La Misa

  La reunión eucarística que conocía la comunidad primitiva cristiana, se transforma, en el curso del siglo II, en la misa, es decir, en un conjunto ordenado de lecturas, plegarias comunes, instrucciones y cantos, cuyo punto culminante lo señalan la consagración de las especies eucarísticas y la comunión. La eucaristía era, desde entonces, considerada como un misterio, que procuraba los fieles la comunión del Señor, según la concepción prevaleciente ya en la doctrina de Pablo. Los alimentos eucarísticos, el pan y el vino, son considerados como un alimento sobrenatural, que es menester recibir, so pena de correr gran peligro, en disposición religiosa particular. Y como en este rito, el que más deben amar los cristianos, se unen el recuerdo de la muerte del Dios, y la creencia de la eficacia redentora de esa muerte, a la antigua idea fundamental de la comunión divina por absorción del Dios, es inevitable que la idea del sacrificio forme parte de él a su vez. Se entiende que ya no se trata, en verdad, de la conmemoración del sacrificio inicial de redención efectuado en el Calvario, porque si la eucaristía fuera solo eso, no tendría más valor que el de un símbolo; es un sacrificio, en el que el Dios vuelve a ser la víctima voluntaria, al tiempo en que recibe el homenaje de la oblación, y cuyo resultado es la producción de una fuerza ( dynamis ) mágica, generadora de beneficios místicos inapreciables para todos los participantes, que realmente están ya en el Cielo cuando se encuentran en misa, anticipo de Cielo. “Pleni sunt caeli et terra gloria tua. Hosanna in excelsis. Benedictus qui venit in nomine Domini”. Se ha dicho por Charles Guignebert, muy justamente, que esta representación eucarística correspondía a la introducción en el cristianismo de un "trozo de paganismo", del paganismo de los Misterios, se entiende. En el cristianismo primitivo, el de los Doce, la Resurrección toma el primer lugar porque aparece como la garantía de la gran esperanza: el próximo retorno de Cristo y la inauguración del Reino. A medida que el retardo de la parousía hace la espera normalmente menos apremiante, la importancia de la resurrección del Señor se transpone en la fe, por decirlo así, y, de ser garantía de la inminente llegada del Reino, pasa a ser garantía de la Resurrección de los fieles al fin de los tiempos. Ya Pablo le hace desempeñar este papel. I Corintios 15, 12-22: "Y si es predicado que Cristo ha resucitado de entre los muertos, cómo dicen entre vosotros algunos que no hay resurrección de los muertos ( anástasis nekrôn )? Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado ( oudè Christós egégertai ); y si Cristo no ha resucitado, vana ( kenòn ) es también nuestra predicación y vana también nuestra fe. Y hasta quedaremos descubiertos como falsos testigos de Dios ( pseudomártires toû Theoû ), porque dimos testimonio contra Dios ( katà toû Theoû ) de que había resucitado al Cristo, al que no resucitó, si es que, efectivamente, los muertos no resucitan ( nekroí ouk egeírontai ). Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, vana ( mataía ) es vuestra fe, estáis todavía en vuestros pecados. Y desde luego los que murieron en Cristo también perecieron. Si en esta vida solo estamos esperanzados en Cristo, somos los más dignos de compasión ( eleeinóteroi ) de todos los hombres. Pero la verdad es que Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicia de los que durmieron ( aparchê tôn kekoimeménôn ). Puesto que, en efecto, por un hombre fue la muerte, por un hombre es la resurrección de los muertos. Porque así como en Adam todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados ( en tôi Christôi pántes dsoopoiethêsontai )".

    En cambio, la eucaristía cobra más alta significación a medida que se amplía la especulación sobre la encarnación y la salvación por la cruz del Señor, y así Pablo, que califica toda su predicación de "discursos de la Cruz", agrega a la tradición primitiva sobre la última cena de Jesús las adiciones esenciales que hacen de esa cena la realización anticipada del misterio explícitamente expresado por la Pasión, que la eucaristía se considera que expresa, a su vez, indefinidamente. Esta se convierte, así, en el acto litúrgico central del culto cristiano, y en la fuente esencial de la gracia del Señor, colocada por él en medio de la comunidad que "invoca su nombre", y Él siempre vuelve y nos alimenta con su Cuerpo. Se convierte en todo esto sólo porque se implantan en la conciencia cristiana, primero, la convicción de que el Señor está realmente presente en la asamblea eucarística, en contacto directo y en comunión inmediata con sus fieles, y luego, la noción de lo que llamamos la transubstanciación. Cfr. I Cor., 11, 23 y ss: "ánthrôpos hoútos ek tou ártou esthiétô kai ek tou poteríou pinétô". Se entiende que, por virtud de la consagración, se opera un cambio del pan en carne y del vino en sangre de Jesús, de modo que la absorción de las especies consagradas constituye una incorporación, a la vez material y espiritual, del Señor al cristiano y del Señor bajo la forma que El mismo indicó que era la apropiada para el cumplimiento del misterio.

   El gran poeta portugués Guerra Junqueiro ( 1850-1923 ) sostenía que no existen alimentos materiales que mejor simbolicen el cuerpo y la sangre de Jesús. Tanto el grano de trigo como la uva, para convertirse en pan y vino respectivamente, antes tienen que ser rotos, triturados, aplastados, desmenuzados, majados, pulverizados, de suerte que representan perfectamente el proceso que tuvo que padecer Jesús para llegar a la boca de nuestra alma.

“Suscipiat Dominus sacrificium tuum de manibus tuis ad laudem et gloriam nominis sui, ad utilitatem quoque nostram, totiusque Ecclesiae suae sanctae”.

Martín-Miguel Rubio Esteban

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