “misericordia y ternura”. De aquí la importancia de la comunidad para el cristiano. Cristo no falla. La comunidad falla si el centro se pone en la doctrina, en normas, en ritos, en la autoridad...; así se debilita el “alivio del amor”. El amor se necesita para “dar esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir” (Flp 2, 2). Dos veces se usa el verbo “froneo”, procedente del sustantivo “fren, frenós”: “diafragma y membrana que envuelve un órgano”, bien sea el corazón, el hígado, las vísceras. De aquí pasa a significar envoltura inmaterial que unifica al ser humano: corazón, alma, inteligencia, voluntad... Alude a la envoltura que unifica al cristiano y a la comunidad, que no es otra que el Espíritu, unificador de la persona cristiana y de la comunidad. Los unifica al derramar sobre ellos el Amor mutuo, “nudo de la perfecta unidad” (Col 3,14). De aquí la insistencia en el “mismo amor”, “unidad de alma”, “una sola cosa”. Consecuencia lógica: “No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por humildad (“tapeinofrosine”, de “tapeinós” –humilde- y “fren” -corazón o mente-) a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás” (Flp 2, 3-4).
Y, por fin, el versículo cinco resume e introduce en el fundamento de la vida cristiana:
“Tened entre vosotros los sentimientos (“froneite”: “sentid”) propios de Cristo Jesús” (Flp 2, 5).
Afirmaciones con sujetos agentes distintos: “Cristo Jesús” (2, 6-8), y “Dios” (2, 9-11)
a) Jesús, siendo “imagen de Dios” (“morfé”: forma, condición):
- no consideró “presa” ser-como-Dios. Adán, y todos con él quieren destacar: que se les reconozca el rango, les llamen “señores” o títulos más “como-Dios” (“beatitud”, “santidad”, “eminencia”, “monseñor”...). El afán de sobresalir e imponerse es muy fuerte. Origina rivalidad contraria al amor.
- “se vacía de su imagen” y se hace “siervo”, similar a cualquiera, mostrándose como uno de tantos.
- “se abajó” hasta el final, hasta la muerte, y para colmo encontró una muerte “en cruz”, de las más terribles que hemos inventado. El camino de Jesús provoca amor gratuito, no paga mal por mal, evita alejamiento. A ese camino invita, especialmente a los que quieran “representarle”. Es el camino para contagiar el Evangelio del amor de Dios.
b) Dios responde a la vida de Jesús y a la nuestra:
“Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que, al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Flp 2. 9-11). El afán de vida, el deseo de dicha está asistido por el amor divino. Tras la muerte física, el amor divino saciará los deseos humanos. Nuestros límites serán “saltados”, “seremos semejantes a Dios, le veremos tal cual es” (1Jn 3, 2), “para gloria de Dios Padre”.
Homilía hecha oración: “Cristo se anonadó, tomando la condición de siervo” (Flp 2, 6-11)
Jesús, siervo de los servidores del Amor:
tú, “señor”, nosotros, “señores”, dueños de nosotros mismos;
no podemos ser siervos de nadie, porque el Creador nos ha hecho libres;
la libertad es un derecho humano original, fundamental.
Tu libertad, Señor, nos vincula totalmente al Amor:
al Amor descubierto en ti, en tus obras y palabras;
tus entrañas quedaron al descubierto mientras “actuabas”
en aquella sociedad apasionada por el dinero, los honores y el poder;
te vemos acercarte a los que “apenas eran”:
- enfermos, leprosos, niños, mujeres, descreídos, pecadores...;
contemplamos tu rostro “endurecido” frente a los causantes de la injusticia:
- les consideras “sepulcros blanqueados” por su bondad aparente;
- denuncias su pretensión de poder y de dinero;
- desenmascaras su afán de cargar la conciencia de los demás;
- ridiculizas sus vestimentas ostentosas y sus títulos vacuos.
Tú estás habitado por el Espíritu de Dios:
que “hace salir el sol y bajar la lluvia para justos e injustos” (Mt 5, 45);
que te lleva a construir una familia nueva desde el amor del Padre;
que hace sentirse hijos del mismo Padre-Madre y hermanos mutuos;
que fortalece para superar las tentaciones:
- de la riqueza, que se convierte en el “pan nuestro”;
- del prodigio del cielo, que se convierte en vida entregada a los hermanos;
- del poder, que “no domina” sino que se hace servicio gratuito.
De este amor habla Pablo a los filipenses, primeros cristianos europeos:
“Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor,
si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría:
- manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir.
No obréis por rivalidad ni por ostentación,
considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros.
No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás.
Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Flp 2, 1-5)
Cristo Jesús, necesitamos mirarte:
“siendo imagen de Dios, no consideras presa ser-como-Dios;
te vacías de tu imagen y te haces siervo necesitado del Amor;
semejante a cualquiera, mostrándote como uno de tantos;
abajándote hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 6-8)
Nuestra libertad queda en-amorada en-amor gratuito:
nos sentimos más libres, más capaces de elegir lo mejor;
creemos en tu vida libremente dedicada al humanismo pleno;
admiramos a quienes buscan la libertad, la igualdad, la fraternidad;
aplaudimos al Padre por glorificar tu nombre, tu vida, tu amor.
Queremos seguir tus huellas hasta el final:
compartiendo nuestra vida como “pan nuestro”, de todos;
prestigiando sólo el amor que libera y promociona la vida de todos;
no imponiendo nada, sino llamando a la puerta con amor;
“sirviendo y dando la vida como rescate por muchos” (Mc 10, 45; 1Tim 2, 6).
Rufo González
Leganés (Madrid)