Remar mar adentro en un tiempo de desorientación
Si cambia la forma de entender la vida y la verdad, la fe deja de apoyarse en el ambiente y se mide por lo que realmente sostiene.
Remar mar adentro en un tiempo de desorientación
Algo profundo está cambiando en la forma de entender lo humano, y no se trata de una crisis más, sino de un cambio de fondo que alcanza a la verdad, la vida y la dignidad de la persona. En un tiempo así, la fe solo se sostiene cuando es real, porque cuando deja de serlo se convierte en una forma vacía que ya no sostiene nada.
En medio de un clima de incertidumbre y desgaste social, van abriéndose paso decisiones y mentalidades que hace no tanto tiempo habrían suscitado una reacción mucho más firme: la verdad se diluye al reducirse a opinión; la identidad se desvincula de referencias estables hasta apoyarse casi exclusivamente en la propia percepción; y lo que antes se discutía ahora empieza a asumirse sin apenas resistencia. Todo ello se instala con una normalidad que inquieta.
Se consolida una forma de ejercer el poder que no necesita imponerse con estridencia, sino que avanza aprovechando el cansancio colectivo y la pérdida de referencias, introduciendo cambios de gran alcance moral.
La incertidumbre se ha convertido en el rasgo dominante de nuestro tiempo y atraviesa la vida entera, reflejándose con crudeza en un escenario internacional marcado por conflictos prolongados y tensiones crecientes, con el riesgo real de una expansión de la violencia. Lejos de resolverse, estos focos tienden a enquistarse y mantienen al mundo en un equilibrio cada vez más frágil.
Lo verdaderamente preocupante no es solo la persistencia de las guerras, sino el cambio de paradigma que revelan, porque se debilitan los consensos que sostenían el orden internacional, el derecho pierde capacidad de mediación y el uso de la fuerza vuelve a presentarse como herramienta legítima en determinados discursos. A ello se suma una carrera de rearme constante y una creciente tensión entre potencias, de modo que la paz deja de percibirse como un horizonte estable y pasa a depender de equilibrios cada vez más precarios.
En este clima emergen liderazgos que refuerzan la lógica de la confrontación, donde la polarización y el descrédito del adversario han dejado de ser excepciones para convertirse en práctica habitual, lo cual no responde solo a estilos personales, sino a una dinámica que termina impregnando la vida pública, debilitando el diálogo y erosionando la posibilidad de construir caminos comunes.
A ello se añade una economía que no termina de asentarse, en la que el encarecimiento del coste de la vida, la dificultad de acceso a la vivienda y la inseguridad laboral reducen el margen de estabilidad de muchas familias, de modo que cuando el horizonte se vuelve incierto la vida se repliega, se posponen decisiones fundamentales y se instala una lógica de provisionalidad que fragmenta la existencia.
En ese contexto, el miedo adopta formas más sutiles, porque ya no irrumpe de manera visible, sino que se filtra como preocupación constante y desgaste interior, limitando la capacidad de juicio y empobreciendo la libertad hasta llevar al hombre a conformarse con una cierta seguridad inmediata, aunque no sea verdadero ni justo.
La aceleración en la que vivimos agrava esta situación, ya que la sucesión continua de estímulos impide una comprensión serena de la realidad: todo exige reacción, pero rara vez permite reflexión, y así se corre el riesgo de manejar información abundante sin alcanzar verdadera sabiduría. El resultado es una sociedad cansada, con dificultades para sostener proyectos comunes y con creciente desconfianza hacia las instituciones.
Mientras la atención se concentra en estas tensiones, otras cuestiones de gran calado avanzan casi sin oposición, entre ellas la progresiva banalización de la vida humana en sus múltiples formas, desde su cuestionamiento en el inicio y en el final de la vida hasta la precariedad, la soledad no deseada o el tratamiento de los movimientos migratorios más como problema que como desafío humano. No son cuestiones aisladas, sino expresiones de una misma pregunta: qué valor tiene realmente la persona.
La Iglesia ha mantenido con claridad que toda vida humana posee una dignidad inviolable, no como una posición ideológica, sino como una convicción que brota de la verdad sobre el hombre, de manera que cuando este principio se debilita, el entramado social comienza a deteriorarse, y esta defensa se concreta en una presencia real que acoge y sostiene a quienes más lo necesitan.
También la propia Iglesia atraviesa un momento exigente, porque junto a pecados que deben ser reconocidos y reparados, existe una presión cultural que busca relegar su voz al ámbito privado, y en ese contexto el problema no es solo la crítica, sino la deriva hacia el silencio, un silencio que cuando nace del temor o de la comodidad termina vaciando su misión.
Pero la cuestión decisiva no está únicamente fuera, sino en el interior de cada creyente, donde existe la tentación de una fe sin exigencia, sin entrega y sin cruz, una vivencia superficial que evita el conflicto y rehúye el compromiso, y que termina vaciándose cuando se reduce a referencia cultural.
Seguir a Cristo implica afrontar la realidad con verdad y asumir la propia vida como vocación, sin dejarse arrastrar por lo dominante cuando contradice el Evangelio. La pregunta, entonces, se vuelve inevitable: qué lugar ocupa realmente Cristo en nuestra vida.
En el mar de Galilea, ante el temor de sus discípulos, el Señor preguntó: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?” (cf. Mt 8,23ss), y en otro momento les dijo: “Remad mar adentro” (cf. Lc 5,4), una invitación a una vida sostenida desde dentro, capaz de mantenerse incluso cuando todo alrededor se vuelve incierto.
En un tiempo de desorientación se necesitan cristianos firmes y libres, no definidos por la confrontación pero tampoco diluidos en lo dominante, porque la fe se reconoce por lo que sostiene cuando deja de apoyarse en el ambiente y queda sostenida únicamente por la confianza en Dios, y entonces se ve con claridad si era real o solo una forma de estar.
Antonio Ramos