De toparse a encontrarse con: Torrentes y fuentes en los viajes
A propósito de Francisco de Borja Castellano Alcalde, Cuaderno de viajes a la Perla de Oriente: Notas de un viajero en Filipinas. Poemario todavía inédito y próximo a publicarse.
Un lector avezado, como el que suscribe estas líneas, normalmente bosteza, por así decirlo, cuando se topa con material filhispano. Pero con la lectura de esta obra que tenemos el gusto de presentar este lector, que creía que lo había visto prácticamente todo en la mencionada rama, se llevó más de una sorpresa. No solo por la familiaridad del poeta con realidades, muestras y corrientes de la realidad filipina, sobre todo de la región pampanga (de donde es oriunda la esposa de este madrileño de nacimiento, con vínculos cántabros y andaluces). Un botón de muestra es su poema ‘Himno a Pampanga’. Llama a los pampangos ‘gente de arroz y volcán’. Alude al ardor que llega a esta gente, sobre todo a raíz de la explosión del volcán Pinatubo que tanto ha cambiado la realidad geográfica y cultural de la Provincia de Pampanga:
… sus entrañas
y les muestra a los pampangos
que ese fuego ardiendo en sombra
no quiere estar encerrado,
derramándolo a sus pies,
hasta alcanzar sus tejados…
No solo simboliza o escenifica el ardor del fuego físico sino que siembra las semillas de una epopeya de fuego interior que engloba a toda la realidad oculta o ‘en sombra’ que no ‘quiere estar encerrada’.
Por de pronto, la lectura de sus poemas casi ‘haikunescos’, por su brevedad, sobriedad y carácter sugerente, me ha producido o provocado por dentro una especie de lucha o agón, cual como Jacob, que luchó contra Yavé o el ángel de este, y por lo que mereció el nombre de Israel (el que ha luchado con Dios). En mi caso, con el ángel de la inefabilidad. Mas no creo que yo me merezca un nuevo nombre, pero sí al menos un laurel o un halo (por haber luchado con un mensajero celestial) que no marchite porque como lector de estos poemas que perdurarán en las almas de los que tengan la visión estética adecuada. Y este laurel lo depositaré ante el altar de todos los recuerdos de las voces filhispanas cuyos ecos han de perdurar como el mencionado galardón. A tenor de ello, por la lectura de las líneas salidas de su pluma, que al parecer tiene prisa, sobre todo en lo referente a la etnografía, pero sí se detiene en algunos detalles vivenciales con la finalidad de crear imágenes verdaderamente sugerentes, puede derivarse la impresión de que en estas páginas no muy copiosas pueden hallarse muchas vivencias muy próximas al alma poética del autor que no han sido aún debidamente asimiladas.
Pero tampoco este filipino de nacimiento, que suscribe estas líneas vacilantes que irónicamente reflejan la experiencia de un lector avezado, como ya queda dicho arriba, ha podido asimilar las riadas que emanan de este poemario. Ni siquiera de su propia herencia filhispana, sobre todo a la luz de los desafíos actuales. De ahí la inefabilidad. Es esta la paradoja, la desembocadura de la mencionada ironía.
A mi modesto entender, todo ello ha comenzado con la pretensión aparente de esta colección, la de ser un cuaderno de viaje. Cabe esperar del mismo lo que Gadamer denomina con tino ‘fusión de horizontes’. Un forastero solo puede llegar a fusionar el horizonte de su origen topándose con el del otro, en este caso Filipinas, con sus incontables caras que el autor ha querido recoger de una manera que nos recuerda el estilo composicional de Monet o de Debussy, con rápidas pinceladas para inmortalizar un momento fugaz dejando lo que en el tiempo, gracias a los críticos, se ha bautizado con el nombre de ‘impresiones’. He aquí las del autor cuando recibe el tratamiento del besamanos filipino, que se llama ‘mano’ o ‘mano po’ de parte de sus jóvenes familiares (por casamiento):
Bajan la frente a tu dorso,
es tu patente de corso,
Es la prebenda ganada
años de tierra pisada.
A tenor de todo ello, este filipino de nacimiento, ha aprendido o visto cosas novedosas de las que no se había percatado si no fuera por el poeta que es practicante de arnis o familiar ‘por matrimonio’ de pampangos que ha presenciado las notorias crucifixiones de Semana Santa en la región de esta gente, muy famosa por sus artes culinarias (de las que no ha hecho ninguna alusión el poeta viajero). Y todo ello ha llegado al extremo de una especie de cristalización fracasada. He aquí una muestra cuando relata su experiencia de recibir la invitación a desayunar de un filipino pobre que le llama ‘kuya’ o hermano mayor:
“Kuya” se escucha al albor,
es una voz que me llama,
una ofrenda de almusal
de café, arroz y banana.
Es con este sacrificio
que comienza mi mañana,
donde todo te lo dan
sin apenas pedir nada.
‘Sin apenas pedir nada’: he aquí la cristalización fracasada. Al parecer se trata de la gratuidad, reciprocidad, interrelacionalidad. Pero no como torrente que sigue fluyendo más allá para ir a otra ribera. Más bien como algo muy discreto que es una llaga en la cual resulta casi imposible poner el dedo tautológico. Esto se debe a que las impresiones, que son incontables en este poemario y que no se pueden comentar con la deseada parsimonia aquí, no se asimilan. Mas es preciso al menos hacer constar todas ellas, como ha hecho el autor de este poemario que estamos reseñando.
La fusión de horizontes gadameriana suele suponer la llegada ruidosa y estrepitosa de los torrentes que habían fluido de las fuentes ya lejos de la inmediatez del momento actual. No es así con estos poemas por mucho que se intente hacerlos articular tanto lo que el autor desea expresar como las vivencias propias del lector que desean fundirse con lo que viene de la otra ribera. Es esta la experiencia que tengo con estos poemas.
Como ya he confesado, me cuesta (o me sigue costando) encontrar una explicación adecuada para conceptualizar mi experiencia. Siendo así, por el momento, aventuro a afirmar lo siguiente: No me llegan los torrentes (o no las percibo). Estos versos no causan en mi pobre persona una experiencia impactante o un choque impresionante o estremecedor. No porque no haya torrentes en sí (más allá de mi mundo inmediato), sino porque con estos poemas la fuente callada, silenciosa y discreta se me ha hecho más cercana por lo que no hay impactos en el seno de mi ser.
Es decir, no hay distancias ni perspectivas pero sí hay impresiones. Puede que dichas impresiones tengan cierta solidez pero, en mi opinión, no son cimientos para estructuras futuras, pues son más bien recordatorios de la fugacidad de nuestras estructuras, de nuestros empeños. En otras palabras, sin síntesis, sin resoluciones ni siquiera dialécticas. Solo voces híbridas, ecos evocadores y quizá un camino sobrio de regreso que es el silencio, la fuente de toda poesía.
Con Borja Castellano no me he topado. Ha sido un encuentro. Así puede resumirse esta recensión que es más bien una confesión. Y la única absolución es la lectura repetida y gozosa de versos como los que el poeta ha reunido en este volumen discreto.