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Crisis de Ceuta

Compartes con el Padre la honda tristeza por un gran profeta (Domingo 19º TO A 09.08.2026)

“El servicio a los pobres ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora”

¿Me espera a mí lo mismo?, dirías repetidamente

Comentario:Subió al monte a solas para orar. ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! (Mt 14, 22-33)

Los versículos 22-24 narran estos hechos:

a) “apremia a sus discípulos a subir a la barca e ir a otra orilla. El alejamiento obligado de los discípulos tiene su explicación: evitar el falso mesianismo triunfal. Tienen que aprender que el trabajo apostólico, en sus diversas formas (“predicar y dar trigo”), no busca aprovechamiento interesado ni aplauso ni poder sobre las conciencias. Busca despertar la sed de vida con sentido y acompaña en el esfuerzo por encontrar por sí mismo respuestas a lo más profundo de nuestra conciencia. Esta era la actitud de Jesús. Quien conoce a Jesús conecta con su conciencia compasiva, libre, esperanzada, deseosa de que la gente viva desde el Amor. Amor recibido del Padre “que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45). Jesús invita a mirarnos por dentro: descubrir nuestros vacíos e ilusiones, sentir lo que el Espíritu nos está diciendo y proponiendo, experimentar qué actividades, ideales, sentimientos… nos producen paz, alegría, amor sincero y realización personal y colectiva. Ver también qué acciones, ideales, sentimientos… nos producen consuelos engañosos, soberbia, odios, rivalidades, envidias, avaricia…

b) Jesús despide a la gente. La despedida les hace conscientes del regreso a casa y al trabajo. A su vida de cada día. Pero teniendo en cuenta la experiencia de Jesús. Su palabra y su acción les han abierto los ojos para vivir en fraternidad, desde un corazón dispuesto a compartir. No son fáciles las despedidas. Ahí están los cambios de obispos y curas. Hay de todo: quienes no quieren salir, hasta los que quieren cambiar a la mínima contrariedad. Quienes dejan dividida la diócesis o la parroquia, enfrentados unos con otros, hasta lo que creen que ellos son imprescindibles… Para Jesús lo más importante es la gente, la comunidad. Despedir supone hacer un trabajo de responsabilidad compartida, de sinodalidad: dejarles en paz, en respeto mutuo, en libertad, en conciencia fraternal. Evitar dependencia personal es imprescindible. La única dependencia es Jesús y su evangelio. Creo enfermizo el hecho de un director espiritual que iba a cientos de kilómetros, otra diócesis, a confesar a unas religiosas contemplativas. ¡No habría confesores en la otra diócesis!

c) “Jesús subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo”. Para Mateo, siguiendo la tradi­ción bíblica (Ex 17,9-5; 24; 33; 1Re 19), el monte, figura terrena, representa la esfera divina en contacto con la historia humana. En el monte proclama Jesús el llamado por san Agustín “sermón de la montaña” (Mt 5-7). En el monte ora (Mt 14,23), “se sienta” a esperar a la gente (Mt 15,29), se transfigura (Mt 17,1), se despide, ya resucitado, de los discípulos (Mt 28,16). En esta ocasión, tras saber de la muerte del Bautista, Jesús logra estar solo hasta “llegada la noche” y compartir con el Misterio del Padre la honda tristeza ante la muerte de un gran profeta. Se preguntaría varias veces ¿por qué tienen que tapar la boca de personas libres, que piensan y hablan en conciencia, de los críticos, de los opositores...? ¿Me espera a mí lo mismo?, diría repetidamente. Recordaría los panes y los peces multiplicados, fruto de su conmoción de entrañas ante la gente sufriente y pobre. Entrañas idénticas a las del Padre. Le diría una vez más: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre” (Jn 11,41-42). El amor y la libertad del Padre fortalecieron, sin duda, su espíritu.

La barca, “sacudida por las olas” (literalmente “atormentada”), lleva a los discípulos. En la mentalidad bíblica, el mar representa el poder más terrible, las fuerzas caóticas y amenazantes (Jonás 1,4-16), el abismo de donde vienen las fieras feroces (Dn 7,2ss). Como criatura suya, Dios le ha puesto límites (Sal 104,9), apacigua sus tormentas (Sal 107,23-30) y lo domina para liberar a su pueblo (Ex 14,15-31). Hacia la madru­gada Jesús va al encuentro de los suyos andan­do sobre el agua. “Andar sobre el agua” es ajeno a la Biblia. De hecho, Mateo no aduce ningún antecedente profético a este hecho. Sólo en el libro de Job se dice de Dios que “Él solo despliega los cielos y camina sobre el dorso del Mar” (Job 9,8). Los discípulos, lógicamente, se asustan y gritan de miedo. Jesús los tranquiliza: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”.  El episodio termina con dos confesiones de fe: la de Pedro (exclusiva de Mateo) y la de los discípulos. Pedro es el discípulo tipo que duda, teme y cree: pide a Jesús llegar hasta él caminando sobre el agua; un golpe de viento le tambalea, ve que se hun­de y grita: “Señor, sálvame. Jesús le dice: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”. Juntos suben a la barca, el viento se calma, y todos se postran ante Jesús: “Realmente eres Hijo de Dios. “Hijo” no tiene artículo: “Verdaderamente eres un hijo de Dios” (ἀληθῶς θεοῦ υἱός εἶ).

Oración:Subió al monte a solas para orar. ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! (Mt 14, 22-33)

Jesús, la muerte de Juan te lleva “a un lugar desierto”:

la gente enferma y pobre conmueve tus entrañas;

sus necesidades están antes que tu oración;

curas sus enfermedades y compartes la comida con todos;

bien lo comprendió san Vicente de Paúl:

“El servicio a los pobres ha de ser preferido a todo,

y hay que prestarlo sin demora.

Si en el momento de la oración hay que llevar a algún pobre

un medicamento o un auxilio cualquiera,

id a él con el ánimo bien tranquilo y haced lo que convenga,

ofreciéndolo a Dios como una prolongación de la oración.

No tengáis ningún escrúpulo ni remordimiento de conciencia si,

por prestar algún servicio a los pobres, habéis dejado la oración…

La caridad, en efecto, es la máxima norma, a la que todo debe tender:

ella es una ilustre señora, y hay que cumplir lo que ordena”

(Carta 2.546 de san Vicente de Paúl).

Apremia a tus discípulos” a subir a la barca e ir a otra orilla:

tu trabajo evangélico no busca vanagloria ni poder alguno;

no quieres que presuman ni se hagan importantes;

ya les has mostrado tu corazón como el del Padre:

que hace salir su sol sobre malos y buenos,

y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45);

toca seguir el camino en “otra orilla”.

Despides a la gente”, dice escuetamente el evangelio:

seguro que tu despedida no es como las nuestras;

para ti lo más importante es la gente, la comunidad;

despedir es un trabajo de responsabilidad compartida:

dejarles en paz, en respeto mutuo, en libertad,

en conciencia fraternal;

no dejas dividida la comunidad;

no enfrentas a unos con otros;

no te crees imprescindible;

evitas la dependencia personal;

la única dependencia es el Amor encomendado

           a nuestra conciencia y libertad.

Subes al monte a solas para orar”,

tras curar, alimentar y evangelizar a la gente;

largo y tendido hablas con el Misterio que llamas “Padre”;

hacer su voluntad y llevar a término su obra es tu alimento” (Jn 4,34);

actúas siempre según la inspiración de su Amor:

Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo” (Jn 5,17).

Al Misterio le contarías tu tristeza ante la muerte de Juan:

en soledad, con el alma encogida, hasta “llegada la noche”,

compartes con el Padre la honda tristeza por un gran profeta;

preguntarías varias veces:

¿por qué tapar la boca de personas libres,

que piensan y hablan en conciencia,

que viven limpiamente y animan a la honradez?

¿me espera a mí lo mismo?, dirías repetidamente.

Recordaría los panes y los peces multiplicados:

fruto de tu compasión entrañable ante el dolor y la miseria;

dirías una vez más: «Padre, te doy gracias

 porque me has escuchado;

 yo sé que tú me escuchas siempre” (Jn 11,41-42).

Ante su mirada pondrías a los discípulos:

su expectativa de un mesías triunfalista y fulminante;

sus peleas por ocupar los primeros puestos,

su apego a las tradiciones, al templo, a la ley.

Consolado y fortalecido, te vuelves en la noche:

¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!.

¿Por qué dudas?, hombre de poca fe.

A tu lado van percibiendo el amor del Padre

que escucha, acoge, ilumina;

que va desmontando su afán de ricos, poderosos, distinguidos...;

que despierta pasión por la vida de todos,

                       empezando por los que menos vida tienen;

que insta a desarrollar sus talentos para bien de todos;

que anima a crear una comunidad fraterna. 

Jesús de la oración, ayúdanos a buscar tiempo y lugar:

para descubrir nuestros vacíos e ilusiones vanas;

para intuir qué acciones, ideales, sentimientos…

nos producen consuelos engañosos, soberbia,

odios, rivalidades, envidias, avaricia…

para percibir qué acciones, ideales, sentimientos…

nos producen paz honda, alegría, amor, realización;

para sentir lo que el Espíritu del Padre y tuyo dice:

 “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!.

rufo.go@hotmail.com

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