Desear poco, darlo todo: Las enseñanzas de San Francisco de Asís
"La 'opción preferencial por los pobres' no es una innovación de la Teología de la Liberación, sino la raíz última Evangelio"
El próximo 3 de octubre se cumplirán 800 años de la muerte del “poverello” de Asís. Según la tradición, Giovanni di Pietro di Bernardone, que adoptó el nombre de Francisco por sus vínculos con la lengua y la cultura francesas, es el santo que imitó a Cristo con más radicalidad. Hijo de Joanna, una joven de la nobleza provenzal, pasó gran parte de su niñez en territorio galo, acompañando a su padre, Pietro di Bernardone dei Moriconi, un rico comerciante que hacía negocios en las ferias con sofisticadas y carísimas telas. Durante esos viajes, Giovanni aprendió el idioma y se aficionó a los cantos trovadorescos.
Derrochador, alegre, ingenioso, atractivo y elegante, combatió en el ejército papal y pasó un año cautivo. Siempre compasivo, experimentó una iluminación durante una noche Spoleto, lo cual hizo que abandonara su vida mundana para abrazar la pobreza y cuidar a los leprosos, a los que hasta entonces había observado con cierta repulsión. Comenzó a retirarse a lugares solitarios y tranquilos para rezar y buscar a Dios. En la capillas de San Damián, en las afueras de Asís, el icono de Cristo crucificado le reveló la necesidad de reformar la Iglesia, cada vez más alejada del espíritu original del Evangelio. Según contó, Jesús le interpeló directamente.
Las experiencias místicas no son acontecimientos históricos, sino vivencias interiores. No se manifiestan en el ámbito de los sentidos, como un hecho ordinario, sino en el terreno de la conciencia. Su valor reside en su poder de convicción. No son sugestiones, sino certezas, pero no pueden objetivarse. O, si se prefiere, se objetivan con la transformación (o conversión) que se aprecia en las almas. Francisco comprendió en San Damián que su existencia tenía un propósito: ser un instrumento de paz, ponerse al servicio de los más infortunados, trabajar por el perdón y la fraternidad, llevar la alegría y la esperanza a los que ya no aguardaban nada. Para realizar esa tarea, Francisco de Asís descartó la confrontación con la Iglesia de Roma.
En el siglo XII y XIII, los Estados pontificios habían acumulado poder y privilegios. Inocencio III no ofrecía la otra mejilla, sino que luchaba espada en mano, como un implacable condotiero. Con no poca astucia, Francisco eludió cualquier gesto que pudiera interpretarse como un desafío o una herejía. Su comunidad de frailes menores se limitó a seguir el Evangelio con el máximo rigor, adoptando un estilo de vida austero y prodigando cuidados a los marginados. En su famosa oración, el “poverello” resume el ideario de su orden: “Maestro, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar, / ser comprendido, cuanto comprender, / ser amado, cuanto amar. / Porque es dándose como se recibe, / es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo, / es perdonando, como se es perdonado, / es muriendo como se resucita a la vida eterna”.
Francisco de Asís abogó por una “Iglesia pobre para los pobres”. La “opción preferencial por los pobres” no es una innovación de la Teología de la Liberación, sino la raíz última Evangelio. Abrazar la pobreza significa dos cosas. En primer lugar, optar por la austeridad, cultivar el desapego a lo material, no dejarse seducir por la riqueza, el poder o la fama, practicar la humildad, priorizar el bienestar ajeno sobre el beneficio personal, asumir con alegría una vocación de servicio. “Deseo poco y, lo poco que deseo, lo deseo poco”, solía repetir Francisco de Asís. Desear poco es una forma de libertad, pues implica liberarse de la esclavitud del consumo.
El capitalismo crea necesidades artificiales. La pobreza elegida simplifica la existencia, mostrando que lo esencial no es acumular, sino compartir. La acumulación es la causa última de las guerras. Es un fenómeno que surge durante el Neolítico, cuando la división del trabajo crea excedentes y unos pocos recurren a la fuerza para apropiarse de ellos. El miedo a perder lo acumulado produce infelicidad. En cambio, compartir es una fuente de dicha, como descubrió Francisco tras renunciar a sus privilegios de clase, escandalizando a la burguesía de Asís.
No debe confundirse la austeridad con el elogio de la pobreza. La pobreza es un mal radical, pues degrada la existencia humana de forma intolerable. Pobreza es no poder disfrutar de bienes básicos como comida, vivienda, sanidad o educación. Nadie sensato puede alabar ese estado de cosas. Abrazar la pobreza significa, en segundo lugar, asumir el compromiso de luchar contra la pobreza. Francisco imitó la austeridad de Jesús de Nazaret, que vivió como un nómada y careció de bienes, pero hizo todo lo posible para que los parias de la Tierra disfrutaran de una existencia más digna: “Que allá donde hay desesperación, yo ponga esperanza. / Que allá donde hay tinieblas, yo ponga luz. / Que allá donde hay tristeza, yo ponga alegría”.
Francisco de Asís fue un místico contemplativo, como María, y un místico comprometido, como Marta. No buscó solo la paz interior. Además, bajó al barro y tendió la mano a los que habían sido abandonados por todos. Su sentido de la coherencia le alejó del lujo, el poder, la ambición y la codicia. Advirtió que los pobres eran la imagen viviente del crucificado y que había sido llamado para mitigar su dolor. No se adora la cruz, un castigo cruel e indigno, sino al ser humano que agoniza en ella. Jesús no vino a traer cruces, sino a erradicarlas.
Francisco de Asís entendió que la fraternidad se hallaba incompleta si no se proyectaba sobre la totalidad de la Vida. Su amor a la Naturaleza es una invitación a cuidar la Tierra que habitamos y a la que maltratamos con tanta desconsideración. Su conciencia ecológica inspiró al papa Francisco, que en su carta encíclica Laudatio si’ pidió cuidar nuestra Casa Común, pues era el hogar de las próximas generaciones. Francisco de Asís apartaba a las babosas de los caminos para que no fueran aplastadas y suplicaba que se respetara a las hierbas salvajes, tradicionalmente diezmadas por la acción humana.
Según la leyenda logró aplacar la ferocidad de un lobo y nos dejó varias frases que anticipan las consignas del animalismo, como “los animales son mis amigos, y yo no me como a mis amigos” o “en estos tiempos de gran crueldad jamás me avergonzaré de amar a los animales”. El “poverello” afirmó que todas las criaturas son hermanas del ser humano y merecen nuestra protección: “Dios quiere que ayudemos a los animales si necesitan ayuda”. Algunos sostienen que algunas de estas frases son apócrifas, pero nadie discute que abogó por la compasión y la piedad con todas las formas de vida. Desde su punto de vista, el sol, la luna, la Tierra, el fuego y la muerte no eran simples cuerpos celestes o fenómenos naturales, sino nuestros hermanos.
La razón no conduce siempre a la compasión. De hecho, la racionalidad instrumental, el principal signo de identidad de Occidente, desembocó en la rampa de Auschwitz. Frente a esa forma de razonar, Francisco de Asís nos invita a pensar con el corazón. Según Leonardo Boff, el santo inventó la “razón cordial”. En estos momentos de profunda inhumanidad, con un planeta salpicado de guerras y exterminios (Gaza, Cisjordania, Sudán, República de Congo, Irán, Ucrania), las enseñanzas de Francisco de Asís, santo por sus obras y no por sus milagros, constituyen una poderosa guía espiritual. Los estigmas se han interpretado como un hecho físico, pero yo creo que son un signo de solidaridad con los pueblos crucificados. El “poverello” fue un santo porque no le movía el sentido del deber, sino el amor. El mundo necesita santos, modelos, vidas ejemplares. No hay que convertirlos en fetiches y conviene recordar que ningún ser humano es perfecto, pero sí hay que utilizarlos como esa vela que nos abre paso en la oscuridad. Francisco de Asís sigue siendo una llama que despierta nuestro corazón, susurrándonos que no hay mayor dicha que darlo todo.
