EL ARMA MÁS EFICAZ

El verdadero poder de la oración y la responsabilidad de ser artífices de la paz

El papa León XIV participa en la Vigilia de la Oración en la Basílica de San Pedro el 11 de abril de 2006
El papa León XIV participa en la Vigilia de la Oración en la Basílica de San Pedro el 11 de abril de 2006

Desde joven he sido madrugador y siempre me ha gustado dar un paseo para saludar el alba para concluir el mismo paseo con mi asistencia a la misa de 6 de la mañana en la iglesia parroquial de mi vecindario. A eso de las 5, ya me encontraba con beatas que se dirigían a la misma parroquia con la misma finalidad. Jocosamente les preguntaba yo si no tenían miedo a salir a esas horas. Y casi siempre con una sonrisa me enseñaban sus rosarios, en algunos casos con muchas medallas de sus devociones particulares, para señalarme que la oración era su manera de protegerse de los ‘demonios en el camino y en la vida’.

             Una vez más en la Vigilia por la Paz, convocado por León XIV, la Iglesia ha recurrido a su mejor arma contra el mal, contra el despliegue de las fuerzas del mal que es la oración.

             Desde enero, se ha demostrado que el papa nacido en los Estados Unidos de América es un papa fuera de lo común. Aprovechándose de su dominio nativo del inglés, León XIV lanzó en esta lengua un mensaje directo a los poderes, que dirigen los destinos de la nación que le vio nacer. Era un mensaje, una denuncia sin necesidad de traducción o las posibles ambigüedades de la lengua italiana al traducirse al inglés. ‘La guerra ha vuelto a estar de moda’, era la frase más resonante de aquel discurso inolvidable.  Y en la vigilia, de carácter mariano, ha gritado con evidente emoción ‘¡basta ya de la guerra!’, como gritara Pablo VI en su día ‘Jamais plus la guerre!’ También citó a Juan XXIII y Juan Pablo II, otros incansables pontífices de la paz.

 Durante su primera Semana Santa como Pontífice, León XIV ha repetido como estribillo el papa un llamamiento por la paz. Durante la audiencia general, celebrada el 08.04.2026, renovó este llamamiento y la invitación a la Vigilia de la Paz que se celebraría el 11.04.2026, tras el anuncio del mismo evento realizado por el mismo papa la mañana de Pascua durante su tradicional mensaje Urbi et Orbi.

             En medio del estallo brutal, salvaje e innecesario de las armas, la iglesia ha respondido con su arma más potente que es la oración.

             León XIV, desde las primeras palabras de su discurso durante la Vigilia, ha subrayado la fuerza de la oración al decir: ‘La oración de ustedes es expresión de esa fe que, según la palabra de Jesús, mueve montañas (cf. Mt 17,20)’. Ha leído un bello texto al que todos pueden acceder por lo que no voy a centrarme en ello por ahora aunque sí lo tengo por horizonte al desarrollar estas reflexiones.

             En efecto, la Vigilia, organizada por el papa y también las incontables organizadas en diversas iglesias locales en el mundo, es un acto de confianza en el poder de la oración. Efectivamente, la oración es un arma eficacísima. Pero muchas veces abusamos de ella, sobre todo al pensar que con la oración podríamos conseguir que Dios cambiara de parecer o decisión. La fe, que ha subrayado el papa en su discurso, no es capacidad de cambiar a Dios pero sí es necesaria al menos una pizca de esta misma fe ‘para afrontar juntos, como humanidad y con humanidad, esta hora dramática de la historia’, como ha subrayado el mismo León XIV.

             En primer lugar, Dios es eterno. No es caprichoso. Nunca cambia de parecer. No oramos para influirlo o convencerlo sino para poder estar en sintonía con su voluntad eterna que se realiza en la historia. Dios es todopoderoso. Puede cambiar las cosas que contemplamos desde nuestra temporalidad mas estos cambios son contemplados por Dios desde la eternidad. Siendo así, oramos para que estemos en comunión con esta voluntad, para someternos a esta misma voluntad como instrumentos libres en la historia para la realización de esta voluntad que siempre favorece el Bien, no conforme a nuestros caprichos sino a la voluntad de Dios.

             La verdadera fuerza de la oración, por la que es un arma, es esta conformidad.La oración es relacional. Puede ser intensa hasta el punto de que nuestro parecer choque con la voluntad de Dios. En la oración, la criatura, es decir, el hombre puede tener una conversación, una discusión, coloquio de ‘tú a tú’ con el Altísimo incluso hasta luchar con Él. Ser orante es ser ‘Israel’ o el que lucha con Dios como Jacob, quien mereció tal nombre, conforme al relato en Gen 32, 23-32; Hos 12, 3-5). 

En este contacto relacional con Dios, el hombre siempre saldrá ‘herido’ o ‘tocado’ por el Misterio, como un místico, pues la mística no se reduce a los fenómenos extraordinarios sino que consiste en ir a la raíz de la realidad misma que es el Misterio. De tal forma que el hombre finito y lábil pueda exigir a Dios que este revele su Nombre (lo cual significa tener un trato vinculante con este Dios que significa relacionarse íntimamente con Dios mediante una Alianza en que Dios se comprometa con el Hombre como Señor, Proveedor, Protector), desvelar su rostro (que en la piedad hebrea significaría la muerte o la anihilación pero sobre todo indica la revelación íntima de Dios) y recibir una bendición en la noche oscura de la vida.

Todo ello no significa la manipulación de la voluntad de Dios sino una religación con Él, una sintonía histórica con esta eterna voluntad que se traduce temporalmente en bendiciones de diversos tipos que son mucho más que nuestras expectativas pero que se nos abren como caminos de esperanza en medio de la oscuridad.

             Teresa de Jesús supo captar esta ‘lucha’ con la comparación de la oración con el ajedrez en el Camino de la Perfección-Escorial 24. En este texto significativo, y quizás un poco controvertido, la Santa señala la oración como camino hacia una relación íntima con Dios el rey, en que el hombre (u orante) es la reina, las demás piezas son mediaciones o medios para lograr esta relación y que han de valorarse relativamente y siempre en conformidad con la meta que es el mismísimo rey al que con humildad, esto es, resignación a la voluntad de Dios y deseo de conformarse a su voluntad benévola que excede nuestras expectativas, la reina o el hombre puede dar ‘jaque mate’.

             La santa avilesa, maestra de la oración cristiana, sabe que Dios ‘ganosos de hacer mucho por nosotros’ (Moradas 6, 11, 1). Dios nos da bendiciones, nos concede su gracia con tal de que oremos, con tal de que se lo pidamos, con tal de que nos relacionemos con Él en obediencia a su voluntad, en humildad. Siendo así, Dios ‘se deja’ ganar por el hombre, pues la oración, por ser relacional, es ocasión histórica para que este Dios generoso o ganoso de hacer mucho por el hombre muestre su benevolencia, dé su bendición, y revelar su rostro y nombre, vinculándose para siempre con el hombre en una alianza que no se rompe, que es vinculante, que cuenta con la correspondencia íntegra del hombre con su voluntad.

             Y el rechazo de la guerra forma parte de esta correspondencia íntegra del hombre con la voluntad de Dios. El Domingo de Ramos ya había sentenciado León XIV que Dios no escucha la oración de los que abogan la guerra, es decir, los rechaza, quedan fuera de su Orden Histórico, que es su Reino que Jesucristo vino a anunciar en la historia.

             A esta luz, la oración es anunciar, vivir y propagar este Orden de Dios, este Reino de Dios en la historia. En la oración, uno no se limita a recitar con los labios. La oración es compromiso vivo con el establecimiento histórico de la voluntad de Dios. Es compromiso, en este caso, personal e institucional para implantar la paz mediante el diálogo y las condiciones necesarias del bienestar. La oración necesariamente desemboca en obras. Como escribiera la misma santa Teresa: ‘obras quiere el Señor, y que si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a tí; y si fuere menester, lo ayunes, porque ella lo coma, no tanto por ella, como porque sabes que tu Señor quiere aquello’ (Moradas 5, 3, 11).

             La oración solo puede vivirse con obras. Solo con las obras la oración no correría el riesgo de reducirse a mera palabrería. La oración significa un compromiso activo, intenso, generoso para conseguir el bien pedido de parte del hombre que ha de extenderse a todos, sin excluir a nadie. Conlleva una responsabilidad compartida.   Es apertura solidaria y comprometida en medio de las maldades diseminadas en el mundo. Como refiere el papa: ‘La oración, de hecho, no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades, no es un analgésico para evitar el dolor que desata tanta injusticia. Es, en cambio, la respuesta más gratuita, universal y disruptiva a la muerte: ¡somos un pueblo que ya resucita!’

             En efecto, la oración es respuesta comprometida del hombre frente a la cultura del mal que lleva a la destrucción de todo lo existente, que es la muerte. Es el grito de batalla de un pueblo que resucita de las cenizas con Cristo, el vencedor de la muerte. La guerra solo lleva a la muerte, a la destrucción. La oración es arma porque nos convertimos en armas vivientes del bien, conformes a la voluntad de Dios, pues significa que estamos conformes a su voluntad, que vivimos en correspondencia con esta misma voluntad y haremos que se viva así en nuestra sociedad, en nuestro mundo, siendo todos nosotros artífices de la paz. No es esta solo ausencia de la guerra, sino que es sobre todo las condiciones de un incesante bienestar para todos. Solo de esta forma nos mereceremos saber el Nombre impronunciable de Dios, ver su rostro y recibir su bendición en esta oscuridad, como Jacob o Israel, a la espera de una nueva aurora.

             ¡Que se bajen las armas de esta guerra y que se levanten las de la oración!

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