GUERRERO, OBISPO: SANTO, COLABORACIONISTA, ENIGMA
Incoación de la causa de la beatificación del Siervo de Dios Mons. César Ma. Guerrero y Rodríguez(1885-1961), obispo emérito de San Fernando, Filipinas
El 27 de marzo de 2026, en la Catedral de la Archidiócesis de Lingayen-Dagupan, se abrirá la causa de la glorificación del Siervo de Dios Mons. César Ma. Guerrero y Rodríguez. Su fallecimiento en medio del anonimato o la discreción, depende desde dónde se mire, el 27.03.1961 hizo que lloviera cuales gotas del cielo relatos hagiográficos en la prensa filipina, entre ellos uno escrito por un artista nacional de esta tierra.Con motivo de su posible beatificación (y eventualmente canonización si se demuestra dos veces milagrero), yo creo que ha llegado la hora o el ‘kairós’ de rescatarlo de las tinieblas de la hagiografía para colocarlo a la luz de la sana y sensata historiografía empezando con la esperada Positio super virtutibus.
Cabe esperar que la positio que se preparará esté a la altura de una figura señera como Guerrero, puesto que en Filipinas no abundan estudiosos e investigadores con competencia y preparación intelectual para manejar adecuadamente las lenguas en que se desenvolvió nuestro personaje (me refiero sobre todo al español y al latín, puesto que era un destacado latinista) en una época peculiar con un marco cultural muy propio, que era inmediatamente posterior a la ocupación española mas coincidiendo con su arco temporal se llegó a la denominada cumbre de las letras filhispanas.
Castizo y aristócrata: Nacido en el seno de la elite manilense
Nacido el 26.01.1885, en las postrimerías de la ocupación española que llegará en 1898, en el barrio ‘castizo’ de La Ermita de la capital filipina, Manila en el seno de una familia destacada (con fama de altiva) en dicho barrio (y distinguida en la nación) por haber dado científicos, humanistas, escritores, letrados y, en el caso de César, un obispo a la nación, desde el principio era evidente que las hadas favorecían al joven Guerrero que luego se reveló como un verdadero guerrero de sus ideales, conforme a una visión cristiana mas condicionada por sus tiempos en que prevalecía el elitismo tradicional, dado sus orígenes en el mestizaje ilustrado manileño, frente a la modernidad traída por la ocupación estadounidense pasando por el crisol doloroso de la ocupación japonesa y la guerra hasta llegar a la nueva república filipina, ya independiente pero todavía vacilando en busca de sus propios pasos hacia la tierra prometida llevando sobre sus hombros el cargo de la tradición con los correspondientes retos, frente a las realidades socioeconómicas de entonces que no eran del todo placenteras.
Guerrero estudió en el Ateneo de los Jesuitas, entonces el colegio religioso más elitista para chicos, cuyo célebre observatorio se encontraba en el mismo barrio que le había visto nacer. Luego fue enviado a la Real y Pontificia Universidad de Santo Tomás de Manila de los dominicos para hacer una carrera civil. Posteriormente se doctoró en Teología y Derecho Canónico por la Pontifica Universidad Gregoriana en Roma. Fue ordenado en 1914 en Roma para la Archidiócesis de Manila cuyo arzobispo era un norteamericano (Jeremiah Harty) designado para sustituir al último arzobispo español de Manila (Bernardino Nozaleda O.P.) debido al fin de la ocupación española. Harty fue sucedido por el irlandés Michael James O’Doherty, alumno de Salamanca y antiguo misionero en Filipinas (por lo que podía desenvolverse en una iglesia que culturalmente seguía siendo española al menos entre las altas jerarcas y a la mentalidad se refería) que gobernó la sede manileña de 1916 hasta su fallecimiento en octubre de 1949.
Bajo el patrocinio de O’ Doherty hasta un nacionalismo problemático y conflictivo
Entonces ya surgían las llamas del nacionalismo, sobre todo a raíz de la independencia de las islas del tutelaje norteamericano en 1946. Guerrero hizo carrera en tiempos del prelado irlandés, de quien fue colaborador íntimo (hasta llegar a secretario en 1927), y bajo su mecenazgo llegó a la cima eclesiástica sobre todo en aquellos tiempos de transición cuando el español, hablado por la élite minoritaria, ya empezaba a ceder al inglés de los norteamericanos quien agresivamente lo promocionó sobre todo en la época preparatoria a la independencia filipina. Por ello, Guerrero fue enviado en 1922 a Seattle en EE.UU. para perfeccionar el inglés.
Como dijimos arriba, hizo carrera nuestro protagonista en tiempos de su patrón irlandés. En aquellos tiempos, había pocas diócesis filipinas y pocos filipinos al frente de las mismas. Manila era y sigue siendo el epicentro civil, político y religioso del país por lo que al arzobispo de Manila se le consideraba el ‘primado de Filipinas’, pues este título no existe en Filipinas que desde los tiempos coloniales solo tenía un primado, el arzobispo de Toledo. Además, O’Doherty era un extranjero, un irlandés, un hombre blanco, si bien hablaba el inglés como un nativo dominaba el español por sus estudios salmantinos (cuya amistad con el famoso herético pero amigo de los eclesiásticos don Miguel de Unamino era archiconocida en las islas) en un ambiente en que prevalecía la mentalidad colonial.
Un conocido asceta que llevaba el cilicio incluso en las épocas más calurosas y húmedas de Manila. Era altivo con los miembros de su clan, lo cual le brindó un halo de trascendencia, un aura de diferencia. Puntilloso y modesto hasta el extremo, rechazó ir en el mismo coche con mujeres, incluyendo según dicen, a su madre y otras familiares. Era un hombre docto, doctísimo cuyo saber sabía transmitir desde el púlpito por el cual infundió en sus devotos la santa compunción o al menos el santo sentimiento de susurrar incontables jaculatorias piadosas simultaneadas con golpes, a veces fuertes, al pecho.
O’Doherty, si bien altamente respetado era considerado ‘lejano’, explotó los talentos de este aristócrata nativo. Prelado Doméstico de S.S. en 1926. Fue consagrado en 1929 el primer obispo de Lingayen (hoy, Sede Metropolitana de Lingayen-Dagupan) por el mismo O’Doherty. Pero, como ya queda dicho, Manila era y es el epicentro por lo que volvió en 1937 a Manila como auxiliar y mano derecha de O’Doherty que, también como dejamos dicho, explotó sus talentos para poder estar más ‘cerca´ de su grey y de la elite que constituía la misma. Pero es aquí cuando surgieron los problemas.
La situación se volvió insoportable con dos titanes en la misma sede.Máxime cuando vinieron los japoneses en 1942. Tokyo envió a un obispo, Mons. Paul Taguchi (luego, cardenal), para mediar la situación desde la perspectiva del gobierno del Emperador conquistador, con el entonces delegado apostólico Edigio Vagnozzi (luego, Cardenal) y el mismo O’Doherty. Este, por ser angloparlante si bien de un país neutro en el conflicto bélico, no fue bien visto por las fuerzas japonesas por lo que, por medio de Taguchi, Guerrero empezó a cobrar protagonismo mientras su metropolitano seguía bajo arresto domiciliario. Los japoneses prometieron a los filipinos liberación de las fuerzas coloniales del occidente. A la vez empezaron a promover un espíritu nacionalista según el código de Bushido colocando a un presidente ‘marioneta’ José Laurel mientras que el gobierno de la mancomunidad patrocinada por los EE.UU. seguía en el exilio. También se colocó a Guerrero como ‘de facto’ arzobispo de Manila que se hizo notorio por sus sermones y manifiestos proniponenses, muchas veces, según testimonio de algunos de sus oyentes con quienes pude conversar, con el tono de pronunciamientos contra las fuerzas norteamericanas.
Claro que el dominio del Imperio del Sol Naciente no duró, pues Uncle Sam cumplió su promesa, hecha de boca del general MacArthur, de volver y reconquistar estas Islas del Poniente. Entonces ya había una brecha entre Guerrero y O’Doherty hasta el punto de que este denunció a su auxiliar ante la comisión encargada de investigar y enjuiciar a los colaboracionistas durante los 3 años que la bandera nipona se alzaba sobre el archipiélago.
Al final, no fue declarado culpable por las autoridades el obispo Guerrero, entonces guerrero para la nacionalización del episcopado filipino pero en circunstancias extraordinarias mas nefastas. Y salió destrozado por dentro, sin la chispa o la ambición, depende de desde dónde se mire, de antes. Claramente aspiraba a ser el primer arzobispo filipino de la sede manileña mas este honor le correspondió a Mons. Gabriel Reyes, entonces arzobispo de Cebú, el 13.10.1949. Mas había sido nombrado este coadjutor el 25 de agosto del mismo año cuando el arzobispo irlandés ya se encontraba en su lecho de muerte. Y no lo avisaron de antemano ni consultaron con él. Cuando se enteró, hubo una escena terrible en su habitación de enfermo en el hospital y se oyeron gritos entre el irlandés y el ahora nuncio italiano Vagnozzi.
Guerrero, manileño de nacimiento, tenía motivos sobrados para aspirar a ser el primer arzobispo no solo filipino sino también manileño de la capital. Hasta la fecha, ninguno de los seis filipinos que han regentado la cátedra manileña es manileño de nacimiento. Tal vez es esta la maldición eclesiástica contra los nacidos a orillas del Pasig.
Transiciones: De San Fernando hasta volver a Manila para descansar para siempre en San Fernando
El obispo Guerrero fue nombrado el primer obispo de San Fernando (ahora Archidiócesis de San Fernando) en la provincia de Pampanga el 14.05.1949.Duró exactamente 8 años en este cargo.Volvió a Manila para vivir en el anonimato, viviendo su jubilación como un ermitaño en una choza o chabola dentro del recinto del Hospicio de San José en la Isla de la Convalecencia en Manila. Ya no tenía vida pública. Ni siquiera llevaba los ornamentos episcopales.Vivía solo. Actuaba de capellán a las religiosas que llevaban el Hospicio o confesaba a ciertos seglares.
Murió prácticamente olvidado el 27.05.1961, vísperas del Concilio. No llegó a ser arzobispo ni siquiera honorífico pero sí asistente al trono de S.S. No recibía a visitas salvo a algunos familiares. Su hermano lo encontró inconsciente en su habitación. Devoto del Carmelo, fue enterrado en el Monasterio de las MM. OCD en San Fernando, junto a los restos de su madre, con quien, por modestia, no quería compartir el mismo coche.
Ahora, tras la luz verde de la Santa Sede para abrir la causa de su glorificación en febrero de este año, es tiempo de recuperar su figura incomprendida e, incluso, desconocida.