La cruzada de la ultraderecha contra la Iglesia
Desgraciadamente, la “cólera de los imbéciles” ha regresado, pero con otros nombres. Ahora está representada por políticos y agitadores como Santiago Abascal, Jaime Mayor Oreja, María San Gil, Ignacio Arsuaga, Polonia Castellanos, Alfonso Bullón de Mendoza y otros católicos preconciliares
Cuando se reunió el pasado noviembre la cúpula de la Conferencia Episcopal con León XIV, los obispos le plantearon que su mayor preocupación era la secularización de la sociedad española y el invierno demográfico provocado por la baja tasa de natalidad. Prevost escuchó con esa templanza que le caracteriza, pero respondió con firmeza que esos temas le inquietaban menos que el intento de la ultraderecha de instrumentalizar a la Iglesia para conseguir el voto católico. Vox ya había atacado en varias ocasiones al Papa Francisco y había acusado a la Iglesia española de apoyar la regularización masiva inmigrantes para desviar la atención de los casos de pederastia o no perder privilegios económicos.
Incluso había llegado a pedir a sus votantes que se abstuvieran poner la X en la casilla reservada en la declaración de la renta para contribuir con el sostenimiento de la Iglesia. Cuando hace poco se filtró la postura de León XIV, la Conferencia Episcopal publicó una nota asegurando que el pontífice no había mencionado a ningún partido político en concreto, pero varios obispos presentes en la reunión comunicaron a la revista Vida Nueva que sí les había alertado literalmente del peligro que representaba la formación de Santiago Abascal.
En un acto electoral celebrado en Salamanca, el líder del partido ultra afirmó que León XIV no había dicho nada de lo que se le atribuía y que todo era la “invención de un obispo que colabora con la inmigración”. Maestro de la manipulación y el bulo, Abascal carece de la más mínima credibilidad. En cualquier caso, la confrontación entre la ultraderecha y la Iglesia Católica no constituye una novedad. Después del Concilio Vaticano II, Pablo VI ordenó a los obispos españoles romper con la dictadura franquista. El cardenal Vicente Enrique y Tarancón fue el encargado de llevar a cabo esa histórica -y necesaria- ruptura.
A partir de ese momento, la derecha comenzó a atacar al pontífice. Los jóvenes falangistas se echaron a la calle una tarde de otoño de 1963 para gritar “Sofía Loren, sí; Montini, no”. Al día siguiente, Emilio Romero, director del periódico Pueblo, publicó un artículo parodiando el apellido del pontífice, al que llamó “Tontini”. Más tarde, los partidarios de la dictadura alumbraron el repugnante eslogan “Tarancón al paredón”, que se repitió hasta la saciedad en forma de pintadas y gritos.
Tan antifascista como Juan XXIII, Pablo VI nunca permitió que se utilizara en su presencia la expresión Cruzada para referirse a la sublevación militar de 1936. Y en 1963, envió un telegrama a Franco pidiendo el indulto del dirigente comunista Julián Grimau. El general ignoró la petición y Grimau, que había sobrevivido a horribles torturas, fue fusilado por un pelotón integrado por inexpertos soldados de reemplazo. Pablo VI volvió a pedir clemencia en 1973, cuando tres miembros del FRAP y dos militantes de ETA fueron condenados a muerte. De nuevo, el dictador ignoró sus súplicas y los reos fueron pasados por las armas el 27 de septiembre.
El enfrentamiento entre el Vaticano y el régimen se enconó de tal forma que Franco prohibió a Pablo VI, el primer papa viajero, visitar Santiago de Compostela y ordenó abrir una cárcel solo para curas en Zamora por la que pasaron 120 sacerdotes, entre ellos, Mariano Gamo, Francisco García Salve y Xabier Amuriza. La tensión escaló en febrero de 1974, cuando la policía arrestó a Antonio Añoveros, obispo de Bilbao, por afirmar en una homilía que “el pueblo vasco, con una lengua milenaria, tenía derecho a conservar su patrimonio espiritual, sin perjuicio de un saludable intercambio con los pueblos vecinos dentro de una organización sociopolítica que reconozca su propia libertad”. Arias Navarro, que había ocupado la presidencia del gobierno tras el asesinato de Carrero Blanco, quiso forzar el exilio del obispo, pero la medida se paralizó ante la amenaza de Pablo VI de excomulgar a Franco y sus ministros.
Juan XXIII y Pablo VI pusieron fin a la connivencia entre la Iglesia Católica y la dictadura de Franco, un régimen que convirtió España en un “gran cementerio bajo la luna”, según palabras Georges Bernanos. Testigo de la brutal represión franquista en Mallorca, el escritor católico francés escribió: “La cólera de los imbéciles llena el mundo”. Lejos de compartir la opinión de Bernanos, el arzobispo Pla y Deniel animó a Franco a acabar en España “con todos los hijos de Caín”. Escandalizado por esa postura, Montini afirmó que esa posición era “poco cristiana y debía ser rectificada de inmediato”.
Desgraciadamente, la “cólera de los imbéciles” ha regresado, pero con otros nombres. Ahora está representada por políticos y agitadores como Santiago Abascal, Jaime Mayor Oreja, María San Gil, Ignacio Arsuaga, Polonia Castellanos, Alfonso Bullón de Mendoza y otros católicos preconciliares. El “cristofascismo” es una hidra con muchos tentáculos: la Agrupación Católica de Propagandistas, HazteOír, Neos, Abogados Cristianos, Heraldos del Evangelio, Movimiento Católico Español.
Otros grupos ultraconservadores han optado por un perfil más bajo, como el Opus Dei, los Legionarios de Cristo, el Camino Neocatecumenal o Comunión y Liberación. Por el contrario, los portales digitales y ciertos canales de Youtube, como InfoVaticana, InfoCatólica, Religión en Libertad o La Sacristía de Vendée, mantienen un beligerancia inquisitorial, hostigando sin tregua a los que no comparten su vetusto tradicionalismo. El Debate, un diario digital, es hoy en día uno de los medios más activos de esta cruzada contra la tolerancia y la diversidad.
El Papa Francisco representó un soplo de esperanza para todos los que interpretan el cristianismo como una promesa de vida, justicia, libertad y fraternidad. Su pontificado se caracterizó por la lucha contra ese clericalismo que no constituye un retorno a lo sagrado, sino a “una mundanidad sectaria”. De nada sirve observar los ritos, si se cierra la puerta a los que huyen de la guerra y la pobreza. La Iglesia no es una corte ni una secta, sino “el signo e instrumento de la unidad de todo el género humano”. La misión de los cristianos es caminar con todos los pueblos, sin establecer jerarquías ni exclusiones. No es cristiano pedir el hundimiento de los barcos que salvan a los inmigrantes de morir ahogados. No es cristiano promover el odio al Islam. Los cristianos buscan la paz, no el conflicto. El odio al extranjero es un gravísimo pecado y si se postula en nombre de Dios, constituye una blasfemia. Francisco menciona en su autobiografía que el ayatolá al-Sistani le comentó durante su encuentro en Náyaf: “Los seres humanos son hermanos por religión e iguales por creación”. La única manera de volvernos plenamente humanos es abrirnos al otro, cultivar el arte del encuentro, derribar los muros que protegen nuestros privilegios y dejan a la intemperie a los más desdichados.
Así lo entendió Christian de Chergé, prior del monasterio cisterciense de Nuestra Señora del Atlas, asesinado con otros seis monjes en circunstancias aún no aclaradas en 1996 en el contexto de la guerra civil argelina. Tras sufrir la visita de un grupo de muyahidines la noche de navidad de 1993, Christian escribió una carta que hoy se considera su testamento espiritual:
“Si me sucediera un día -y podría ser hoy- ser víctima del terrorismo que actualmente parece querer alcanzar a todos los extranjeros que viven en Argelia, quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, recuerden que mi vida ha sido donada a Dios y a este país. […] He vivido lo suficiente como para saber que soy cómplice del mal que ¡desgraciadamente! parece prevalecer en el mundo, y también del que podría golpearme a ciegas. […] Sé de cuánto desprecio han podido ser tachados los argelinos en su conjunto, [pero] Argelia y el Islam, para mí, son otra cosa, son un cuerpo y un alma. […] Evidentemente, mi muerte parecerá darles razón a quienes me han tratado sin reflexionar como ingenuo o idealista. Pero estas personas deben saber que, por fin, quedará satisfecha la curiosidad que más me atormenta. Si Dios quiere, podré, pues, sumergir mi mirada en la del Padre para contemplar junto con Él a sus hijos del Islam, así como Él los ve […] De esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios porque parece haberla querido por entero para esta alegría, por encima de todo y a pesar de todo. En este ‘gracias’, en el que ya está dicho todo de mi vida, los incluyo a ustedes, por supuesto, amigos de ayer y de hoy […] Y a ti también, amigo del último instante, que no sabrás lo que estés haciendo, sí, porque también por ti quiero decir este gracias y este a-Dios en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea dado volvernos a encontrar, como ladrones colmados de gozo en el paraíso, si así le place a Dios, Padre nuestro, Padre de ambos. Amén. Inch' Allah".
Este es un mensaje genuina y radicalmente cristiano. El discurso de la ultraderecha española contradice palabra por palabra esta conmovedora reflexión. Por eso, le preocupa tanto a León XIV que esta versión actualizada del fascismo intente apropiarse del voto católico. Los católicos ultraconservadores ni siquiera se disfrazan de ovejas. Muestran abiertamente sus colmillos, alimentando el odio a los inmigrantes, las personas del colectivo LGTBI, los pobres -como esos niños de la Cañada Real que llevan cinco años sin luz- o las feministas. En 2021, la Comisión Permanente del Foro de Curas de Madrid y Más pidió a los católicos que no votaran al PP ni a Vox, pues sus políticas solo agravaban el sufrimiento de los ciudadanos más vulnerables y desfavorecidos. Pienso que cinco años después, el panorama no ha cambiado y que León XIV ha comprendido el peligro que representa utilizar el Evangelio para justificar las deportaciones masivas, el capitalismo salvaje, el recorte de derechos y libertades o el desprecio por la diversidad.
