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Silencio y lenguaje místico

Un replanteamiento breve del tema la inefabilidad desde san Juan de la Cruz

San Juan de la Cruz maestro indiscutible del silencio en que todo decir tiene su sentido

Al rematar su obra cumbre Llama de amor viva san Juan de la Cruz dejó escrito lo siguiente: ‘En la cual aspiración... yo no querría hablar, ni aun quiero, porque veo claro que no lo tengo de saber decir’ (4, 17 para ambas redacciones). Por de pronto, y con mucha razón, se resume, a raíz de una confesión de un escritor místico y consumado místico como esta, el problema lingüístico en los siguientes términos: la lucha contra la inefabilidad por lo trascendente de la experiencia.

             Sin embargo, esta tesis es solo parcialmente legítima. La vida mística, desde una óptica cristiana, es una aspiración a lo alto, a lo metafísico ‘toda ciencia trascendiendo’ (Coplas del mismo hechas sobre un éxtasis de harta contemplación). En efecto, la mística parte de lo metafísico que es el orden que regula y permite toda la realidad y todo enunciado acerca de la misma que brota de la relacionalidad que es la discursividad de lo que suele denominarse la experiencia.

             La mística trata de la experiencia. Es una experiencia de lo Absoluto de parte de lo Contingente, que es el hombre que, amén de ser contingente o finito, es asimismo culpable, necesitado de redención por medio de la gracia. Y esta redención se lleva a cabo mediante la unión o adhesión con lo Absoluto; a veces se llama la comunión o adhesión que subraya la compartición del hombre finito y culpable de la mismísima vida de lo Absoluto. 

Es de lamentar que la experiencia mística varias veces se haya reducido a sus fenómenos extraordinarios como el éxtasis, la levitación, las profecías, etc. que solo son ‘accidentales’ y no ‘esenciales’, en términos popularizados por el Peripatético y los escolásticos. La experiencia mística es la mediación para que lo Absoluto y lo Contingente, en todo su conjunto, se encuentren; tengan un cuento con el hombre como epicentro, como protagonista, pues la mística, puesto que está arraigado a un camino de realización cuya cumbre es la unión o comunión con lo Absoluto, está arraigada en la espiritualidad. La corriente dinámica de esta mediación, cristalizada en la historia como encuentro mas abriéndose a la escatología, es la mismísima relacionalidad.

             Siendo así, el decir desempeña un papel clave para, por lo pronto, difundir, compartir esta mediación, personalmente experienciada por el místico que es también maestro o mistagogo (maestro acompañante en el camino dinámico de la experiencia mística) hasta perpetualizarla como herencia, como escuela de espiritualidad o de mística para las generaciones futuras. El decir tiene finalidad de crear un texto, luchando contra el silencio con estrategia y destreza, para que quede impresa en la memoria colectiva, mediante el texto por el que se transmite al futuro creando así una tradición, la experiencia plasmada y vivida en un momento determinado de la historia.

             Ya sostenía el pensador y antropólogo jesuita Michel de Certeau, especialmente en el célebre primer volumen de su Fábula mística, que el núcleo de la mística es el decir, el enunciado; experimentar, mejor dicho, experienciar es enunciar. Si mal no le he entendido al mencionado estudioso francés, en el decir, el enunciar es la ‘sustantivización’ histórica de la mística. Este proceso queda reflejado en las particularidades del lenguaje humano pero este mismo proceso ocurre desde el fondo del silencio con su desafío de la inefabilidad. Pero esta se entiende en el sentido de ser el gran obstáculo a la mística como articulación no solo experiencial sino en el sentido de ser la mismísima experiencia como articulación. Queda patente, a tenor de ello, que comúnmente, teniendo al mencionado Certeau como muestra autorizada, se entiende el silencio en categorías de potencialidad desde la que surge la actividad, como abogara Aristóteles o también en la nada desde el sentido de negación de la que surge el ser. Este sentido lo propugnan pensadores próceres como Hegel y Heidegger.

             Frente a todo ello, se propone aquí la siguiente tesis: el silencio no es obstáculo ni reto. Más bien es fuente que ‘mana y corre aunque es de noche’, en palabras llenas de unción del ya citado vate y místico cristiano Juan de la Cruz (Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe). El silencio es fluidez que se deja oír como origen del que surge la experiencia, de la mediación constante que constituye la historia, constituida en mística, pues es la vivencia conforme al Misterio, en relación con el Misterio. Misterio es Presencia que se constituye como punto de encuentro entre lo Absoluto y lo Contingente, constituyendo al hombre como protagonista, como punto de Encuentro, pues el hombre se hace Dios por participación; su unión y comunión con Dios. La mística es la brotadura y el florecimiento del silencio en Palabra que resuena en la historia hasta tomar carne en ella para ser vivida, para ser Presencia que se abre relacionalmente como Misterio que es, insistimos una vez más, punto de encuentro de lo Absoluto y lo contingente, del Todo y Nada en el hombre. Este en su vida, para hacerse espíritu o espiritual, ha de habérselas con el Misterio.

             Siendo así, la mística es acontecimiento del Silencio que se rompe, que se derrama, que se difunde como celebración de la Palabra constituyendo así una historia del Silencio articulándose como Palabra derramándose como experiencia, concretizándose como mediación en la corriente de la relacionalidad para que el hombre pueda vivir esta celebración de la Palabra, que es Liturgia de Vida que se abre como camino de regreso a la Plenitud que es el Silencio Origen reencontrado como meta, como lo Originario.

             De ahí que la mística no haya de entenderse como predominio del silencio frente al decir, como abogara Ortega o como frontera de lo decible o indicador de los límites del mundo, como escribiera Wittgenstein. Más bien, el regreso al Silencio procediendo al Silencio es la realización de la Plenitud de la Palabra en que todo decir, todo enunciar cobra su sentido pleno en un lenguaje en que ya sobran las palabras, pues la Palabra ya ha triunfado más allá de las formas: ‘La mayor necesidad que tenemos es del callar a este gran Dios con el espíritu y con la lengua, cuyo lenguaje, que él oye, sólo es el callado amor’ (Epistolario 8, Carta a las Carmelitas Descalzas de Baeza, 22 de noviembre 1587).

             El silencio místico no es huida ni evasión sino compromiso, empeño, acto de regreso, que se realiza en este mundo inmanente, pero dirigido hacia el encuentro con lo Absoluto, esto es, de la plenitud de este mismo silencio más allá de los límites de todo lenguaje humano; es decir, dicha plenitud no podría ser menos que trascendente. A la vez significa la elevación de este mismo lenguaje por ser su liberación de la esclavitud de los sistemas lingüísticos con su léxico, sintaxis, morfología, pragmática, es decir, las formas que el Doctor Místico ha denominado ‘retórica del mundo’ (Avisos, Dichos de luz y amor, prólogo) abriendo en la historia la gramática del amor que es la escuela vivencial del callado lenguaje del amor, pues es la lengua que solo Dios oye y que el hombre solo puede enunciar a este mismo Dios. Dicho callado lenguaje de amor, que solo se articula cuando toda retórica mundana quede alejada o superada, es el despliegue experiencial de la plena realización del hombre en términos de comunión y participación con Dios en clave de amor que es Plenitud llena que llena y no un vacío que aboca a la no existencia, como el sostenido por la tradición budista; tampoco es la desaparición de la identidad de lo inferior o de lo finito en las tradiciones monistas como la escuela de Vedanta, que a su vez se apoya en los Upanisads.

             Traspasando las fronteras de las particularidades de las palabras y de los ruidos o susurros de las mismas, se halla, se presenta, se ofrece el lenguaje del amor, que no es limitación sino Plenitud que se vive sin categorías ni consideraciones culturales y estéticas. El retorno de la Palabra al Silencio pasando por las riberas, fronteras, olas de las palabras, es decir, de los vaivenes que discurren y fluyen, es la plena realización y revelación de lo que la realidad es en su sentido pleno: encuentro de lo Absoluto con lo Contingente, del Todo y la Nada en el hombre que vive y lucha con el Misterio cuyo triunfo no es la derrota del hombre sino su apoteosis al hacerse Dios por participación, en expresión consagrada del Místico Abulense.Todo esto, a la postre, denota el regreso al Silencio que constituye el encumbramiento de todo lenguaje en la celebración en que no hacen falta las palabras y sus pequeñeces, su retórica, sus particularidades, pues la Palabra, en su plenitud trascendental que se hace Presencia en la inmanencia de la historia humana, ya ha alcanzado su propia realización y perfección.

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