Ayuso funciona como síntoma de una nostalgia imperial que todavía quiere llamar civilización a la herida colonial. Esta columna piensa, desde México y desde una condición extranjera, los usos políticos y religiosos de la memoria, allí donde la libertad se vuelve consigna y a la evangelización coartada.
Empiezo este espacio dentro de lo que he llamado mis #CUIRadas. Esta vez serán mis #CUIRadasDeMiercoles
Ciudad de México/
Hay viajes que no buscan recorrer un país, sino usarlo como escenario: se aterriza, se habla, se diagnostica, se provoca, se vuelve a casa con una frase lista para circular. Eso ocurrió con Isabel Díaz Ayuso en México: una mujer española, presidenta de la Comunidad de Madrid, habló de libertad, democracia, ley y decadencia en la Universidad de la Libertad, el espacio fundado por Ricardo Salinas Pliego, empresario enfrentado al gobierno mexicano. Allí dijo que así mueren las democracias, vinculó a México y España bajo una misma narrativa de deterioro y advirtió que una democracia sin ley termina convertida en una cueva de ladrones. No era una conversación cualquiera, era una escena cuidadosamente cargada.
Ayuso en México
|
Luis Barron
Yo no puedo escuchar eso como si se tratara solo de una disputa entre gobiernos. Vivo en México siendo extranjero y esa posición me obliga a una prudencia doble. No hablo en nombre de México, no me apropio de su memoria, no sustituyo las voces de sus pueblos ni sus debates internos, pero precisamente desde esa extranjería me parece evidente que llegar a un país ajeno exige otra ética de la palabra. Antes de dictar sentencia habría que escuchar. Antes de convertir un territorio en ejemplo de decadencia habría que preguntarse qué historias se están tocando.
No hablo en nombre de México, no me apropio de su memoria, no sustituyo las voces de sus pueblos ni sus debates internos, pero precisamente desde esa extranjería me parece evidente que llegar a un país ajeno exige otra ética de la palabra.
Ayuso, en este sentido, importa menos como personaje aislado que como condensación ya que su figura permite ver cómo ciertas derechas internacionales han aprendido a producir una política de los afectos. Hablan de libertad, aunque muchas veces esa palabra queda reducida a elegir quién administra la precariedad y la explotación; hablan de democracia, pero suelen interesarse menos por los pueblos concretos que por la imagen útil que han construido de ellos; hablan de Occidente, de orden, de civilización, y en cada término se advierte el miedo a perder centralidad.
La colonialidad no siempre llega con insultos; a veces aparece con buenos modales, tono institucional, lenguaje jurídico y advertencias razonables sobre democracia, ley o populismo. Su eficacia está en que reparte lugares sin parecer violenta: concede madurez a ciertas voces, sospecha de otras, vuelve universales algunas memorias y reduce otras a exceso identitario. De esa manera, lo que busca es que quien todavía carga la herida deba explicar por qué le duele, mientras quien heredó prestigio histórico puede presentarse como árbitro sereno de la conversación.
Por eso, el paso de Ayuso por México adquirió un espesor más problemático cuando decidió entrar en el terreno simbólico de Hernán Cortés, ya que no se trata de una figura ornamental ni de un nombre que pueda ser recuperado sin consecuencias para una celebración supuestamente inocente. En torno a ese personaje se condensan conquista militar, evangelización forzada, alianzas indígenas instrumentalizadas, matanzas, esclavitud, mestizaje, destrucción de mundos culturales y la instalación de un régimen colonial. Presentarlo como motivo de orgullo, sin asumir esa trama histórica, no produce una memoria más compleja; funciona, más bien, como una limpieza simbólica de la herida colonial.
Matanza de Cholula
Claudia Sheinbaum no respondió solo con una corrección histórica, sino con una disputa por el lugar desde donde se nombra la conquista. En la Mañanera, habló de violencia, de atrocidades, de la matanza de Cholula y de la esclavización de niñas y niños indígenas, hasta condensar su crítica en una fórmula deliberadamente incisiva: Ayuso como “adoradora de Hernán Cortés”. La frase importó menos por su dureza que por aquello que dejaba expuesto, porque señalaba que el problema no está únicamente en desconocer datos, sino en desear una memoria purificada, porque hay discursos que no se acercan a la conquista para comprenderla, sino para pedirle absolución; no buscan interrogar sus violencias, sino darle una dignidad sagrada. Y es que, cuando una herida histórica es tratada como objeto de veneración, la verdad deja de incomodar al poder y empieza a ser reemplazada por una obediencia ante el mito.
Aquí hay un nudo teológico que no debería pasarse por alto: cuando un discurso político necesita purificar la memoria imperial, deja de moverse solo en el terreno de la interpretación histórica y empieza a rozar el registro de lo sagrado, porque ya no busca explicar el pasado, sino absolverlo. La conquista, entonces, se desplaza del campo de la violencia al campo de la vocación, como si hubiera sido llamada, misión o cumplimiento providencial. Ese giro resulta peligroso porque permite que el poder se cuente a sí mismo con lenguaje de salvación, mientras las vidas dañadas quedan reducidas al precio necesario de una grandeza fabricada.
Ese giro resulta peligroso porque permite que el poder se cuente a sí mismo con lenguaje de salvación, mientras las vidas dañadas quedan reducidas al precio necesario de una grandeza fabricada.
Conviene mencionar a Vox, pero con precisión, no como sinónimo de España ni como resumen del cristianismo español, sino como una voz extrema que intenta apropiarse de ambas memorias. En España también existen comunidades creyentes, pastorales migrantes, memorias antifranquistas, teologías críticas y experiencias cristianas que han sabido colocarse del lado de las víctimas. Esa diferencia importa, porque impide convertir la crítica al neocolonialismo en una caricatura antiespañola, como pretende ser presentada por esos actores políticos. Justamente por eso resulta tan grave que Pepa Millán haya descrito la presencia de la Corona en América como “la mayor obra evangelizadora y civilizadora de la historia universal”. La frase no solo exagera; sino que ejecuta una absolución que no se limita a interpretar el pasado; lo higieniza. Hace de la evangelización una coartada religiosa, de la civilización un barniz moral y de la Corona una presencia casi inocente, como si el poder imperial pudiera cruzar la historia sin arrastrar sus muertos y sus muertas.
Pepa Millán
Por esa razón es importante recordar una vez más que el Evangelio no es un refugio emocional de una memoria imperial que se niega a rendir cuentas. Hablar de la fe transmitida a América Latina exige mirar también las condiciones concretas de esa transmisión, las relaciones de poder que la atravesaron, la violencia que la acompañó, las lenguas disciplinadas, los cuerpos corregidos, las espiritualidades rebajadas a superstición para que una forma concreta de cristianismo pudiera presentarse como medida legítima de humanidad. Asumir esa historia no destruye el cristianismo latinoamericano, lo libera de su propia autoidealización, porque una fe que necesita negar el dolor producido en su nombre termina adorando su reflejo. Para imágenes doradas del poder contemplándose a sí mismo ya tenemos suficientes altares políticos, incluida aquella estatua de Trump que dijo sin pudor lo que muchas idolatrías contemporáneas todavía intentan disimular.
Asumir esa historia no destruye el cristianismo latinoamericano, lo libera de su propia autoidealización, porque una fe que necesita negar el dolor producido en su nombre termina adorando su reflejo.
El problema, entonces, no consiste en añadir algunas vidas excluidas a una historia ya escrita, como si bastara con ampliar el reparto sin tocar el guion. Eso sería insuficiente. Por eso, me parece que un acto teológico político es revisar la arquitectura misma del relato, mover sus centros, incomodar sus silencios, preguntar por qué el poder se volvió un lugar tan cómodo para Dios.
Por eso me incomoda tanto escuchar la palabra libertad cuando se pronuncia sin compasión, porque hay discursos donde ya no nombra una vida más abierta, más digna o más vivible, sino una frontera que vigila quién puede pertenecer y quién debe quedar bajo sospecha. Esa libertad necesita cuerpos amenazantes para justificarse, por eso mira con recelo a las personas migrantes, a los pueblos indígenas, a los feminismos, a las disidencias sexogenéricas, a las universidades, a las izquierdas, a toda forma de pensamiento que no acepte volver al sitio asignado. Esa supuesta libertad no acompaña las heridas, las convierte en expedientes de sospecha; tampoco se detiene ante la fragilidad, la lee como amenaza, y en lugar de abrir caminos de convivencia termina administrando miedo bajo el nombre solemne de defensa de Occidente.
Esa libertad necesita cuerpos amenazantes para justificarse, por eso mira con recelo a las personas migrantes, a los pueblos indígenas, a los feminismos, a las disidencias sexogenéricas, a las universidades, a las izquierdas, a toda forma de pensamiento que no acepte volver al sitio asignado.
Pero justamente porque esa libertad defensiva organiza el mundo mediante sospechas, la respuesta no puede repetir su misma lógica con otros nombres. Por eso me parece oportuno recordar que Europa no equivale a colonialidad, España no se reduce a Vox y América Latina no es una reserva moral intacta. También aquí cargamos racismos, clasismos, autoritarismos, violencias religiosas, misoginia, homofobia, transfobia, corrupción y élites locales que aprendieron muy bien a reproducir la mirada que alguna vez las subordinó. Esa es, precisamente, la eficacia más profunda de la colonialidad, no permanece fija en una frontera ni pertenece a una sola geografía, circula, seduce, se vuelve deseo, nos enseña a buscar reconocimiento en los ojos de quienes antes nos hicieron sentir insuficientes.
En ese punto, la discusión deja de pertenecer solo al campo de la política exterior o de la disputa partidaria. Lo que aparece es una forma de administrar la memoria, decidir qué dolores pueden nombrarse y cuáles deben callar para no incomodar la épica. Ahí la crítica decolonial resulta molesta, porque interrumpe la comodidad de una historia contada desde arriba y obliga a escuchar voces que durante siglos fueron tratadas como ruido.
Como acompañante espiritual, he aprendido que ninguna herida sana por mandato. Exigir gratitud a quien todavía carga el daño es una forma elegante y abusiva de prolongarlo, y pedir silencio para preservar la tranquilidad ajena solo desplaza el dolor hacia dentro. Las heridas necesitan palabra, verdad, escucha y justicia; las memorias colectivas también. Por eso no puede haber fraternidad hispanoamericana si una parte conserva intacta la épica y la otra debe cargar discretamente con sus personas muertas, ni reconciliación cristiana cuando se pide calma antes de reconocer el daño.
Exigir gratitud a quien todavía carga el daño es una forma elegante de prolongarlo, y pedir silencio para preservar la tranquilidad ajena solo desplaza el dolor hacia dentro. Las heridas necesitan palabra, verdad, escucha y justicia; las memorias colectivas también.
Mi posición como teólogo es clara: Rechazo cualquier forma de hispanidad que solo puede celebrarse negando la colonialidad que la atraviesa, una memoria cristiana que maquilla la violencia para sentirse grande, una libertad que habla de dignidad mientras mira con desprecio a los pueblos que dice defender de sus propios errores. Y rechazo, sobre todo, una fe convertida en dispositivo de superioridad cultural, porque eso ya no anuncia Evangelio, administra idolatría del poder.
Por último, lo que me parece verdaderamente inquietante no es que Ayuso haya dicho lo que dijo, sino que sus palabras todavía encuentren auditorios dispuestos a escuchar ecos coloniales como si fueran defensa de la democracia. Ahí se revela una tarea pendiente para el cristianismo, dejar de confundir misión con conquista, tradición con jerarquía, evangelización con dominio. Cuesta admitirlo, pero una fe incapaz de mirar a las víctimas termina pareciéndose menos al Dios de Jesús que al poder que le quiso aniquilar.
Ahí se revela una tarea pendiente para el cristianismo, dejar de confundir misión con conquista, tradición con jerarquía, evangelización con dominio.
La conquista no se absuelve con nostalgia ni se repara con orgullo; se atraviesa con memoria, duelo, justicia y una espiritualidad capaz de colocarse junto a los cuerpos heridos antes que junto al prestigio de los imperios. Ahí comienza una tarea teológica inaplazable: liberar al cristianismo de su vieja tentación colonial, para que deje de custodiar cristiandades imaginarias y vuelva a escuchar, sin defensas ni excusas, el clamor de quienes fueron obligados a cargar la historia en silencio.
También te puede interesar
Ayuso funciona como síntoma de una nostalgia imperial que todavía quiere llamar civilización a la herida colonial. Esta columna piensa, desde México y desde una condición extranjera, los usos políticos y religiosos de la memoria, allí donde la libertad se vuelve consigna y a la evangelización coartada.
No se trata, entonces, de conservar intactos todos nuestros vínculos, sino de preguntarnos qué necesita transformarse para que el amor siga produciendo vida y no solamente repetición.
La teología feminicida trabaja precisamente en ese terreno. No siempre niega el dolor, a veces lo reconoce, lo rodea de palabras religiosas y lo acompaña con supuestos gestos de cuidado.
El momento eclesial actual en torno a la diversidad sexual y de género se encuentra marcado por la coexistencia de nuevos lenguajes y viejas fronteras.