El desahucio de Maricarmen y los ídolos del dinero

"No me cabe ninguna duda de que Jesús habría participado en la movilización social organizada para evitar el desahucio de Maricarmen. No en vano expulsó a los mercaderes del Templo"

Maricarmen, una anciana de 87 años, tras ser desahuciada de su vivienda en Madrid
Maricarmen, una anciana de 87 años, tras ser desahuciada de su vivienda en Madrid | EFE/ Fernando Villar

Maricarmen, una mujer de 87 años en silla de ruedas, ha sido desahuciada de su casa, pese a la movilización de centenares de personas que han intentado que pasara sus últimos días en la vivienda donde llevaba residiendo desde hacía siete décadas. El piso había sido adquirido por Urbagestión, uno de esos fondos de inversión que hacen negocios especulando con el precio de la vivienda, un bien básico que debería estar al alcance de todos y que un capitalismo desalmado ha transformado en una mercancía de lujo.

“El actual sistema económico nos está llevando a la tragedia -ha advertido León XIV-. Los ídolos del dinero nos están robando la dignidad. Estamos anestesiados ante el dolor de los demás”. El actual Papa, que tanto molesta a la derecha, solo se hace eco de una de las enseñanzas básicas del Evangelio: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mateo 25:40). Sin embargo, la Iglesia española parece no prestar mucha atención a las palabras de Jesús de Nazaret. Salvo Javier Baeza, responsable del Centro Pastoral San Carlos Borromeo, ningún sacerdote se ha pronunciado contra el desahucio de Maricarmen, pese a que el Papa Francisco declaró que la vivienda es un derecho sagrado. 

Las generaciones más jóvenes ya no saben que en los años sesenta y setenta surgieron curas comprometidos con la construcción de una sociedad más justa. En España, destacaron figuras como el Padre Llanos, Mariano Gamo, Diamantino García Acosta, Francisco García Salve y Enrique de Castro. Ahora, la mayoría de los sacerdotes se alinean con las tesis del “cristofascismo”

Las generaciones más jóvenes ya no saben que en los años sesenta y setenta surgieron curas comprometidos con la construcción de una sociedad más justa. En España, destacaron figuras como el Padre Llanos, Mariano Gamo, Diamantino García Acosta, Francisco García Salve y Enrique de Castro. Ahora, la mayoría de los sacerdotes se alinean con las tesis del “cristofascismo” y solo alzan la voz para atacar a la comunidad LGTBI, vituperar la sinodalidad o convertir el drama de la inmigración en una supuesta invasión que pone en peligro los valores de civilización cristiana y occidental. Su actitud contrasta poderosamente con el mensaje de Jesús, que pide abrir los brazos a los extranjeros (“Fui forastero, y me acogisteis”, Mateo 25:35), cultivar la solidaridad y el desapego (“El que tiene dos túnicas, comparta con el que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo”, Lucas 3:11) y abstenerse de juzgar y condenar (“No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados”, Lucas 6:37). Se ha dicho que la conversión del emperador Constantino al cristianismo constituyó el comienzo de una grave distorsión del mensaje de Jesús, pero algunos opinamos que ese proceso comenzó antes, cuando las comunidades que redactaron los evangelios omitieron deliberadamente todo lo que podía incomodar a Roma. 

Miles de personas reclaman el "ático de Ayuso" para Maricarmen, la anciana desahuciada
Miles de personas reclaman el "ático de Ayuso" para Maricarmen, la anciana desahuciada | EFE/Daniel González

Conviene recordar que el evangelio de Marcos, el primero de los cuatro que se admitieron como canónicos, se redactó en Roma entre los años 65 y 70. En esas fechas, el cristianismo sufría la persecución de Nerón y se había producido una rebelión en Judea que finalizó con la destrucción del Segundo Templo de Jerusalén. Casi todos los historiadores comparten la tesis de que los primeros cristianos, a los que Roma percibía como una secta judía, intentaban alejar cualquier sospecha de rebeldía contra la autoridad imperial. De ahí que los evangelios, redactados en griego, atribuyan a Jesús el mandato de obedecer a las autoridades y responsabilicen de su muerte a los judíos y no al ocupante romano. No obstante, es altamente improbable que Jesús justificara los tributos impuestos al pueblo judío, pues esos impuestos a veces significaban el 60% de la riqueza producida por una familia en un año y no se destinaban a prestar servicios a la comunidad, sino a financiar el ejército romano, mantener la burocracia imperial y costear el estilo de vida y las obras de la capital, Roma. La famosa respuesta de Jesús: “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21) no era una invitación a obedecer ciegamente al gobierno, sino un sutil y subversivo cuestionamiento del poder absoluto del Imperio Romano. El denario que examina Jesús tenía grabado el rostro del César y una inscripción que decía: “Tiberio César, Augusto, hijo del divino Augusto”, y por el reverso lo llamaba “Pontifex Maximus” (Sumo Sacerdote). La famosa respuesta de Jesús viene a decir que esa moneda blasfema pertenece al César, pero la vida, la conciencia y la dignidad pertenecen exclusivamente a Dios. Este circunloquio eludió un posible cargo de traición, pero significa un “no” rotundo a la opresión romana.

Como señaló Jon Sobrino, Jesús fue ante todo un liberador. No solo formuló una promesa escatológica, sino que también propuso un nuevo modelo social, donde no habría hambrientos, perseguidos ni oprimidos y los últimos serían los primeros

Los evangelios poseen un valor teológico, pero no son fiables como testimonio histórico. Sus autores incorporaron los mitos griegos del parto virginal (Atenea, Dánae, Heracles), la resurrección (Dionisio, Perséfone) y los milagros (Asclepio) para divinizar a Jesús y minimizar su dimensión humana. Pese a ello, todo indica que Jesús nació en el seno de una familia trabajadora y tuvo hermanas y hermanas. Eso no le resta un ápice de grandeza. Su carácter excepcional nace de su comprensión de Dios como Padre de la Creación y del anuncio del Reino, una utopía histórica y metafísica que consumaría el triunfo de la Vida y el Amor sobre la Muerte y la Injusticia. Como señaló Jon Sobrino, Jesús fue ante todo un liberador. No solo formuló una promesa escatológica, sino que también propuso un nuevo modelo social, donde no habría hambrientos, perseguidos ni oprimidos y los últimos serían los primeros. Despolitizar a Jesús es falsificarlo o, más exactamente, domesticarlo, suprimiendo su potencial transformador. La idea de que Jesús murió para borrar la mancha del pecado original no apareció hasta el siglo V con San Agustín y la teoría de la satisfacción vicaria, según la cual una falta infinita podía solo podía ser resarcida por un ser infinito, no se convirtió en una creencia generalizada hasta el siglo XI, con San Anselmo de Canterbury. Lejos de estas interpretaciones, la historia apunta que Jesús fue ejecutado por desafiar al poder político y religioso con la utopía del Reino. De hecho, murió como un sedicioso, acompañado probablemente por otros sediciosos, quizás zelotes o sicarios. 

Ignacio Ellacuría
Ignacio Ellacuría | R

No me cabe ninguna duda de que Jesús habría participado en la movilización social organizada para evitar el desahucio de Maricarmen. No en vano expulsó a los mercaderes del Templo. El jesuita Ignacio Ellacuría, asesinado en 1989 por el ejército salvadoreño, afirmó que “el capitalismo se caracteriza por una malicia intrínseca” y “nunca ha dado suficientes muestras de corregir o revertir su nociva trayectoria”. Ellacuría abogaba por crear alternativas desde la praxis para materializar en la historia la utopía del Reino de Dios. Para la Teología de la Liberación, escuela de la que el jesuita fue uno de sus representantes más destacados, la salvación cristiana no es ajena al sufrimiento terrenal. Dios invita a liberar al ser humano de todo aquello que le impida vivir con dignidad y plenitud. La fe no es una vivencia mística, sino una fuerza transformadora. El mensaje cristiano sitúa a los pobres y oprimidos en el centro de la revelación. No son un grupo social más, sino el lugar desde el que se debe leer el Evangelio. 

Al hablar de pobreza, Ellacuría no preconiza la miseria, sino la austeridad y el decrecimiento, dos principios necesarios para distribuir solidariamente los bienes disponibles

Ignacio Ellacuría propuso como alternativa al capitalismo la “civilización de la pobreza”: “No se trata solo de que se cree un orden económico mundial nuevo... sino una civilización nueva, que ya no esté edificada sobre los pilares de la hegemonía y la dominación, de la acumulación y la diferencia, del consumismo y del bienestar falseado”. Al hablar de pobreza, Ellacuría no preconiza la miseria, sino la austeridad y el decrecimiento, dos principios necesarios para distribuir solidariamente los bienes disponibles. Seguir a Jesús implica “hacer todo lo posible para que la libertad triunfe sobre la opresión, la justicia sobre la injusticia y el amor sobre el odio”. La neutralidad no es cristiana. Los filósofos y teólogos que se limitan a divagar sobre cuestiones abstractas y “no se hacen cargo de la realidad de los oprimidos, legitiman ideológicamente al opresor”. 

Al igual que Jesús, Ellacuría se convirtió en una voz incómoda y el poder apagó su clamor con una lluvia de balas. No murió solo, sino con otros cinco jesuitas, una empleada doméstica y su hija adolescente. Asesinados en el campus de la Universidad Centroamericana (UCA), los soldados y oficiales del batallón Atlacatl se aseguraron de no dejar testigos. Injusticias como el desahucio de Maricarmen ponen de manifiesto que la Iglesia católica puede adoptar dos caminos: ponerse del lado de las víctimas, como Ellacuría, Óscar Romero y otros mártires, o callar y justificar implícitamente su sufrimiento. Francisco y León XIV parecen más cómodos con la primera opción, pero los obispos españoles y los movimientos más conservadores, aliados más o menos discretos de la ultraderecha, prefieren la segunda alternativa. Personalmente, creo que -como sostiene la Teología de la Liberación- Dios tiene predilección por los marginados, explotados y desposeídos y que todo lo que implica desviarse de esta preferencia solo puede calificarse de anticristiano.

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