“Dejar ir también es amor". Una lectura cuir para el Sexto Domingo de Pascua. #CUIRadasDominicales #ReverendoCuir

No se trata, entonces, de conservar intactos todos nuestros vínculos, sino de preguntarnos qué necesita transformarse para que el amor siga produciendo vida y no solamente repetición.

Hoy inicio colocando mis #CUIRadasDominicales en Religión Digital. Estas son reflexiones del evangelio dominical en clave cuir.

Dejar ir
Dejar ir
10 may 2026 - 10:14

Ciudad de México/ Juan 14, 15-21 ocurre en medio de una despedida, y las despedidas casi nunca son limpias. Aunque intentemos volverlas solemnes o espirituales, siempre dejan algo desacomodado. Hay una parte de nosotras y nosotros que quisiera detener el tiempo, congelar la escena o evitar el cambio. Sin embargo, Jesús no ofrece eso. No promete quedarse de la misma manera ni conservar intacta la relación que sus discípulos conocían.

Hay una parte de nosotros y nosotras que quisiera detener el tiempo, congelar la escena o evitar el cambio. Sin embargo, Jesús no ofrece eso. No promete quedarse de la misma manera ni conservar intacta la relación que sus discípulos conocían.

Ahí aparece algo profundamente humano, porque amar no siempre consiste en sostener la forma original del vínculo. A veces amar implica aceptar que la relación cambió y que insistir en mantenerla idéntica terminaría asfixiándola. Eso vale para las amistades, las parejas, las comunidades e incluso para la experiencia espiritual. Hay afectos que sobreviven precisamente porque dejan de exigir permanencia absoluta.

La tradición cristiana muchas veces ha leído la fidelidad desde la lógica de la estabilidad. Lo duradero parece más verdadero. Lo continuo parece más santo. Pero el evangelio no funciona tan fácilmente: La Pascua rompe esa fantasía, Jesús resucitado no vuelve para reinstalar la vida anterior. Vuelve distinto. Sus vínculos continúan, sí, pero bajo otra forma.

Eso resulta particularmente significativo desde una mirada cuir, porque muchas personas sexodisidentes hemos tenido que aprender, incluso con dolor, que no todos los vínculos pueden existir bajo los modelos reconocidos socialmente. Hay relaciones que mutan, afectos que se desplazan, familias que se reinventan y comunidades que sobreviven gracias a formas no normativas de cuidado.

Hay relaciones que mutan, afectos que se desplazan, familias que se reinventan y comunidades que sobreviven gracias a formas no normativas de cuidado.

El problema aparece cuando confundimos transformación con abandono. No son lo mismo. Dejar ir no siempre es desamor, a veces es la única manera honesta de amar sin poseer. Y eso cuestiona una cultura afectiva atravesada por la ansiedad de controlar, asegurar y garantizar la permanencia de todo.

Jesús dice: “No les dejaré huérfanos”. E inmediatamente se va. Esa tensión importa, porque la promesa no consiste en evitar la ausencia, sino en afirmar que la ausencia no agota la relación. El afecto continúa operando aun cuando la presencia cambie de forma.

En el fondo, el texto habla de una pedagogía afectiva difícil: aprender a relacionarnos sin depender exclusivamente de la posesión física, emocional o institucional. Hay personas que siguen habitándonos aunque ya no estén cerca. Hay comunidades que permanecen vivas incluso después de fracturarse. Hay amores que continúan precisamente porque dejaron de intentar reproducir el pasado.

Eso también cuestiona ciertas espiritualidades que convierten el apego en virtud. A veces se nos enseña a conservar todo, a no mover nada, a resistir cualquier cambio como si la transformación fuera una amenaza moral. Pero el evangelio muestra otra dinámica. La Ruah aparece justamente donde las formas anteriores ya no alcanzan.

La Ruah aparece justamente donde las formas anteriores ya no alcanzan.

Quizá por eso la Pascua no es una celebración ingenua de felicidad. Tiene duelo adentro. Tiene pérdida. Tiene miedo. Y aun así insiste en que la vida puede abrirse paso en medio de la reconfiguración afectiva. No porque el dolor desaparezca, sino porque el amor no queda reducido a una sola forma de presencia. No se trata, entonces, de conservar intactos todos nuestros vínculos, sino de preguntarnos qué necesita transformarse para que el amor siga produciendo vida y no solamente repetición.

No se trata de sostener todo intacto
No se trata de sostener todo intacto

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