Dios no condena nuestros deseos

Tal vez creer no sea repetir fórmulas sin cuerpo, sino confiar en que la Divinidad no es enemiga de nuestra existencia. Tal vez salvarse empiece cuando dejamos de vivir bajo la amenaza de una condena que Dios nunca pronunció. Tanto amó Dios al mundo que no quiso salvarnos contra nuestra vida, sino dentro de ella.

La Divinidad no condena nuestros deseos
La Divinidad no condena nuestros deseos

Escucho el verso: “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”, y no puedo evitar pensar en todas las personas que han escuchado el nombre de Dios como amenaza, como sentencia, como tribunal.

La Solemnidad de la Trinidad suele presentarse como una fiesta difícil, casi reservada para explicar fórmulas doctrinales: Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios en tres personas, misterio de comunión. No me interesa entrar por la puerta del concepto, sino por la herida de las emociones, porque si la Divinidad es comunión, entonces no puede ser indiferente a lo que sentimos. Si la Divinidad es relación, entonces la tristeza, el miedo, la vergüenza, el deseo, la ternura y la rabia también son lugares donde se juega nuestra experiencia de salvación. Y si el evangelio dice que la Divinidad no vino a condenar el mundo, entonces habría que preguntarnos por qué tantas veces las iglesias han aprendido a hacerlo.

Trinidad diversidad
Trinidad diversidad

Durante demasiado tiempo, muchas personas de la diversidad sexogenérica hemos tenido que escuchar que nuestras emociones son sospechosas. Se nos ha pedido administrar el deseo, esconder la ternura, moderar la alegría, pedir perdón por amar, hacer silencio cuando una palabra nos hiere e, incluso, sonreír ante la exclusión para no incomodar a quienes se creen guardianes de la fe. No pocas veces la pedagogía religiosa ha producido cuerpos obedientes a costa de almas rotas. Y lo más grave no ha sido solamente la norma, sino el modo en que esa norma se instaló en nuestro interior como una voz íntima: “eres una aberración”, “solo se salvarán los heterosexuales”, “Dios odia la homosexualidad, pero ama al homosexual”.

Si seguimos la secuencia del Cuarto Evangelio, podemos ver que no es posible domesticar tan fácilmente a Dios. “Tanto amó Dios al mundo”. No dice que Dios amó al mundo heterosexual o al de lógicas heterosexistas. Dice mundo. Y mundo, en Juan, no es una postal limpia; es conflicto, fragilidad, resistencia, noche, búsqueda, miedo, carne atravesada por ambigüedades. Dios ama ese mundo y no espera a que el mundo se vuelva amable según el criterio de las iglesias para amarlo. No exige que primero se comporte según los cánones religiosos para después tocarlo. Lo ama en su espesor, con su polvo, con sus contradicciones, con sus cuerpos cansados, sus deseos temblorosos y su pasión expresada desde los cuerpos.

Dios ama ese mundo y no espera a que el mundo se vuelva amable según el criterio de las iglesias para amarlo. No exige que primero se comporte según los cánones religiosos para después tocarlo.

Esto me parece decisivo, porque la salvación no empieza cuando una persona deja de sentir lo que siente, ni deja de ser lo que es, sino cuando descubre que su vida ya no tiene que estar organizada por el miedo a ser condenada. Hay emociones que han sido usadas como dispositivos de control religioso. La culpa, cuando no abre a la responsabilidad sino al desprecio de sí, se vuelve una técnica de sometimiento y desacreditación. La vergüenza, cuando no protege la intimidad sino que destruye la dignidad, se convierte en una cárcel afectiva. Y el miedo, cuando no advierte de un peligro real sino que nos impide existir, deja de ser prudencia y se vuelve régimen espiritual.

Por eso hoy necesito decirlo en primera persona: no creo en ninguna divinidad que necesite mi vergüenza para salvarme. No creo en ninguna divinidad que disfrute mi miedo. No creo en ninguna divinidad que me pida mutilar mi deseo para concederme un lugar en su mesa. Creo, más bien, en una Divinidad solidaria que desarma la soledad. Creo en el Padre-Madre-fuente que mira la creación y no la desprecia; en el Hijo que entra en la carne sin pedirle permiso a los sistemas de pureza; en la Espíritu que sopla donde quiere y, por lo mismo, desordena las fronteras demasiado seguras de nuestras instituciones.

En la Cena ecológica del Reino
En la Cena ecológica del Reino | Maximino Cerezo

La Trinidad, leída desde aquí, no es una geometría celestial. Nuestra amorosa Divinidad no es un individuo soberano que vigila desde arriba, sino una vida compartida, una circulación de amor, una relación que no anula la diferencia. Si la Divinidad es comunión sin absorción, entonces la diferencia no es una amenaza contra lo sagrado. Si la Divinidad es vínculo sin dominio, entonces ninguna autoridad religiosa debería llamar amor al disciplinamiento de los cuerpos. Si la Divinidad es relación viva, entonces toda pastoral que deja a las personas más solas, más asustadas y más enemistadas con su propio cuerpo necesita convertirse.

El texto también dice que quien cree no es condenado. Esta frase ha sido usada a veces para levantar nuevas fronteras: creyentes contra no creyentes, gente salvada contra gente condenada, adentro contra afuera. Pero, en la escena de Juan, creer no es firmar una ideología religiosa ni repetir fórmulas sin carne; significa, más bien, confiar en que la vida revelada en Jesús no viene a destruirnos. Creer es dejar de mirar lo divino como enemigo de nuestra existencia. Creer es permitir que el amor tenga más autoridad que las instituciones.

Creer es dejar de mirar lo divino como enemigo de nuestra existencia. Creer es permitir que el amor tenga más autoridad que las instituciones.

Muchas personas no se alejaron de la fe por capricho, superficialidad o relativismo, sino porque tuvieron que salvar su salud emocional de discursos que las enfermaban. Algunas no dejaron a Dios; dejaron una imagen violenta de Dios para poder seguir viviendo. Y eso llegó a llamarse creer en muchos espacios religiosos: someterse no a divinidad alguna, sino a su mísera imagen proyectada a través del control. Una lectura cuir del evangelio no busca maquillarlo para que diga lo que queremos oír. Al contrario, quiere quitarle las capas de domesticación moral con las que ha sido históricamente neutralizada su potencia transformadora.

Por eso la emoción que hoy quiero cuidar no es solamente la ternura; también es la rabia. Hay una rabia santa cuando una persona descubre que Dios no la odiaba, aunque se lo dijeron en su nombre. Hay una rabia necesaria cuando una comunidad comprende que muchas heridas no fueron accidentes, sino efectos de discursos, catequesis, silencios y exclusiones. Esa rabia no debe quedarse sola, porque puede quemarlo todo; pero tampoco debe ser apagada en nombre de una paz falsa. El Dios compasivo y misericordioso del Éxodo, el Dios de la comunión paulina, el Dios que ama al mundo en Juan, no nos pide anestesia espiritual: nos pide verdad, reparación y vida.

Plegarias para Bobby
Plegarias para Bobby

Este domingo no quiero llevar ante la Divinidad emociones domesticadas, como si tuvieran que llegar limpias, ordenadas o previamente autorizadas para ser dignas de oración. Quiero llevarlas como vienen, porque muchas de ellas no han sido obstáculo para la fe, sino formas concretas de sobrevivencia. Llega el miedo, no para instalarse como dueño de mi relación con Dios, sino para ser mirado sin que gobierne mi esperanza. Llega la vergüenza, no para quedarse en mi cuerpo, sino para ser devuelta a quienes la fabricaron como pedagogía religiosa. Llega el deseo, para escucharlo con responsabilidad, sin ingenuidad y sin temor. Llega la ternura, para que no vuelva a ser capturada por vínculos que prometen amor mientras exigen desaparición. Y llega también la rabia, no como destrucción, sino como lucidez frente a todo aquello que todavía se nombra fidelidad mientras produce daño.

Desde ahí, la Trinidad me recuerda que nadie se salva en aislamiento. La Divinidad misma, confesada como comunión, nos impide convertir la espiritualidad en encierro individual. Por eso, cuando insistimos en que la Divinidad no vino a condenar, no estamos pronunciando una frase bonita; se trata de una responsabilidad eclesial, política y afectiva con la que hemos de ser coherentes. Porque si Dios no condena el mundo, tampoco las iglesias deberían hacerlo y, mucho menos, llamar fidelidad al daño que históricamente han realizado sobre los cuerpos disidentes. Si Dios ama el mundo, entonces nuestras comunidades deben aprender a amar cuerpos concretos, historias concretas, duelos concretos, nombres concretos. Y si afirmamos que Dios nos ha salvado en Jesús, entonces la salvación tendrá que parecerse menos al miedo y más a una vida que por fin puede ser vivible.

si afirmamos que Dios nos ha salvado en Jesús, entonces la salvación tendrá que parecerse menos al miedo y más a una vida que por fin puede ser vivible.

Hoy quiero creer desde ahí. No desde la obediencia aterrada, sino desde la confianza herida que vuelve a abrirse. No desde una doctrina usada como piedra, sino desde un misterio que me enseña a vincularme sin borrar a nadie. No desde la condena, sino desde ese amor primero que simplemente se ofreció sin esperar nada a cambio. Porque quizá el evangelio de este domingo pueda parafrasearse así, en lenguaje de cuerpo y emoción: tanto amó Dios al mundo que no quiso salvarnos contra nuestra vida, sino amarnos en ella.

También te puede interesar

Lo último

stats