Francisco, León XIV y la importancia de los gestos

"Preocupado por el desagrado que provocaba Francisco en los sectores más intransigentes de la Iglesia Católica, León XIV ha adoptado un estilo completamente diferente"

León XIV y Francisco
León XIV y Francisco | RD/Captura

Los gestos son importantes. No constituyen algo puramente formal. Expresan principios, intenciones, valores. Cuando Jesús de Nazaret entró en Jerusalén a lomos de un pollino, cumpliendo la profecía de Zacarías (9:9), dejó muy claro que se mantenía fiel a lo que había anunciado el profeta: ser un mensajero de la paz. Escoger un pollino en vez de un caballo blanco entrañaba un poderoso simbolismo. El Reino que pretendía construir el joven galileo no sería un nuevo imperio con un poderoso monarca en su cúspide, sino una comunidad horizontal donde no habría mayor grandeza que servir a los demás.

Jesús despejó cualquier duda sobre sus intenciones con su estilo de vida. Hijo de una humilde pareja de trabajadores que huyó de su tierra natal para escapar de los abusos del poder político, nació en una cueva utilizada como establo. Su cuna fue un pesebre o comedero de animales. No disfrutó de la educación de un príncipe, sino que trabajó como artesano. Es decir, fue un obrero que se ganó el pan con sus manos. Cuando empezó a propagar la Buena Noticia -los últimos serán los primeros, los hambrientos serán saciados, los pobres ya no gemirán de impotencia, los ricos tendrán que responder por su codicia, la vida triunfará sobre la muerte-, se rodeó de modestos trabajadores manuales, mujeres, parias y personas con vidas poco ejemplares, adoptando una existencia nómada. Sin un techo propio, ni siquiera disponía de un lugar donde recostar su cabeza. Su extrema austeridad siempre estuvo acompañada de un actitud desafiante hacia los poderes establecidos. El Sanedrín y el Prefecto de la provincia romana de Judea conspiraron conjuntamente para apresarlo, someterlo a un juicio farsa, torturarlo y ejecutarlo en la cruz, un castigo reservado a los agitadores y subversivos. 

María Magdalena con Cristo muerto, óleo de Giovanni Bellinni en los Museos Vaticanos
María Magdalena con Cristo muerto, óleo de Giovanni Bellinni en los Museos Vaticanos | RD/Captura

Las comunidades primitivas se esforzaron en seguir el ejemplo de Jesús. Compartían bienes, practicaban la solidaridad, aceptaban en su seno a pobres, extranjeros y esclavos, cultivaban el perdón y la no violencia, y atribuían a las mujeres funciones de diaconisas, misioneras, maestras y evangelizadoras. No olvidaban que Jesús había violado los tabúes de la sociedad patriarcal de su época. La tradición judía desaconsejaba hablar con las mujeres en público, incluso si se trataba de las esposas. Sin embargo, Jesús había hablado con una samaritana en un pozo, se había dejado ungir con perfume de nardo por María de Betania, había incluido a mujeres entre sus discípulos y, después de su muerte, había elegido a María Magdalena como primer testigo de su resurrección, algo insólito, pues el derecho judío rabínico y el derecho romano de su tiempo no concedían ningún valor jurídico al testimonio de una mujer.

Todo esto cambió cuando el imperio romano se convirtió al cristianismo. Las comunidades dejaron ser horizontales y las mujeres fueron excluidas de cualquier forma de liderazgo. Aunque la figura del obispo adquirió relevancia en el siglo II, el Concilio de Nicea consolidó sus privilegios y reforzó la autoridad de la que ya disfrutaba el obispo de Roma. En el año 380, el emperador Teodosio convirtió el cristianismo en religión oficial del imperio romano (Edicto de Tesalónica). A partir de ese momento, las barreras entre política y religión se diluyeron hasta el extremo de distorsionar de forma obscena el mensaje evangélico. El papa Julio II, colérico, violento y ambicioso, reemplazó el pollino de Jesús por un caballo y se puso una armadura para dirigir personalmente campañas militares. La Iglesia que santificó las Cruzadas y autorizó la creación de la Inquisición por los Reyes Católicos pisoteó las enseñanzas de Jesús, convirtiéndose en un instrumento de opresión. Nada más alejado del Reino que los Estados pontificios, que abarcaron un vasta extensión de la actual Italia entre 756 y 1870. 

Los zapatos de Francisco
Los zapatos de Francisco

Juan XXIII comprendió que la Iglesia Católica se había alejado del espíritu del Evangelio y emprendió unas reformas que encendieron la esperanza de todos los que anhelaban un cambio de rumbo. El Concilio Vaticano II propició acontecimientos tan esperanzadores como el Pacto de las Catacumbas y la aparición de la Teología de la Liberación. Por desgracia, Juan Pablo II y Benedicto XVI dedicaron sus pontificados a restaurar las viejas tradiciones y neutralizar las reformas. Francisco retomó el impulso renovador del Concilio Vaticano II y, desde el principio, realizó gestos que mostraron claramente su determinación de recuperar los valores originales del cristianismo.

Después de ser elegido Papa, rechazó la cruz de oro que le ofrecieron, prefiriendo conservar la de alpaca de su ordenación episcopal. También rehusó los zapatos rojos, la muceta de terciopelo, el roquete de lino, la estola y se negó a que los cardenales se arrodillaran ante él para besarle la mano. Más adelante, anunció que no se alojaría en el Palacio Apostólico, sino en Santa Marta y descartó veranear en Castel Gandolfo. De hecho, nunca se tomó vacaciones y ordenó abrir al público las villas pontificias y el Palacio Apostólico. Aunque por razones de seguridad utilizó el papamóvil en sus visitas oficiales, prefirió los coches sencillos en sus desplazamientos cotidianos, como un Renault 4 de 1984 y un Fiat 500L.

Algunos dirán que esos gestos solo son maniobras populistas, pero la apuesta por la sinodalidad, sus críticas al capitalismo salvaje, su sensibilidad ecológica, su apertura a los grupos tradicionalmente marginados por la Iglesia, como la comunidad LGTBIQ+, su decisión de nombrar mujeres para ocupar cargos de alto responsabilidad, su beligerancia a favor de los empobrecidos y los inmigrantes y la rehabilitación de figuras represaliadas o marginadas por anteriores pontífices, como Ernesto Cardenal, Óscar Romero o Gustavo Gutiérrez, evidencia que no se trataba solo de iniciativas cosméticas, sino de señales que expresaban una comprensión más profunda del Evangelio. 

León XIV regresa al Palacio Apostólico
León XIV regresa al Palacio Apostólico

Preocupado por el desagrado que provocaba Francisco en los sectores más intransigentes de la Iglesia Católica, León XIV ha adoptado un estilo completamente diferente. Sinceramente, no creo que sea un reaccionario, pero sí pienso que se mueve con la prudencia de un diplomático, lo cual solo está contribuyendo a diluir el legado de Francisco y a frenar las tendencias renovadoras. Autorizar al cardenal ultraconservador Raymond Burke la celebración de la misa en latín en la Basílica de San Pedro, recuperar la muceta de terciopelo rojo, la estola y la cruz de oro en su primera comparecencia como papa, veranear en Castel Gandolfo y fijar su residencia en el Palacio Apostólico, complacerá a los que llamaban despectivamente “ciudadano Bergoglio” a Francisco, pero ha causado consternación en las escasas comunidades de base que reclaman la renovación de la Iglesia Católica.

Los gestos son importantes y parece indiscutible que Prevost, pese a suscribir la idea de promover una “Iglesia pobre para los pobres”, está más preocupado de congraciarse con los tradicionalistas que por abrir las puertas a “todos, todos, todos”. El escritor tradicionalista Juan Manuel de Prada ha dicho que León XIV ha devuelto la dignidad a la Iglesia. Yo creo que más bien está restaurando esa fría solemnidad de los papas más aficionados a los salones que a las periferias. Es una actitud que no se corresponde con su trabajo como misionero en Chiclayo, pero que tal vez responde al deseo de neutralizar las tendencias cismáticas de los sectores más intransigentes, según los cuales la lucha contra el preservativo es más importante que la lucha por la paz, la justicia y la solidaridad. Personalmente, creo que la dignidad de la Iglesia no se manifiesta con mucetas de terciopelo, latines o palacios, sino con la sencillez y el compromiso de obispos como Pedro Casaldáliga, que en vez de zapatos y cruces de oro usaba sandalias y cruces de madera. Su lema era “no poseer nada, no pedir nada, no callar nada”. Francisco no estuvo muy lejos de actuar de acuerdo con ese lema, pero la oposición interna recortó su vuelo. Ojalá algún día surja un papa que adopte ese filosofía de forma radical. Solo entonces se hará realidad la utopía de una iglesia pobre para los pobres.

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