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Así será el viaje del Papa a Barcelona (y sant Feliú)

Cultivamos “prácticas religiosas” y marginamos el Evangelio (Domingo 5º Pascua 03.05.2026)

Queremos, Jesús, ser dóciles a tu Espíritu trabajando porque existan comunidades participativas

El “Dios” que tenemos en nuestra cabeza no es el “Dios”, el “Padre”, del que habla Jesús

Comentario:El que cree en mí, también hará las obras que yo hago y aún mayores” (Jn 14,1-12)

Estamos en el cenáculo. Jesús anuncia la traición de Judas (Jn 13,21.26), el “me queda poco de estar con vosotros” (Jn 13,33) y la negación de Pedro (Jn 13,38). Lógico que el grupo esté agitado, confuso, desconcertado, molesto. Jesús siente lo mismo. El mismo verbo (tarásso: remover, agitar, embrollar) es usado en “Ahora mi alma está agitada”, tras resucitar a Lázaro y manifestar su muerte cercana (Jn 12,27), y en “Jesús se turbó en su espíritu” (Jn 13,21) al sentir la traición de Judas.

Ante esta situación, Jesús ofrece su amor como amor del Padre:No se turbe (ταρασσέσθω: imperativo pasivo 3ª pers. sing.) vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí” (v. 1). Jesús comparten identidad de querer y actuar con Dios: “Yo y el Padre somos uno” (10,30). Es un eco del salmo 27: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?... Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en Yahvé”.

Jesús consuela afirmando la “morada” definitiva, y ya presente en parte:En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros” (vv. 2-3). “Morada” que se anticipa en el amor que sentimos aquí y ahora: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (14,23).

Jesús creía que los discípulos lo tenían claro:Adonde yo voy, ya sabéis el camino” (v. 4). Pero no era así. “Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (v. 5). La respuesta de Jesús es clara: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí” (v. 6). Como a los discípulos, también a nosotros nos cuesta creer estas palabras de Jesús. El “Dios” que tenemos en nuestra cabeza no es el “Dios”, el “Padre”, del que habla Jesús.

Jesús insiste:Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto” (v. 7). Felipe muestra la dificultad de cambiar la imagen o idea de Dios: “Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta»” (v. 8). Ver en la humanidad de Jesús la presencia del Padre y aceptar que la vida de Jesús es la verdad y la conducta del Padre, no es nada fácil. Al Padre-Dios, que no hemos visto, es fácil adorarlo en nuestro interior… Tranquiliza la conciencia, da paz interior, alegra y consuela. Pero la propuesta de Jesús es “seguir su camino” humano, tener sus preferencias, actuar en la vida como actúa él. Eso es más difícil. Marginamos el Evangelio, como marginaron a Jesús la mayor parte de los judíos. Preferimos organizar una vida “religiosa” con su credo, liturgias, procesiones, adoraciones… (Cf. “La Imagen equivocada”, de Martín Valmaseda).

Jesús “replica” a Felipe y a nosotros:Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras” (vv. 9-11). La actuación de Jesús es la actuación del Padre nuestro.

La conclusión es evidente:En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre” (v. 12). Si nosotros, que deseamos seguirle y continuar su misma misión, no hacemos “las obras que hace Jesús, y aún mayores”, no creemos en Jesús. Sólo la imitación de Cristo, seguir su Espíritu, es criterio verdadero cristiano. El que cree en Jesús vivirá orando, cuidando necesitados, creando comunidades acogedoras, delatando injusticias, dando la cara por la verdad y la vida. Su Espíritu, “siendo uno mismo en la Cabeza y en los miembros, vivifica, unifica y mueve todo el cuerpo...” (LG 7).

Oración:El que cree en mí, hará las obras que yo hago y aún mayores” (Jn 14,1-12).

Jesús Resucitado, presente aquí y ahora:

donde dos o tres están reunidos en mi nombre,

allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20);

sabed que yo estoy con vosotros todos los días

hasta el final de los tiempos” (Mt 28,20);

el que me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará,

y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 23).

Necesitamos, Cristo Jesús, escuchar estas palabras:

No se turbe vuestro corazón,

creed en Dios y creed también en mí” (Jn 14,1);

pues el Padre mismo os quiere,

porque vosotros me queréis

y creéis que yo salí de Dios” (Jn 16, 27).

Necesitamos estar convencidos, como Pablo,

de que “en Dios vivimos, nos movemos y existimos” (He 17,28);

de que “habiendo sido justificados en virtud de la fe,

estamos en paz con Dios, por medio tuyo, Señor Jesucristo;

por ti hemos obtenido por la fe el acceso a esta gracia,

en la cual nos encontramos” (Rm 5,1-2);

de que “esta gracia” es “el amor de Dios derramado

en nuestros corazones por el Espíritu Santo

que se nos ha dado” (Rm 5,5);

de que “ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu

de que somos hijos de Dios” (Rm 8,16);

de que “el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad,

pues nosotros no sabemos pedir como conviene;

pero el Espíritu mismo intercede por nosotros

con gemidos inefables” (Rm 8,26);

de que “ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios

manifestado en ti, Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8,39).

Tu Espíritu, que “habló por los profetas”:

sigue inspirando a mujeres y hombres aquí y ahora;

continúa ayudando a mirar el mundo con tus ojos;

ilumina tu voluntad en los “hechos de vida”;

hace consciente y avisa de los desvíos del Evangelio;

da valor contra la injusticia arriesgando incluso la vida.

Queremos, Jesús de todos, ser dóciles a tu Espíritu:

aceptando que la Iglesia es Pueblo de Dios;

sintiéndonos todos tan sacerdotes como Tú,

pontífices entre Dios y las personas, y al revés;

actuando como “piedras vivas, sacerdocio santo” (1Pe 2,5),

vinculados con Dios a través de ti, Cristo;

dando el don de Dios: su Hijo y su Espíritu.

Queremos, Jesús de todos, ser dóciles a tu Espíritu:

trabajando porque existan comunidades vivas, participativas;

aceptando los diversos servicios o ministerios:

para ayudarnos a ser mejores “sacerdotes”,

“porción elegida”, “pueblo de Dios”;

para “modelar y dirigir, confeccionar la eucaristía

en la persona de Cristo y ofrecerla

en nombre de todo el pueblo...” (LG 10);

para procurar que todos puedan ejercer sus carismas,

respetar los derechos humanos,

alejar la adulación, la sumisión, el envilecimiento...;

dialogar los problemas con criterios evangélicos...

decidir comunitariamente de acuerdo con tu Evangelio.

Cristo resucitado, aumenta nuestra fe:

la fe que nos hace “salir” a la vida real;

la fe que nos expone y compromete;

la fe que se entrega a sanar heridas y alegrar;

la fe que “da de comer” a quien no tiene medios;

la fe que escucha a todos;

la fe que “no impone más cargas que

las indispensables” evangélicamente (He 15,28);

la fe que “no apaga el espíritu,

no desprecia las profecías,

examina todo;

se queda con lo bueno” (1Tes 5,19-21).

rufo.go@hotmail.com

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