Los obispos filipinos piden perdón
Reconocen que no han sabido responder con compasión y esperanza a personas con crisis de salud mental
Comenzando con un texto evangélico que reza así ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso’ (Mateo 11, 28), por vez primera los obispos filipinos han afrontado la cuestión de la salud mental, tras varios casos de suicidio incluso entre los clérigos, en Filipinas. El 13 de julio de 2026 los pastores en el archipiélago magallánico marcaron un hito significativo al reconocer en una carta pastoral los problemas que afligen a muchos filipinos, incluyendo a los clérigos (aunque no se les mencione a estos), como ‘la ansiedad, la depresión, la adicción, la soledad, el duelo u otros desafíos de salud mental’ reconociendo a la vez que ‘otros sobrellevan en silencio el dolor de la pobreza, el desempleo, las deudas abrumadoras, los conflictos familiares, la migración o la pérdida de la esperanza. Muchos sufren en silencio, temerosos de ser juzgados, incomprendidos o rechazados’.
En Filipinas, padecer de esta crisis significa sufrir un estigma social en una sociedad que no quiere comprender las razones profundas que habitan en cada ser humano. Incluso hasta tiempos recientes, se les ha negado sepelio cristiano, conforme a los ritos fúnebres de la Iglesia, a los suicidas. Asimismo desde púlpitos, se han denunciado a las personas con depresiones o con adiciones como débiles o como personas que no tienen fe en Dios o incluso se les ha categorizado como gente mala por lo que Dios le está castigando con ‘invisibles demonios’.
Siendo así, este reconocimiento público de parte de los jerarcas de los problemas de salud mental por parte de la jerarquía católica y su petición de perdón por la falta de empatía histórica marca, en mi opinión, un antés y un después en la pastoral filipina.
En el corazón de esta carta pastoral se halla este párrafo significativo: ‘Si han experimentado incomprensión o se han sentido rechazados dentro de la Iglesia durante su tiempo de duelo, les pedimos perdón. Instamos a nuestros sacerdotes y agentes de pastoral a acompañar a las familias con compasión, a celebrar los ritos funerarios de la Iglesia de acuerdo con la disciplina eclesiástica actual y a proclamar la esperanza que se encuentra en Cristo’.
Filipinas históricamente no ha sabido comprender la debilidad ‘interna’ de las personas. En una nación y en una cultura que exige resiliencia frente a la precariedad de las condiciones vitales, la salud mental es un tema al que se ha prestado suficiente atención. Incluso a nivel pastoral, pues en la misma carta pastoral los obispos han reconocido que su gestión no se ha caracterizado por la escucha. En efecto, su estilo evangélico puede resumirse por imposiciones desde arriba, creando así una cultura eclesial muy clerical y centrada en seguir a las exigencias de los pastores en lugar de tener en cuenta las condiciones de cada uno por lo que han afirmado los mitrados de estas islas: ‘Como Iglesia, nos comprometemos a construir comunidades de encuentro, romper el estigma, fortalecer la colaboración y caminar juntos en la esperanza para que cada persona sea acogida, acompañada y liberada de prejuicios. Invitamos a nuestras parroquias, comunidades religiosas, CEB y escuelas a promover conversaciones sinceras sobre la salud mental y a fortalecer la colaboración con las familias, los profesionales y las instituciones gubernamentales. Por sobre todo, convirtámonos en comunidades donde nadie se avergüence de pedir ayuda, nadie sea juzgado por luchar y nadie se quede solo cargando con los fardos de la vida’.
Hasta el presente, debido a la cultura clerical dominante en estas islas, la Iglesia no ha sido tradicionalmente un lugar o un foro de escucha y solidaridad. Esta se ha constituido en un foro sobre todo para recaudar fondos y apoyar las iniciativas de los pastores, sobre todo en los aspectos materiales. Por ejemplo, durante el período más duro de la pandemia el párroco de quien suscribe estas líneas, el Miércoles de Ceniza de 2021, nos amenazó con el rebajamiento de nuestra comunidad como parroquia por no poder aportar la cuota exigida por la diócesis de cada parroquia. Asimismo señaló la posibilidad de cerrar nuestra iglesia por lo que los fieles estarían obligados a ir fuera los límites de la parroquia para cumplir con el precepto dominical y vivir sacramentológicamente.
Por fin los obispos han podido poner el dedo en la llaga: ‘No podemos hablar de salud mental sin hablar también de las realidades que pesan gravemente sobre nuestro pueblo. La pobreza, el desempleo, la injusticia, la ruptura familiar, los desastres naturales, la migración e incluso el flagelo creciente de los juegos de azar en línea y otras adicciones pueden profundizar el sufrimiento emocional y psicológico. No son solo cargas personales, sino también preocupaciones sociales que nos llaman a una mayor solidaridad’.
En realidad, los obispos, muy acostumbrados en tiempos pasados a los donativos copiosos y generosos de los fieles, empezaron a darse cuenta del materialismo prevalente debido a la cultura clerical dominante. De hecho, en enero de 2021, con motivo de las festividades en plena pandemia del quinto centenario de la Evangelización de Filipinas, la conferencia episcopal impulsó la gradual eliminación del sistema arancelario.A raíz de todo ello, la Archidiócesis de Manila, junto a varias otras diócesis en todo el país, eliminaron por completo las tarifas fijas para bautizos, confirmaciones e intenciones de misa, reemplazándolas con un modelo de donación voluntario basado en la corresponsabilidad. Pero en mi querida Diócesis de Parañaque esta medida laudatoria no se adoptó salvo en algunas parroquias por iniciativa de los párrocos y no por nuestro recién jubilado obispo.
La pobreza es el principal problema social y político de este país.Todas las crisis en este país tienen su raíz en esta verdad o en este yugo o carga. La Iglesia muchas veces, en sus pastores, no ha sido una Iglesia de lo pobres, como abogaba el Segundo Concilio Plenario de Filipinas de 1991, sino una que ha favorecido e incluso bendecido a los ricos muchos de los cuales han abusado de sus recursos, hasta abusar el poder político.
A todo ello, nuestros pastores han querido responder de esta manera: ‘Como sus obispos, deseamos en primer lugar decirle a cada persona que está luchando: no estás sola. Dios te ama. Jesús nunca rechazó a los que sufrían. Se acercó a ellos, los escuchó, los tocó, restauró su dignidad y los devolvió a la comunidad. La Iglesia está llamada a hacer lo mismo hoy. La Iglesia te ama. La enfermedad mental no es un signo de fe débil. No es un castigo de Dios. Como cualquier enfermedad, merece comprensión, atención adecuada y un acompañamiento compasivo. Toda persona, sea cual sea su condición, ha sido creada a imagen y semejanza de Dios y posee una dignidad inalienable que ninguna enfermedad podrá jamás arrebatarle’.
Es digno de encomio esta despatologización y desdemonización de los problema consabidos de la salud mental. Nuestros obispos merecen nuestros aplausos por romper el estigma histórico filipino que asociaba la depresión o el suicidio a una 'falta de fe', una 'debilidad' o un 'castigo divino con invisibles demonios', restituyendo además la dignidad de los ritos fúnebres a quienes se quitan la vida. A mi juicio, esta carta pastoral, por todo ello, tiene implicaciones teodiceales y que puede cambiar nuestras reflexiones acerca de la experiencia humana del mal en esta tierra muy lejos del cielo sobre todo cuando hay hecatombes creadas por la naturaleza, por los hombres, sobre todo las facciones políticas. En efecto, esta carta pastoral una teodicea pastoral con reverberaciones espirituales que serán evidentes en el porvenir.
Estas reflexiones salidas de la pluma colectiva de nuestros obipos con un raíz teológica y antropológica profunda son una verdadera joya. Merecen leerse despacito para saborear su contenido y reflexionar acerca de sus posibles proyecciones o modos de ejecución. Asimismo es preciso indagar aún más, sobre todo desde una perspectiva pastoral, acerca de esta dura y triste realidad que nos está afligiendo a todos en estos tiempos dificilísimos, sobre todo desde un punto de vista económico y desde los parámetros nuevos de esta era digital de los que también son conscientes nuestros obispos, reconociendo los valores o ventajas y los peligros de estas nuevas tecnologías. Por el momento, solo hemos espigado en este ensayo algunos puntos para ayudarnos a todos a llevar adelante este programa, pues lo que abogan los obispos es en realidad un programa, un desafío a la cultura prevalente en nuestras comunidades eclesiales, empezando con nuestros pastores en esta sociedad levítica.
Cierro volviendo a transcribir un texto largo de la misma carta: ‘Como comunidades de fe, recordemos en nuestras oraciones a los enfermos mentales, a quienes los cuidan y a las familias que cargan con estos fardos con amor y sereno valor. Animamos a cada parroquia a establecer grupos de escucha y orientación, a ofrecer el Sacramento de la Reconciliación con regularidad, a incluir oraciones constantes por la salud mental, la sanación y la esperanza en la celebración de la Eucaristía y en otras devociones comunitarias, para que nadie que sufra se sienta jamás olvidado, y todos puedan encontrar fuerza en el abrazo compasivo de Cristo y de su Iglesia’.
Esperemos que se haga realidad todo lo mencionado arriba pronto. Necesitamos una Iglesia más comprensiva, misericordiosa, acogedora y no una que juzga desde arriba como aquellos hipócritas y fariseos de antaño y que siguen morando entre nosotros en condiciones de privilegio.