El clericalismo busca perpetuarse
El clero quiere “vender” su sacrificio celibatario por el poder absoluto y último en la Iglesia
El clero actual sigue siendo la gran rémora en el “Aggiornamento” de la Iglesia
Rafael Narbona, en su bienvenido Blog “El principio de esperanza”, pronosticaba que el porvenir de la Iglesia Católica “solo contempla dos alternativas: un integrismo estéril y antidemocrático, o una sinodalidad radical y libre de dogmatismos excluyentes” (RD 18 feb 2026 ). Me parece algo exagerada y radical esta visión exclusivamente dualista de la Iglesia. En la Iglesia no todo se reduce a integrismo y antidemocracia, o a sinodalidad radical sin dogmas excluyentes. Hay verdades evangélicas inalterables, hay campo para obedecer la fe y campo para activar la democracia.
Pero es cierto que una parte mayoritaria del clero actual está encerrada en “un integrismo estéril y antidemocrático”. Basta oír las voces tan exiguasque apoyan la “Revuelta de mujeres”, las Asociaciones de sacerdotes casados, a los cristianos LGTBI, a la teología en torno a asociaciones como “Asociación de Teólogas Españolas (ATE)”, Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII”, “Asociación Teológica Ibérica para el Estudio de la Moral (ATIEM)”… Ninguna voz viene del alto clero ni del más joven. Los movimientos eclesiales más comprometidos con la vida social, como la JOC, la HOAC, JEC, etc., son muy minoritarios y cuentan con muy poco apoyo jerárquico.
El clero sigue siendo la gran rémora en el “Aggiornamento” («puesta al día», «actualización») de la Iglesia católica. Hizo fortuna esta palabra (del italiano “giorno”, que significa “día) en tiempos de Juan XXIII y Pablo VI, animadores del Vaticano II. Esperaban que la Iglesia se pusiera al día en pleno s. XX. El primer documento conciliar (“Sacrosanctum Concilium”, sobre la liturgia) resumió en su primer número las pretensiones conciliares: “Este sacrosanto Concilio se propone acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia” (SC 1).
Meditemos breve e indiciariamente estas finalidades desde la actuación del clero:
1) “Acrecentar de día en día... la vida cristiana”. La “vida cristiana” no es la “vida religiosa”. En los años conciliares creció la vida cristiana. El clero se “desclericalizó” desde el hábito hasta en la participación de los llamados “laicos”. La mayoría del clero de entonces contribuyó a “cristianizar” la sociedad. Surgieron comunidades vivas en las que el clero desdibujó su absolutismo. Presidía, no imponía. Su relación era muy fraternal. Se le llama por su nombre como a todos. No hace muchos días, me cuenta un amigo: el cura de mi pueblo “exige” que le llamemos “Padre” o “don Carlos”.
2) “Adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio”. Hoy parece que no existen “instituciones sujetas al cambio”. Ante el abandono forzado del ministerio “ordenado”, la única solución es importar clero, suprimir o reunir parroquias bajo un mismo mando… Todo menos cambiar la ley excluyente del ministerio a casados y mujeres. El clero célibe no quiere compartir poder ministerial con nadie. En el fondo no se fían de los cristianos. Se ve claro que quieren “vender” su sacrificio celibatario por el poder absoluto y último en la Iglesia.
3) “Contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo”.Los inventos clericales están en el fondo de muchas controversias eclesiales. Desde el celibato obligatorio del ministerio ordenado, hasta el modo de ejercer el primado papal, la estructura piramidal, y muchas prácticas sacramentales y celebrativas.
4) “Fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia”. Mucho debe cambiar la Iglesia para, de modo creíble, “invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia”. Ya la visión externa de la Iglesia (vestimentas uniformes, lenguaje poco inteligible, “clase” clerical…) aleja a la gente normal de su ámbito. Sin duda que un clero casado y ministerios abiertos a los cristianos vocacionados y preparados, sin distinción de género, abre caminos. Y muchas más cosas: escuchar a todos, decidir entre todos “lo que afecta a todos” (lo que Jesús dejó a nuestra decisión), transparencia, centrarse en los más necesitados…
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