Cuando el cuerpo habla antes de la religión
Cuando el cuerpo habla antes de la religión

Cuando el cuerpo habla antes que la religión

Les comparto otra de mis #CUIRadasdominicales basada en Mateo 9:9-13.18-26.

#ReverendoCuir

Una mujer toca un manto antes de explicar su historia y ese gesto mínimo ordena todo el evangelio de este domingo, porque Mateo nos pone delante de cuerpos que ya han sido hablados por otras voces: un cobrador de impuestos sentado en el lugar exacto donde la comunidad ha aprendido a despreciarlo, una mujer marcada por doce años de sangrado, una niña que ya fue nombrada como muerta, una casa tomada por la música fúnebre y una mesa donde la religión se escandaliza porque no soporta ver mezcladas ciertas presencias. Nadie empieza desde cero, cada persona entra al relato cargando palabras ajenas, etiquetas previas, diagnósticos sociales, murmullos religiosos, sospechas morales. Por eso esta escena no trata solamente de curaciones o llamados, sino de lenguajes: quién nombra, quién calla, quién toca, quién murmura y quién tiene poder para declarar que una vida todavía puede levantarse.

Mateo está sentado en el banco de los impuestos. El texto no nos explica si está cansado, si siente culpa, si se acostumbró al desprecio o si encontró en ese oficio una forma torcida de sobrevivir en medio de una economía imperial que no dejaba intacta a nadie. El silencio es importante, porque muchas lecturas religiosas quisieran llenar ese hueco con una “conversión ordenada”: primero pecado, luego arrepentimiento, después llamado y finalmente rehabilitación. Pero el evangelio no se acomoda tan fácilmente. Jesús lo ve y le dice: “Sígueme”. No hay interrogatorio ni exigencia previa de pureza ni examen público de intenciones. Jesús no pide que Mateo se explique antes de sentarse a la mesa.

El texto no nos explica si está cansado, si siente culpa, si se acostumbró al desprecio o si encontró en ese oficio una forma torcida de sobrevivir en medio de una economía imperial que no dejaba intacta a nadie.

La gracia no empieza cuando logramos traducirnos de manera aceptable para quienes desconfían de nosotrxs, tampoco empieza cuando nuestra biografía se vuelve cómoda. Tampoco cuando podemos contar nuestra historia sin rabia, sin contradicciones, sin zonas opacas. Jesús llama a Mateo en medio de una vida que el texto no limpia del todo. Eso no significa romantizar al publicano ni negar las complicidades de su oficio; significa no entregar la misericordia a la policía moral de la pureza. No se trata de convertir a lxs despreciadxs en santos inofensivos para reconocer que también ahí puede irrumpir una llamada.

La mesa enciende el conflicto. Publicanos y pecadores se sientan con Jesús, y la pregunta de los fariseos llega de lado, no directamente al maestro, sino a quienes le siguen: “¿Por qué su maestro come con publicanos y pecadores?”. Es una pregunta que parece religiosa, pero funciona como frontera, porque no busca comprender la mesa; busca marcar quién no debería estar ahí. Ese tipo de lenguaje lo conocemos bien en América Latina, se formula como preocupación doctrinal o por la tradición, como cuidado de la familia o como prudencia, pero muchas veces lo que hace es reinstalar una jerarquía de cuerpos.

“¿Por qué su maestro come con publicanos y pecadores?”. Es una pregunta que parece religiosa, pero funciona como frontera, porque no busca comprender la mesa; busca marcar quién no debería estar ahí.

Jesús responde con una frase que no conviene domesticar: “Misericordia quiero y no sacrificio”. Es decir, coloca frente a frente dos lenguajes religiosos: Uno necesita víctimas, distancias, purificaciones, cuerpos marcados como problema. El otro se aprende en la mesa, en el contacto, en la cercanía. Uno convierte la herida ajena en argumento moral. El otro reconoce que la vida no sana bajo sospecha permanente.

Y entonces la escena se corta, como si el evangelio no quisiera dejarnos descansar en una teoría. Aparece un hombre importante, un jefe, pidiendo por su hija. Jesús se levanta para ir con él. En el camino, una mujer que sangra desde hace doce años se acerca por detrás y toca el borde de su manto. El texto nos deja oír algo íntimo: “Con solo tocar su manto, quedaré sana”. No es una proclamación pública; es una frase pensada desde el cuerpo, una teología que nace donde la palabra pública quizá ya no era posible.

Doce años de sangre significan doce años de interpretaciones que seguro dijeron impureza, castigo, enfermedad, gasto inútil, vergüenza, paciencia, resignación. Cuando una persona ha sido hablada demasiado por otras voces, a veces ya no pide permiso para existir, simplemente toca. No porque desprecie la palabra, sino porque el lenguaje autorizado le ha quedado chico. La mano se vuelve oración. El borde del manto se vuelve lugar teológico. El cuerpo, tantas veces reducido a problema, produce su propio modo de decir sigo aquí.

Cuando una persona ha sido hablada demasiado por otras voces, a veces ya no pide permiso para existir, simplemente toca. No porque desprecie la palabra, sino porque el lenguaje autorizado le ha quedado chico.

Ahí el evangelio se vuelve intensamente cuir. Muchas vidas hemos tenido que aprender lenguajes laterales para sobrevivir. No siempre pudimos decir “soy”, “amo”, “deseo”, “creo”, “me duele”, “tengo miedo”, “no quiero volver a esconderme”. A veces hubo que hablar con silencios, amistades codificadas, nombres protegidos, gestos pequeños, salidas estratégicas, fiestas clandestinas, cuidados entre iguales, cuerpos que se acercan por detrás porque el centro de la escena está custodiado por quienes exigen credenciales. El toque de la mujer no es solo un milagro individual, es la memoria de todas las vidas que inventan una lengua cuando la lengua pública las expulsa.

Jesús no la avergüenza ni la denuncia por haber tocado. Su gesto no es delito. La mira y la llama hija. Ese nombre importa. La mujer, que pudo haber sido reducida a flujo, amenaza, impureza o caso clínico, recibe un parentesco nuevo. “Hija” no como infantilización, sino como restitución de vínculo. Jesús no solo cura un cuerpo; deshace un lenguaje que la había dejado sin lugar. Su fe no fue una fórmula correcta, sino un gesto arriesgado. Y Jesús lo reconoce.

La niña, mientras tanto, espera en una casa donde ya se habla el idioma de la muerte. Hay música fúnebre, gente reunida, una comunidad que parece haber cerrado el expediente. Cuando Jesús dice que la niña no está muerta, sino dormida, se ríen. Esa risa también es lenguaje. No toda burla es superficial; a veces la risa protege un orden que no quiere ser desmentido. Se ríen quienes creen saber cuándo una vida ya no tiene futuro. Se ríen quienes confunden realismo con sentencia. Se ríen quienes han aprendido a obedecer los diagnósticos finales.

Se ríen quienes creen saber cuándo una vida ya no tiene futuro. Se ríen quienes confunden realismo con sentencia. Se ríen quienes han aprendido a obedecer los diagnósticos finales.

En América Latina, demasiadas vidas han sido declaradas muertas antes de morir. Jóvenes a quienes se les quita futuro, personas trans sin ser nombradas, comunidades indígenas, migrantes que son consideradxs amenaza, mujeres violentadas, personas LGBTIQ+ sin marco legal para vivir. El evangelio no niega la muerte real, pero desobedece a quienes administran la muerte como destino inevitable.

Jesús toma la mano de la niña, y ella se levanta. La escena no necesita espectáculo, tan solo su mano basta. Si la mujer tocó el manto, Jesús toca la mano. El evangelio se llena de contactos que la religión vigilante no sabe leer: sentarse, comer, tocar, mirar, levantar. La salvación no aparece como una idea abstracta, sino como una gramática corporal. Frente a la murmuración, mesa. Frente a la vergüenza, mirada. Frente al aislamiento, nombre. Frente a la muerte decretada, mano.

Quizá este domingo hay que quedarnos en lo que el texto no dice. No sabemos qué hizo Mateo con su antigua vida. No sabemos cuántas veces la mujer fue humillada antes de tocar. No sabemos el nombre de la niña. No sabemos si quienes se rieron sintieron vergüenza después. Esos silencios impiden convertir el evangelio en moralina y nos obligan a escuchar lo que ocurre debajo: la vida intentando decirse en medio de lenguajes que la aplastan.

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