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La pastora Milagros Jáuregui, expresión de una teología feminicida

No se trata solo de una disputa moral ni de una reacción aislada frente a los feminismos, sino de una reorganización más profunda del lenguaje público.

Fuerzas antiderechos | Salud con Lupa

En los últimos años, América Latina ha visto crecer una alianza cada vez más visible entre derechas políticas, activismos religiosos conservadores y discursos que se presentan como defensa de la vida, la familia y la libertad. No se trata solo de una disputa moral ni de una reacción aislada frente a los feminismos, sino de una reorganización más profunda del lenguaje público, en la que palabras como igualdad, ciencia, biología, infancia o protección son usadas para desplazar la pregunta por la violencia estructural. En ese escenario se inscribe Milagros Jáuregui de Aguayo, congresista peruana vinculada a Renovación Popular, cuyas iniciativas contra el enfoque de género, la Educación Sexual Integral y la categoría jurídica de feminicidio permiten observar con particular claridad cómo una determinada forma de fe puede convertirse en programa político. Su caso no importa únicamente por lo que dice, sino por lo que sus palabras buscan hacer: cerrar el campo de lo pensable, devolver la violencia contra las mujeres al terreno de los casos aislados y presentar como cuidado aquello que, en la práctica, puede terminar sosteniendo el daño.

Milagros Jáuregui de Aguayo, congresista peruana

Una fe que no solo cree también ordena

Milagros Jáuregui de Aguayo es una congresista peruana y una figura dentro de las derechas religiosas latinoamericanas muy conocida; pero su caso importa porque permite mirar una forma de fe que no se queda en el templo, ni en la conciencia personal, ni en la vida devocional, sino que pretende ordenar la ley, la escuela, la familia, el cuerpo de las niñas, la vida de las mujeres y el modo mismo en que una sociedad nombra la violencia.

Por eso no basta decir que Jáuregui es conservadora, ya que esa palabra la describe poco. Tampoco basta decir que se opone al feminismo, porque su discurso no se limita a rechazar una agenda política. Lo que aparece en sus declaraciones, proyectos legislativos y gestos públicos es una manera de usar a su dios para producir una moral de Estado. En esa moral, la familia se vuelve intocable, la biología se convierte en destino, el género aparece como amenaza y la violencia contra las mujeres pierde su espesor histórico para quedar reducida a un conflicto entre personas.

En esa moral, la familia se vuelve intocable, la biología se convierte en destino, el género aparece como amenaza y la violencia contra las mujeres pierde su espesor histórico para quedar reducida a un conflicto entre personas.

A eso llamo aquí teología feminicida. No porque Jáuregui predique de manera directa la muerte de las mujeres, ni porque esta expresión deba leerse como una acusación penal, sino porque su modo de articular religión, derecho y política contribuye a borrar las condiciones que permiten reconocer la violencia feminicida como violencia estructural y prepara desde su agenda política la posibilidad de muerte para ellas. Una teología se vuelve feminicida cuando no necesita justificar el asesinato de una mujer, porque le basta con desarmar las palabras, las leyes y los marcos que permiten entender por qué esa muerte no es un hecho aislado.

El truco de llamar igualdad al borramiento

Uno de los gestos más claros de esta lógica aparece en el Proyecto de Ley 10342/2024-CR, presentado a iniciativa de Jáuregui, que propone reemplazar el delito de feminicidio por el de “asesinato de la pareja”. La justificación parece, en apariencia, razonable, ya que apela a la igualdad ante la ley y afirma que no debería haber una diferencia basada en el sexo de la víctima (Congreso de la República del Perú, 2025a). Sin embargo, esa aparente neutralidad es precisamente el problema.

El feminicidio no existe porque la vida de las mujeres valga más que otras vidas. Existe porque ciertas muertes ocurren dentro de una historia de desigualdad, control, violencia sexual, dominación doméstica, subordinación económica y castigo contra quienes se apartan del lugar que el orden patriarcal les asignó. Borrar esa categoría no iguala a nadie, lo que hace es impedir mirar la violencia en su contexto.

Celia Amorós ya había señalado que la violencia contra las mujeres suele aparecer como una suma de anécdotas, casos espectaculares o experiencias dispersas, y que su frecuencia obliga a elevar esas anécdotas a categoría (Amorós, 1990). Ahí está el punto: Los feminismos han buscado convertir la repetición del daño en problema político, mientras que la propuesta de Jáuregui hace el movimiento contrario, porque devuelve lo estructural al terreno de lo particular, lo doméstico o lo accidental. Ella no es meramente antifeminista, es una operadora política con una impronta religiosa que sostiene su proceder.

De este modo, la igualdad se transforma en una forma de ceguera. Se habla de mujeres y hombres como si ocuparan el mismo lugar en la historia, como si las relaciones de poder no existieran, como si el cuerpo de una mujer asesinada por su pareja no estuviera atravesado por mandatos, amenazas, dependencias y violencias que no comienzan el día del crimen. Esa es una de las operaciones centrales de la teología feminicida: No niega la muerte, le quita historia.

Feminicidio, una realidad innegable en América Latina | Foro Jurídico

Cuando la perspectiva de género se vuelve enemigo

La misma lógica aparece en la ley impulsada por Jáuregui para eliminar el enfoque de género de las políticas públicas y reemplazarlo por un enfoque de igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres. La norma también busca sustituir la Educación Sexual Integral por una educación sexual sin perspectiva de género, presentada como “científica, biológica y ética” (El País, 2025).

Esta fórmula parece limpia. Ciencia, biología y ética son palabras que suenan serias, incluso tranquilizadoras. No obstante, lo decisivo no está en lo que esas palabras prometen, sino en lo que expulsan. Al sacar la perspectiva de género, se retira la pregunta por el poder. Al reducir la diferencia sexual a cierta comprensión de biología, se vuelve sospechosa toda lectura histórica de la desigualdad. Al debilitar la ESI, se le quita a niñas, niños y adolescentes una herramienta para reconocer abusos, nombrar límites, identificar violencias y pedir ayuda.

Al reducir la diferencia sexual a cierta comprensión de biología, se vuelve sospechosa toda lectura histórica de la desigualdad. Al debilitar la ESI, se le quita a niñas, niños y adolescentes una herramienta para reconocer abusos, nombrar límites, identificar violencias y pedir ayuda.

Aquí la teología feminicida se disfraza de sentido común. Primero dice que el género es ideología. Después presenta la biología como si fuera neutral. Luego invoca la ética. Finalmente, aunque no siempre lo diga de manera abierta, coloca a su dios como garante de ese orden. Así, lo que es interpretación religiosa aparece como evidencia natural, y lo que es una disputa política se presenta como defensa de la creación.

Francesca Gargallo ayuda a nombrar esta trampa cuando advierte que las lógicas dominantes suelen presentar como universal aquello que responde a una forma situada de ordenar el mundo (Gargallo, 2006). Eso ocurre aquí. La idea de familia, de mujer, de hombre, de sexualidad y de vida que sostiene Jáuregui busca presentarse como universal, aunque en realidad corresponde a una lectura teológica y política muy concreta. Su eficacia comunicacional reside precisamente en eso: en aparecer como si no fuera una interpretación situada, sino una verdad.

Con mis hijos no te emtas. Movimiento antigénero. | MxM

La niña desaparece cuando aparece “la vida”

El punto más grave aparece en sus declaraciones sobre niñas víctimas de violación. De acuerdo con reportes periodísticos, Jáuregui defendió que niñas embarazadas por violación pudieran ver a sus bebés no como una “maldición”, sino como un “sello de esperanza”; además, sostuvo que defender la vida desde la concepción no es opcional, sino un mandato constitucional (El País, 2026). En otra declaración, afirmó que las niñas que dieron a luz no se arrepienten y que “la víctima de todo este cuadro de dolor es el bebé” (Infobae, 2026).

Este tipo de frases revela el centro de su teología. La niña violentada queda desplazada; su cuerpo, su miedo, su trauma, su riesgo físico, su infancia rota y su derecho a no ser obligada a maternar pasan a un segundo plano. El centro ya no es ella, sino el embarazo. La violación se vuelve antecedente, mientras la maternidad forzada aparece reinterpretada como esperanza. Ese desplazamiento es brutal, precisamente porque puede decirse con tono piadoso: No necesita gritar, no necesita parecer cruel; le basta con convertir el daño en destino espiritual, donde lo intolerable se vuelve testimonio y la violencia se vuelve oportunidad. Entonces, la niña deja de ser sujeta de protección y se convierte en soporte de una doctrina.

Una teología que necesita que una niña violada convierta su embarazo en esperanza no está defendiendo la vida. Está defendiendo una idea abstracta de vida contra la vida concreta de una niña. Está usando una palabra sagrada para tapar una violencia insoportable. Eso es teología feminicida. En ese marco, la esperanza ocupa un lugar decisivo, ya que es una de las palabras más delicadas del lenguaje religioso, porque puede sostener, abrir futuro y acompañar a quien atraviesa el dolor, pero también puede disciplinar cuando se usa para pedirle a alguien que soporte lo que no debería soportar o para alienar la violencia presente hacia un futuro inalcanzable. Por eso hay que decirlo del modo más enfático posible: no toda esperanza libera; hay esperanzas que se vuelven obligación.

Sara Ahmed permite pensar esto con mucha claridad, porque entiende el feminismo como una forma de hacer cuestionable aquello que el mundo nos enseña a aceptar (Ahmed, 2021). Desde ahí, la pregunta no puede ser solo si Jáuregui habla de esperanza, sino qué tipo de esperanza está produciendo: ¿Qué esperanza exige que una niña cargue una maternidad derivada de una violación? ¿Qué esperanza necesita que el sufrimiento infantil sea convertido en lección moral? ¿Qué esperanza se sostiene sobre el silencio del cuerpo violentado? Ninguna que se pueda llamar cristiana, si algo aún significa ese nombre para esos sectores.

La teología feminicida trabaja precisamente en ese terreno. No siempre niega el dolor, a veces lo reconoce, lo rodea de palabras religiosas y lo acompaña con supuestos gestos de cuidado. Sin embargo, ese cuidado se vuelve ambiguo cuando ya tiene decidido el desenlace antes de escuchar a la persona herida. En ese sentido, cabe recordar que acompañar no es conducir a alguien hacia el lugar que mi doctrina ya eligió y cuidar no es administrar el daño para hacerlo compatible con una moral previa.

La familia como refugio y como coartada

Otro núcleo discursivo de esta teología feminicida es la familia. En el discurso conservador, la familia aparece como refugio, lugar de cuidado, fuente de valores y base de la sociedad. El problema no está en reconocer que muchas familias sostienen la vida, sino en convertir esa imagen en una verdad absoluta que impide ver que muchas violencias ocurren precisamente dentro de vínculos familiares o cercanos. Cuando se idealiza la familia, se vuelve más difícil nombrar el abuso, la coerción, el miedo, la dependencia y el silencio. Así, el peligro siempre parece venir de fuera, de la calle, de la ideología, del feminismo, de la diversidad sexual o de la educación sexual, mientras el hogar queda protegido por una especie de inocencia moral. Esa inocencia es más que falsa.

bell hooks advertió ya contra las miradas que simplifican las relaciones de dominación y convierten a las mujeres en objetos pasivos, sin atender la complejidad de los sistemas que sostienen la violencia (hooks, 2022). Esa advertencia sirve aquí para evitar una lectura demasiado plana ya que el problema no es solo que existan hombres violentos o mujeres conservadoras, el problema radica en la imposición de una red de valores, instituciones, discursos y afectos que enseña a obedecer, callar, aguantar y llamar virtud a la renuncia de sí.

Por eso la figura de Jáuregui resulta tan útil para pensar esta trama. Ella no es solo una mujer que defiende posiciones patriarcales. Es una figura política que muestra cómo una mujer puede hablar desde una posición religiosa de autoridad para sostener un orden que daña a otras mujeres y niñas. Ese dato no debe sorprendernos. El patriarcado no funciona únicamente porque los hombres lo imponen, sino porque muchas instituciones y subjetividades lo reproducen como si fuera cuidado, deber, fidelidad o, en este caso, fe.

El dios que queda del lado del orden

La pregunta teológica de fondo es inevitable: ¿Qué dios aparece en esta forma de hacer política? No se trata de negar que Jáuregui tenga fe, ni de disputar la sinceridad de sus creencias, porque ese camino sería débil e innecesario. El problema no es si cree o no cree: el problema es qué hace políticamente con aquello que cree.

En su discurso, su dios aparece como garante de un orden previo. Ese orden define la vida desde la concepción, la familia desde una matriz heterosexual, la diferencia sexual desde la biología y la moral pública desde una lectura religiosa particular. En consecuencia, quienes no caben ahí son presentadas como amenaza, error, ideología o desviación.

La teología feminicida produce una jerarquía de vidas: La vida embrionaria aparece como absoluta, la vida de la niña violada aparece como lugar de sacrificio, la vida de las mujeres asesinadas pierde especificidad cuando se intenta borrar el feminicidio, la vida de las personas LGBTIQ queda fuera cuando la igualdad se reduce a mujeres y hombres entendidos desde una biología cerrada y binaria. Para comprender esto, podemos recurrir a la postura de Judith Butler, quien ayudó a pensar cómo la violencia va más allá del golpe directo, porque obliga a preguntar qué vidas son reconocidas como dignas de protección y duelo (Butler, 2021). De este modo, se puede identificar cómo la defensa de la vida deja de ser defensa de la vida y se convierte en administración desigual de las vidas. Unas son sagradas, otras deben soportar. Unas se lloran, otras se corrigen. Unas se protegen con leyes, otras pierden las palabras que podían protegerlas.

Así, la defensa de la vida deja de ser defensa de la vida y se convierte en administración desigual de las vidas. Unas son sagradas, otras deben soportar. Unas se lloran, otras se corrigen. Unas se protegen con leyes, otras pierden las palabras que podían protegerlas.

Por eso los feminismos, teóricos y activistas, incomodan tanto a estas derechas religiosas. No porque odien la vida, ni porque quieran destruir la familia, ni porque desprecien la fe, tal y como pretenden presentarlos. Incomodan porque interrumpen la escena política: Preguntan por la niña donde otros hablan del “bebé”; preguntan por la mujer asesinada donde otros hablan de neutralidad penal; preguntan por la violencia estructural donde otros hablan de casos aislados; preguntan por el cuerpo concreto donde otros invocan creación, naturaleza o familia.

Los grupos similares a los que se adhiere Jáuregui quieren caricaturizar los feminismos como moda o ideología importada, y eso les ha servido comunicacionalmente. La historia de América Latina muestra, como recuerda Gargallo, que el pensamiento feminista ha estado ligado a prácticas políticas, luchas sociales y formas de conocimiento nacidas de la experiencia histórica de las mujeres (Gargallo, 2006). Por eso, cuando Jáuregui busca borrar la perspectiva de género de la ley y de la educación, no está eliminando un término técnico: ¡Está intentando desactivar una memoria de lucha!

Y cuando intenta reemplazar feminicidio por asesinato de la pareja, tampoco está haciendo una corrección neutral. Está tocando una conquista conceptual que permitió decir que muchas mujeres no mueren simplemente porque alguien las mata, sino porque antes hubo un mundo que hizo posible esa muerte.

No toda teología brota de una buena noticia

El cristianismo no está condenado a quedar atrapado en esta imagen. Hay formas de fe que escuchan el sufrimiento sin imponer lección alguna, que acompañan sin sustituir la voz de la persona herida, que defienden la vida concreta antes que una abstracción doctrinal, que no usan a ningún dios para cerrar la conversación, sino que abren la responsabilidad ante el dolor.

Por eso la crítica a Jáuregui no puede quedarse en la denuncia a una congresista o a una política. Desde lo teológico, el punto más importante es disputar la imagen divina que se pone en circulación cuando se legisla contra las mujeres en nombre de la vida. Una teología que transparente una buena noticia no puede pedirle a una niña que convierta su violación en destino como tampoco celebrar como victoria cristiana la eliminación de categorías que han permitido nombrar la violencia. Mucho menos puede llamar igualdad a la ceguera estructural ni puede usar la vida como palabra sagrada mientras abandona las vidas concretas que sufren.

Milagros Jáuregui no inventó esta teología, pero la vuelve visible con una claridad inquietante. En su discurso se cruzan la defensa abstracta de la vida, el borramiento de la perspectiva de género, la sospecha frente a los feminismos, la idealización de la familia y la reducción de la violencia contra las mujeres a hechos particulares. Su palabra no tiene la forma de un tratado teológico, pero funciona como teología porque busca ordena el mundo, decide qué cuerpos importan, qué sufrimientos deben soportarse, qué vidas merecen protección y qué violencias pueden desaparecer del lenguaje público.

Por eso conviene insistir en el nombre. Una teología feminicida no es simplemente una teología conservadora, ni una moral religiosa severa, ni una opinión incómoda dentro del debate público. Es una forma idolátrica de hablar de la Divinidad, de la vida, de la familia y de la ley que termina haciendo más difícil proteger a las mujeres y a las niñas. No mata con sus propias manos, pero puede preparar el suelo donde ciertas muertes se vuelven menos legibles, ciertos abusos menos denunciables y ciertas vidas menos defendibles. Su violencia está en lo que borra, en lo que desplaza, en lo que llama esperanza cuando debería llamar daño, en lo que llama igualdad cuando debería reconocer subordinación, en lo que llama vida cuando abandona cuerpos concretos.

Ahí está su gravedad política y teológica. Porque una fe que no escucha el grito de una niña violada, una fe que desconfía de las palabras que las mujeres han construido para nombrar su propia violencia, una fe que protege más una doctrina que una vida herida, ya no puede presentarse sin más como medio para transmitir una buena noticia para transmitir ni se puede decir que brota de una. Puede conservar símbolos cristianos, puede citar a cual dios quiera, puede hablar de familia, pero si en ese camino vuelve sacrificables a mujeres y niñas, entonces ha traicionado el corazón mismo del cuidado.

Llamarla teología feminicida no es exagerar. Es nombrar un ejercicio concreto que usa lo religioso para desactivar la memoria feminista, para debilitar las herramientas jurídicas y educativas que protegen, para espiritualizar el sufrimiento impuesto y convertir la obediencia de las mujeres en virtud. Es una teología que no siempre grita, pero disciplina; no siempre niega el dolor, lo administra; no siempre celebra la muerte, pero ayuda a que algunas vidas queden más expuestas a ella.

Llamarla teología feminicida no es exagerar. Es nombrar un ejercicio concreto que usa lo religioso para desactivar la memoria feminista, para debilitar las herramientas jurídicas y educativas que protegen, para espiritualizar el sufrimiento impuesto y convertir la obediencia de las mujeres en virtud.

Frente a eso, una teología que quiera ser fiel a la Divinidad de la vida no puede hablar desde la neutralidad. Tiene que ponerse del lado de los cuerpos dañados, de las niñas obligadas a cargar lo intolerable, de las mujeres cuya muerte no puede reducirse a un caso aislado, de quienes han sido silenciadas por una moral que les pidió aguantar en nombre de la fe. Porque cuando una teología borra el feminicidio, debilita la Educación Sexual Integral, expulsa el género de las políticas públicas y convierte la maternidad forzada de niñas violadas en esperanza, ya no basta llamarla conservadora. Hay que decirlo con precisión pastoral, política y teológica: esa es una teología feminicida.

Bibliografía

Ahmed, S. (2021). Vivir una vida feminista (T. Tenenbaum, Trad.). Caja Negra Editora. Obra original publicada en 2017.

Amorós, C. (1990). Violencia contra las mujeres y pactos patriarcales. En V. Maquieira y C. Sánchez (Comps.), Violencia y sociedad patriarcal (pp. 29–47). Editorial Pablo Iglesias.

Butler, J. (2021). La fuerza de la no violencia (M. Mayer, Trad.). Paidós. Obra original publicada en 2020.

Congreso de la República del Perú. (2025a, 26 de febrero). Proponen eliminar el delito de feminicidio y reemplazarlo por el delito de asesinato de la pareja. https://comunicaciones.congreso.gob.pe/damos-cuenta/proponen-eliminar-el-delito-de-feminicidio-y-reemplazarlo-por-el-delito-de-asesinato-de-la-pareja/

El País. (2025, 29 de noviembre). El Congreso peruano aprueba una norma que elimina el enfoque de género: “Es un retroceso de décadas y es inaplicable”. https://elpais.com/america/2025-11-29/el-congreso-peruano-aprueba-una-norma-que-elimina-el-enfoque-de-genero-es-un-retroceso-de-decadas-y-es-inaplicable.html

El País. (2026, 11 de febrero). La número dos del favorito a la Presidencia en Perú, acusada de inducir a menores violadas a ser madres. https://elpais.com/america/2026-02-11/la-numero-dos-del-favorito-a-la-presidencia-en-peru-acusada-de-inducir-a-menores-violadas-a-ser-madres.html

Gargallo, F. (2006). Las ideas feministas latinoamericanas.

hooks, b. (2022). Respondona. Pensamiento feminista, pensamiento negro. Paidós.

Infobae. (2026, 10 de febrero). Congresista Milagros Jáuregui expuso en público a niñas embarazadas por violación y obligadas a dar a luz. https://www.infobae.com/peru/2026/02/08/abominable-congresista-milagros-jauregui-expuso-en-publico-a-ninas-embarazadas-por-violacion-y-obligadas-a-dar-a-luz/

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