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Antonio Ramos | ¿Mirar tiene precio?

En algunas ciudades, en determinados tramos, ver una procesión ya no depende solo de llegar a tiempo, sino de pagar por un sitio. No es una prohibición total, pero quien no paga no accede ni se sienta. Y ahí, casi sin darnos cuenta, algo importante ha empezado a cambiar.

Sillas a rentar en Semana Santa | Publica

Antonio Ramos | ¿Mirar tiene precio?

Hay prácticas que, de tanto repetirse, dejan de cuestionarse. Se integran en el paisaje, se vuelven costumbre y acaban pareciendo inevitables. Ocurre con la venta de sillas para ver las procesiones de Semana Santa. A primera vista, puede parecer algo inocente, incluso razonable: ordenar el espacio, facilitar la visibilidad, ofrecer cierta comodidad, obtener recursos para sostener la organización. Todo eso suena lógico. Y, sin embargo, conviene detenerse un poco más.

Porque, en cuanto se rasca la superficie, aparece una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué sucede cuando lo que nace como un acontecimiento público, abierto y compartido empieza a organizarse según la capacidad de pagar? ¿En qué momento mirar deja de ser un gesto sencillo y pasa a convertirse en un privilegio condicionado?

No estamos hablando solo de sillas. Estamos hablando de la calle. Y la calle, en estos días, no es un espacio cualquiera: es el lugar donde un pueblo entero se reconoce, donde la fe se hace visible sin invitaciones ni filtros. Nadie debería tener más derecho que otro a ocuparla. Por eso, cuando ese espacio se ordena introduciendo zonas de pago, aunque sea de forma parcial, se introduce también una diferencia que no es neutra.

Basta una escena sencilla. Una familia llega con tiempo, busca sitio, intenta abrirse paso. Delante, filas de sillas ocupadas; detrás, gente de pie intentando ver entre huecos. No hay prohibición explícita, nadie les impide estar allí. Pero tampoco están en igualdad de condiciones. Aunque se haya vuelto habitual, no deja de ser significativo. Y esto lo vemos todos, aunque a veces preferimos no pensarlo demasiado.

La Semana Santa no nació como espectáculo ni como producto cultural, por más que tenga una belleza que atrae. Es una expresión de fe compartida, una tradición que se ofrece en la calle precisamente porque es de todos. Por eso, cuando se introduce un precio, aunque sea en determinados tramos, se corre el riesgo de desplazar su sentido. No de manera brusca, pero sí real.

Conviene decirlo con serenidad: hay necesidades de organización, de seguridad, de sostenimiento económico. Las cofradías asumen responsabilidades y costes que no se pueden ignorar. Pero reconocer esto no obliga a aceptar cualquier solución como válida. La cuestión no es solo si algo funciona, sino si es coherente con lo que se celebra.

Porque cuando se vende una silla no se ofrece únicamente comodidad. Se establece una diferencia práctica entre quienes pueden asegurar su sitio y quienes dependen de lo que quede libre. No es una exclusión formal, pero sí una desigualdad efectiva. Y eso termina influyendo en la forma de vivir lo que sucede.

Además, poco a poco, cambia la mirada. Sin pretenderlo, la procesión empieza a parecerse más a un evento organizado con zonas diferenciadas que a una experiencia compartida. Aparecen recorridos con “mejores” lugares, espacios asegurados, expectativas propias de quien paga por ver. Y ese desplazamiento, aunque sutil, no es irrelevante.

Se suele apelar a la financiación como argumento principal. Y es cierto que la sostenibilidad es un desafío real. Pero ahí es donde hace falta un discernimiento más honesto: no todo lo eficaz es adecuado. Existen formas de implicación comunitaria que, aunque más exigentes, respetan mejor el carácter abierto de lo que se celebra. El problema es que requieren algo que hoy cuesta más: compromiso real, no solo consumo puntual.

En el fondo, está en juego el tipo de comunidad que se quiere ser. Si lo común se organiza desde la lógica del pago, la diferencia acaba imponiéndose. Si se cuida como responsabilidad compartida, se protege su sentido más profundo.

No se trata de simplificar ni de señalar culpables. Hay contextos distintos y decisiones complejas. Pero sí conviene hacerse una pregunta clara: ¿sigue siendo esto verdaderamente de todos, también para quien no puede pagar?

Porque cuando hay que pagar por mirar, aunque sea en parte del recorrido, ya no estamos exactamente ante lo mismo. Y ahí es donde ya no basta con decir que no pasa nada.

P. Antonio Ramos Ayala

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