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¿Qué ocurriría si los cristianos hicieran lo que hizo Jesús? (Domingo 18º TO A 02.08.2026)

Jesús hace y dice lo que Dios quiere: que las personas compartan lo que son y lo que tienen

Tu palabra y tu acción rompen el egoísmo: la gente saca lo guardado para ellos, aparece la mesa compartida

Comentario:dadles vosotros de comer (Mt 14, 13-21)

La noticia de la muerte del Bautista mueve a Jesús a retirarse (Mt 14,13-14). Es constante el alejamiento de Jesús para evitar la muerte. Herodes le busca para matarle y huye a Egip­to (Mt 2,13-14). Por miedo al rey de Judea, Arquelao, regresa a Nazaret (Mt 2,19-23). “Al enterarse de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea” (Mt 4,12). Cuando los fariseos deciden acabar con él, “se marchó de allí” (Mt 12, 14-15). Al saber la muerte del Bautista, “se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto” (14,13). Hasta que llega un momento en que decide enfrentarse a los poderes de este mundo. Momento que narra Lucas como expresión de conciencia y valentía proféticas: “Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión (literalmente: endureció el rostro) de ir a Jerusalén” (Lc 9, 51). “Endureció el rostro” recuerda a Isaías: “puse mi cara como el pedernal, a sabiendas que no quedaría defraudado” (Is 50,7).

Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos”(Mt 14,14). “Se compadeció” (ἐσπλαγχνίσθη: 3ª persona singular aoristo, voz media, verbo «σπλαγχνιζομαι». Verbo del sustantivo neutro σπλάγχνον, σπλαγχνα en plural: entrañas, órganos internos, vísceras. Figuradamente: conmoción emocional a nivel visceral, sentimientos viscerales, profundos. En la Biblia este sentimiento visceral de empatía con el ser humano es un atributo esencial de Dios. En el NT se atribuye este atributo a Cristo (Mt 9,36; 14,14; 15,32; 20,34; Mc 1,41; 6,34; 8,2; 9,22; Lc 7,13), “Verbo divino que se hizo carne y habitó entre nosotros; hemos contemplado tu gloria: gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14); “imagen del Dios invisible” (Col 1,15); “reflejo de su gloria, impronta de su ser” (Hebr 1,3). Fuera de Jesús, sólo se aplica en dos parábolas de misericordia, representando al Padre (Mt 18,26-27: “Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.”. Lc 15,20: “cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas”) y al samaritano, imitador del Padre y de Jesús (Lc 10,33: “un samaritano que iba de viaje…, al verlo, se compadeció”).

Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida». Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer». Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». Les dijo: «Traédmelos»” (Mt 14,15-18). La propuesta realista y cómoda de los discípulos es nuestra lógica de la equivalencia: cada uno provea sus necesidades. Jesús propone la lógica de la gratuidad: cada uno da lo que tiene al servicio de los demás: “Dadles vosotros de comer”. Los discípulos dicen tener sólo “cinco panes y dos peces”. Jesús responde: “Traédmelos”.

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños” (Mt 14,19-21).

Sin duda recuerda la eucaristía: bendición, partir los panes, los da a los discípulos, y éstos a la gente. Se sacian todos y sobran doce cestos. Es un modo de expresar la magnitud del signo. El evangelio de Juan menciona la iniciativa de Jesús: “Recoged los pedazos que han sobrado, que nada se pierda” (Jn 6,12). Es la “austeridad compartida” recomendada por Jesús a todos, frente al despilfarro de algunos ante la miseria.

¿En qué consistió el milagro que recogen los cuatro evangelios? Es signo claro de la voluntad de Dios: que todos los hombres coman. Según el evangelio de Juan, Andrés, hermano de Pedro, sabe que sólo había un joven que tenía cinco panes y dos peces. Joven que tenía espíritu de “mesa compartida”. Pero es lógico que otros muchos tuvieran sus reservas para ellos solos, sin que los apóstoles lo supieran. Jesús, como el nuevo Moisés, manda que compartan: “Traédmelos”. “Pronunció la bendición”, es decir, “dice bien” de Dios, le da gracias por el “pan nuestro de cada día”, que es “don de Dios” a toda la humanidad. Y realiza la voluntad de Dios: “partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente”. La fuerza de su palabra y de su acción rompe el egoísmo humano. La gente saca lo guardado sólo para ellos, y aparece la mesa común. Se hace presente, real, la voluntad de Dios, el pan y el pescado sacia el hambre de todos. Ha aparecido entre ellos un profeta, un hombre que hace y dice lo que Dios quiere: que las personas compartan lo que son y lo que tienen. Y habrá pan para todos.

¿Qué ocurriría si los cristianos hicieran lo que hizo Jesús?

Oración: Dadles vosotros de comer” (Mt 14, 13-21)

Jesús, al enterarte de martirio de Juan por sus discípulos:

te marchas de allí en barca, a solas, a un lugar desierto”;

buscas reflexionar, serenarte, aceptar los riesgos de la misión.

Al desembarcar ves una multitud:

te compadeces de ella y curas a los enfermos” (Mt 14,14);

tus entrañas no te dejan huir.

Llevas en tu corazón el amor del Padre Dios:

He visto la opresión de mi pueblo en Egipto

y he oído sus quejas contra los opresores;

conozco sus sufrimientos.

He bajado a librarlo de los egipcios,

a sacarlo de esta tierra, para llevarlo

a una tierra fértil y espaciosa,

tierra que mana leche y miel…” (Ex 3,7-8).

¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta,

no tener compasión del hijo de sus entrañas?

Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré” (Is 49,15).

Con lazos humanos los atraje, con vínculos de amor.

Fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas.

Me incliné hacia él para darle de comer” (Os 11,4).

Los discípulos te avisan:

Estamos en despoblado y es muy tarde,

despide a la multitud para que vayan

a las aldeas y se compren comida

Tu implicación entrañable debió parecerles una locura:

Dadles vosotros de comer”.

Responden con nuestra lógica general:

Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces...”.

Tú, fiel a amor gratuito, insistes: “traédmelos”:

pronuncias la bendición”, es decir, “dices bien” de Dios,

le das gracias por el “pan nuestro de cada día”,

don de Dios” a toda la humanidad;

realizas la voluntad de Dios ante la gente:

partes los panes y se los dio a los discípulos;

los discípulos se los dieron a la gente”.

Tu palabra y tu acción rompen el egoísmo:

la gente saca lo guardado sólo para ellos,

y aparece la mesa compartida.

Se hace real la voluntad de Dios: nadie pasa hambre.

Sienten tu presencia profética:

una persona que hace y dice lo que Dios quiere:

comparte lo que es y lo que tiene;

perciben que todo es un don, un regalo;

nada es tuyo ni mío, todo es regalo del Padre a sus hijos,

a todas las personas;

“la propiedad privada no constitu­ye para nadie

un derecho incondicional y absoluto.

No hay ninguna razón para apropiarse en uso exclusivo

de lo que supera la propia necesidad

cuando a los demás les falta lo necesario”

(Pablo VI Populorum Progressio N° 23).

Jesús de la mesa compartida:

este hecho, narrado por los cuatro evangelistas,

es un signo claro de la voluntad de Dios:

que todas las personas vivan dignamente;

comprometes a tus discípulos:

Dadles vosotros de comer”;

no toleras excusas: “traédmelos”;

cuando los han puesto en tus manos,

miran, como Tú, a la gente necesitada,

se conmueven sus entrañas;

curan toda dolencia;

crean medios de vida para todos.

Esto significa el gran signo de tu memoria:

ahí también “tomas pan y vino”, “los bendices”,

los partes y repartes”;

resulta un disparate participar de tu eucaristía,

y no conmoverse ante la necesidad ajena,

y no perdonar “como Tú nos perdonas”,

y no colaborar en la lucha contra el hambre,

y no empatizar con enfermos, marginados, débiles...

Jesús de la eucaristía, ayúdanos:

a huir del acaparamiento y posesión excluyente,

a bendecir -dar gracias- nuestros bienes,

a compartir lo que somos y tenemos.

rufo.go@hotmail.com

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