"La vida contiene una pasión abrumadora" Aquí está tu madre

Aquí está tu madre
Aquí está tu madre

"Las definiciones que, como hijos, otorgamos a las mujeres que son madres son muchas y diferentes…"

"Hay una definición que he encontrado y me ha gustado por su, para mí, belleza y honestidad, sobre todo porque no juzga y es capaz de dar una imagen (no sé si un modelo). Es la definición que ofrece Donald Winnicott: 'La madre suficientemente buena'"

"Una bella y sencilla definición para un papel complejo"

"La vida contiene una pasión abrumadora. La base esencial para crecer y construir una sociedad es cuidar las relaciones. ¿Y cuál es la primera y fundacional relación? La que existe entre madre e hijo, por supuesto"

La madre es un ángel que nos mira,

que nos enseña a amar.

Nos calienta los dedos, la cabeza

entre sus rodillas, nuestra alma

en su corazón: nos da su leche cuando

somos pequeños, su pan cuando

somos grandes y su vida siempre.

(Víctor Hugo)

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Las definiciones que, como hijos, otorgamos a las mujeres que son madres son muchas y diferentes… Todas ellas creadas para describir y definir los diferentes modelos parentales y para encontrar la fórmula más adecuada, más afortunada, en la que cada madre pudiera encontrarse o de la que, por el contrario, pudiera distanciarse. Hay una definición que he encontrado y me ha gustado por su, para mí, belleza y honestidad, sobre todo porque no juzga y es capaz de dar una imagen (no sé si un modelo). Es la definición que ofrece Donald Winnicott: "La madre suficientemente buena". Es decir, una madre que está lejos de ser perfecta, es más, que no aspira a la perfección, una madre sana, emocionalmente presente para su hijo, una persona espontánea, auténtica y verdadera, que sabe dar a su maternidad el significado adecuado.

Una bella y sencilla definición para un papel complejo, que da a las madres mucha confianza y habilidades. Porque el instinto maternal ¡también es fundamental! Y sin embargo, en una sociedad cultural y muy estructurada, a menudo se queda pequeño, relegado a un rincón casi olvidado.

A las madres se les pide que tengan un alto rendimiento, que estimulen a sus hijos semana tras semana con actividades adecuadas y precisas para potenciar al máximo su inteligencia. Se les pide que sean capaces, sonrientes, en forma, activas, proactivas, organizadas y mucho más. Se les pide no perder un tiempo precioso.

Y sin embargo, ¡hay un tiempo para todo! Hay un tiempo "para perder". El primero es el marcado por el recién nacido, por sus ritmos, un tiempo nuevo, en algunos aspectos muy lento y en otros continuo e ininterrumpido. Un tiempo que toda madre debería permitirse, porque es ahí donde puede encontrar la oportunidad de conocer a su hijo día a día, es ahí donde puede descubrir ese instinto maternal que está ahí, que anida tenazmente en su interior y se expresa en el acto más sencillo y poderoso del mundo: estar ahí para el propio hijo y hacérselo sentir con confianza. Sí, porque precisamente ese estar ahí para el hijo es el elemento fundamental del que no podemos prescindir y del que parte la construcción de una relación única e irrepetible.

Pero el tiempo del instinto no es corto y no es fácil: amar, cuidar, reconocer la total y omnímoda dependencia de una criatura respecto a la madre es un asunto delicado y complejo y requiere desenredar laboriosamente la maraña de emociones que habita en las madres sobre todo al nacer el pequeño. 

La madre no debería tener miedo a expresar los sentimientos, incluso cuando no parezcan "tan buenos como deberían". Ciertamente no es fácil, pero en esto pueden -y deben- ayudarle mucho las personas que están cerca de la madre, ofreciéndole una escucha auténtica y sin prejuicios, que no tiene por qué desembocar en consejos no solicitados y en el relato de experiencias personales "resolutivas", una escucha que le permita decir en voz alta lo que siente y encontrar así, dentro de sí misma, las herramientas eficaces para poder aceptar lo que es y lo que hace, su ser madre, como fruto de su estar ahí, en ese momento, para su hijo.

También porque las madres, en su ser, cumplen una tarea implícita y constante: actúan como un espejo. Lo quieran o no, ese pequeño que tienen en brazos empieza a conocer el mundo a través de su mirada, de sus expresiones y emociones, sintoniza con su estado emocional, siente su alegría, su melancolía o tristeza, y da sentido a lo que sucede a partir de sus reacciones: para el recién nacido, algo no es bello o feo en sí mismo, sino que pasa a serlo a partir de la forma en que lo experimenta y se lo presenta su madre.

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Ese pequeño al que acoge se ve a sí mismo a través de su mirada, una mirada que le da su primera imagen de sí mismo. Y esto es una gran responsabilidad, porque a partir de esa mirada ve que se le quiere y se le acepta por lo que es, a partir de esa mirada siente el placer que tiene de estar con él, de cuidarle, de mimarle, de simplemente mirarle, a partir de esa mirada siente el límite de su cuerpo a través de sus brazos y empieza a percibir que tiene un principio y un final, a partir de esa mirada se contiene cuando se pierde y se rompe.

"Contener". Fue Donald Winnicott quien introdujo el término ‘holding’ para describir una competencia materna primaria: la capacidad de actuar como contenedor de las ansiedades del niño, ansiedades que no siempre podemos comprender y que no hay que evitar, sino acoger y mitigar, porque forman parte funcional del proceso de crecimiento.

La capacidad de contención es una competencia de la "madre suficientemente buena", que sabe cuándo estar cerca de su hijo, dándole seguridad, consuelo o simplemente estando ahí, y cuándo permanecer cerca de él sin intervenir, un paso atrás, porque en ese momento no necesita su presencia activa y participante. Ofrecer este "contenedor relacional" a su hijo significa darle la posibilidad de experimentar plenamente su natural omnipotencia infantil, de sentir que está creando el mundo haciendo aparecer lo que necesita, porque su madre aparece cuando él la necesita, ya sea alimento físico o emocional.

Experimentar su omnipotencia, un concepto que en un mundo adulto-céntrico puede llevarnos a pensar en algo negativo, que hay que amortiguar cuanto antes, y que, en cambio, es una experiencia esencial para el crecimiento del pequeño y puede encontrar expresión en un entorno físico y emocional que lo permita. 

Al principio, para su hijo, la madre representa el mundo entero; luego, poco a poco, la madre empieza a presentarle lo que hay fuera y, poco a poco, amplia el trozo de mundo de que dispone: de los brazos -todo el mundo que necesita al principio- al resto, gradualmente, de manera paulatina.

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Es una ardua prueba para la madre acoger plenamente esta vida que es ella y al mismo tiempo que es otra que ella y luego, poco a poco, desprenderse de esa vida enseñándole a caminar sola por el mundo, a ser cada vez más autónoma.

Pero la madre da un paso atrás y deja que su hijo sea cada día más autónomo, porque está seguro y es capaz de contener en sí mismo la imagen tranquilizadora que le ofrece la madre, es un gran regalo que puede hacerle. Para conseguirlo, la madre debe aprender a compaginar presencia y autonomía, apoyo y estímulo, para que su pequeño sea capaz de hacer cada día más cosas por sí mismo, con la seguridad de que ella está ahí para responder "¡aquí estoy!" cuando el niño busque la madre. Para conseguirlo -sobre todo- la madre no debe tener prisa, debe darse tiempo para "perder el tiempo", para ganar seguridad como madre igual que su hijo gana su seguridad como niño.

La vida contiene una pasión abrumadora. La base esencial para crecer y construir una sociedad es cuidar las relaciones. ¿Y cuál es la primera y fundacional relación? La que existe entre madre e hijo, por supuesto. Preciosa relación, llena de emociones contrastadas, a menudo agotadora, pero siempre apasionante. Al fin y al cabo, lo sabemos: la maternidad es una forma de amor. Y esa forma de amor dura para siempre.

¡Feliz Día de la Madre a todas las madres! ¡Feliz maternidad la tuya, María, Madre de Jesús y de la Iglesia!

Posdata: la mía es una reflexión a partir de una catequesis del Papa Francisco el 7 de enero de 2015

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