La magia existe de verdad: in memoriam de Juan Tamariz
No se trata de sacar un conejo del sombrero ni de sacar pañuelos infinitos de la manga: con Juan Tamariz queríamos sorprendernos y emocionarnos, poder volver a ser niños al menos durante unos minutos, en los que mirábamos absorto al mago, y creer que la magia, en el fondo, existe de verdad
Los juegos de magia, como las preguntas de la filosofía, nos obligan a replantearnos lo que damos por sentado.
Ambas, filosofía y magia, nos permiten redescubrir muchos aspectos nuevos de las mismas cosas que, de este modo, acaban cambiando de aspecto y adquiriendo significados que sorprenden.
El juego de la filosofía y el del mago ayudan a ver el mundo con otros ojos.
La magia pretende despertar en nosotros la sorpresa ante algo que no comprendemos del todo, o nos empuja a descubrir una posibilidad que no habíamos tenido en cuenta.
Y despertando nuestra incredulidad, nos hace sentir mágicamente felices y nos entretiene divirtiéndonos.
Cuando asistimos a un espectáculo de magia, sabemos bien que nada es lo que parece, pero es más bonito convencernos de que todo es verdad.
Porque en esa ilusión está la felicidad.
Es verdad que la palabra «ilusión» siempre, o casi, se asocia a algo negativo.
Cuántas veces nos hemos encontrado diciendo «Me he hecho ilusiones».
Pero todas las experiencias que de alguna manera nos han engañado, antes de ser un engaño, han sido felicidad.
Por otra parte, esta palabra solo se puede usar realmente a posteriori, es decir, cuando ya estamos decepcionados.
Cualquier cosa que nos haga disfrutar, de hecho, nunca nace como un engaño, o no sabemos que lo es. Les atribuimos este término en el momento en que nos damos cuenta.
Así pues, el ser humano ha inventado la palabra «ilusión» para identificar aquellas cosas que, antes de decepcionarnos, constituían una especie de felicidad.
Sí. Y quizá la felicidad sea una ilusión en estado embrionario. Quizá sea un poco como la oruga que se convierte en mariposa. La oruga es la felicidad. Luego se convierte en mariposa, en ilusión, y se va volando.
El arte de la magia de las manos ha sido fascinante incluso después de muchos siglos y de que se hayan desvelado numerosos trucos.
Ahora, gracias a Internet y a algunos libros que se pueden encontrar en Amazon… cualquiera puede intentar improvisar como mago…
Pero la magia de Juan Tamariz era capaz de crear un vínculo con el público y de conseguir involucrarlo. Y eso era también lo que determinaba el éxito de su espectáculo junto con su destreza.
Porque no se trata de sacar un conejo del sombrero ni de sacar pañuelos infinitos de la manga: con Juan Tamariz queríamos sorprendernos y emocionarnos, poder volver a ser niños al menos durante unos minutos, en los que mirábamos absorto al mago, y creer que la magia, en el fondo, existe de verdad.
Es verdad que la magia es una forma de entretenimiento que, con efectos visuales que parecen desafiar las leyes de la naturaleza, fascina con la capacidad de manipular la apariencia de las cosas y crear situaciones que parecen imposibles. Pero es una forma de arte que resulta emocionante y fascinante.
Un buen mago debe tener destreza manual, agudeza mental, creatividad y saber actuar bien. Pero Juan Tamariz tenía también esa capacidad de convertir un truco en un espectáculo cautivador e interesante involucrando la vista y el oído, y creando un escenario inesperado y sorprendente, es decir, mágico.
El mago dice lo que no hace, y hace lo que no dice, y piensa en cosas distintas de lo que hace y dice. Seguramente esa es la mayor dificultad de un mago…
Muchas gracias, Juan Tamariz, por la calidad de tu persona y el genio de tu arte porque siempre me has sorprendido con el encanto de tu palabra, con tu aspecto y con el lenguaje de tu cuerpo, incluso antes que con tus trucos de mágica ilusión.
Sí, tú me has ayudado a pensar, como decía en el título de esta reflexión, que la magia existe de verdad.