León XIV y el desafío de los lefebvrianos: Sinodalidad o Tradición
"El talante conciliador que se ha mostrado hasta ahora con los partidarios de Lefebvre contrasta con la hostilidad hacia el Camino Sinodal de los obispos alemanes"
El arzobispo francés Monseñor Marcel Lefebvre fundó en 1970 la Fraternidad Sacerdotal San Pío X para expresar su rechazo a los cambios introducidos por el Concilio Vaticano II. Lefebvre repudió la posibilidad del diálogo con otras religiones con el argumento de que solo eran falacias, formas de idolatría u obras del demonio. En su opinión, la salvación estaba reservada a los que aceptaran los dogmas y la autoridad de la Iglesia Católica. Con el resto, solo cabía invitarlos a la conversión y advertirles que sus almas se condenarían si no daban ese paso. Un vida recta y un corazón sincero no servían de nada, si no se comulgaba con las enseñanzas de Roma. Según Lefebvre, la libertad religiosa constituye una aberración y las leyes civiles deben subordinarse a la moral cristiana. Impartir misa en lenguas vernáculas y de cara los feligreses escarnece el sentido original de la Eucaristía, cuyo único fin es evocar el sacrificio de Cristo. Lefebvre opinaba que el espíritu de la Ilustración y los valores de la Revolución francesa (Libertad, Igualdad y Fraternidad) se habían infiltrado en la jerarquía y podrían llevar a la destrucción de la Iglesia. Por ese motivo, aconsejaba desobedecer, rebelarse contra las reformas del Concilio Vaticano II, que atentaban contra la Tradición y la voluntad de Dios.
En 1988, Juan Pablo II excomulgó a cuatro obispos ordenados por Lefebrve, pero en 2009 Benedicto XVI, tan implacable e intransigente con la Teología de la Liberación, revocó las excomuniones para propiciar un diálogo y en 2015 Francisco otorgó a los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X la facultad de absolver los pecados y celebrar matrimonios, siempre y cuando los autorizara el obispo de la diócesis. Incluso se reconoció a los superiores de la Fraternidad la potestad de actuar como jueces de primera instancia en casos específicos de disciplina interna. En la misma línea, León XIV se mostró dispuesto a abrir un diálogo formal sobre los textos del Concilio Vaticano II, con la única condición de suspender las ordenaciones de obispos previstas. Sin embargo, el pasado 1 de julio la Fraternidad consagró a cuatro nuevos obispos en Écône, Suiza, y la Santa Sede solo pudo responder con un decreto formal de excomunión, que implica la anulación del derecho a realizar confesiones y oficiar matrimonios.
El talante conciliador que se ha mostrado hasta ahora con los partidarios de Lefebvre contrasta con la hostilidad hacia el Camino Sinodal de los obispos alemanes, cuya solicitud de que los laicos, hombres o mujeres, pudieran pronunciar las homilías se ha rechazado tajantemente. Esta doble vara solo aleja a la Iglesia Católica de la sociedad. La reciente visita de León XIV a España ha puesto de manifiesto que el humanismo cristiano no puede estar más alejado de la nueva derecha. Prevost ha condenado el genocidio de Gaza y la guerra de Irán, ha denunciado la insolidaridad del Primer Mundo con los inmigrantes y ha manifestado su preocupación por el poder de los tecno-oligarcas, los señores feudales del siglo XXI. Mientras 24.000 personas mueren de hambre al día, los milmillonarios presumen de sus fortunas acumuladas con maniobras abusivas o se involucran en políticas inhumanas, como Elon Musk, que impulsó y ejecutó un drástico recorte a la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), lo cual ha provocado hasta la fecha más de 750.000 muertes, principalmente de niños en regiones vulnerables. Un estudio publicado por la revista The Lacent estima que el desmantelamiento completo de la agencia podría causar entre nueve y catorce millones de muertes adicionales para el año 2030. De esas víctimas, casi cinco millones serían niños menores de cinco años. Es decir, 700.000 muertes infantiles evitables cada año.
Adela Cortina sostiene que hay una fuerte convergencia entre la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) y los valores la socialdemocracia. Ambas priorizan la protección de los más vulnerables (“nadie debe quedar atrás”) y la erradicación de la pobreza y la desigualdad social. Asimismo, destacan el valor intrínseco de la persona frente a la ambición desmedida de un capitalismo desregulado y abogan por un Estado del bienestar que garantice los servicios básicos, sin obstaculizar la iniciativa individual. A pesar de estas importantes afinidades, la Iglesia sigue lanzando guiños a un derecha que se revuelve contra ella cada vez que exige respeto a los derechos humanos, solidaridad, paz y justicia social. Para los sectores más conservadores, ser católico se reduce a la oposición al aborto, la eutanasia, la homosexualidad y el preservativo. Cuando el Papa dice o hace algo que molesta o incomoda, como bendecir a homosexuales y transexuales, pedir la acogida de los inmigrantes que huyen de la guerra o la miseria o apoyar el multilateralismo, el fervor se convierte en desdén y hostilidad. Los ardientes defensores de la infalibilidad papal han llegado a degradar a Francisco a “ciudadano Bergoglio” o incluso a rezar por su muerte. Al inicio de su pontificado, León XIV despertó la simpatía de la derecha por gestos como ponerse la muceta roja y la estola, pero su enfrentamiento con Trump, que le ha llamado “débil”, “fracasado” y “complaciente con la izquierda radical”, ha truncado ese idilio. Los discursos de Prevost en España, que ha censurado la cultura patriarcal, la segregación y la estigmatización de los inmigrantes (“una abyección anticristiana”) y la “descalificación permanente del adversario”, ha acentuado el desengaño de los que esperaba un pontífice conservador.
En la serie Las abogadas, que recrea las peripecias de Manuela Carmena, Cristina Almeida, Paquita Sauquillo y Lola González Ruiz en los últimos años de la dictadura franquista, aparece uno de esos curas que ofrecían sus parroquias de barrio a las asociaciones de vecinos para defender sus derechos. Solo los que hemos superado los sesenta años sentimos nostalgia de esa clase de sacerdotes, casi extinguidos en España por una jerarquía alineada con la contrarreforma de Wojtyla y Ratzinger. Cuando desaparezcan figuras como Jorge Dompablo o Javier Baeza, solo quedarán presbíteros más afines a Lefebvre que a Prevost o Francisco. Es una panorama desolador, salvo para los que quieren desactivar el potencial transformador del mensaje cristiano. ¿Es imposible revertir esa tendencia, que solo garantiza la deriva de la Iglesia hacia un fundamentalismo antidemocrático?
Nelson Mandela decía que “algo es imposible hasta que se hace”. Gracias a que el ser humano es libre y no está sujeto a un destino ineluctable, como creían los estoicos, el porvenir está abierto e indeterminado. El futuro lo construimos entre todos. En nuestros días, la Iglesia se debate entre Tradición y Sinodalidad. Conviene aclarar que lo que hoy se llama Tradición solo es regresión, involución, resistencia a los cambios. Es el nombre que se utiliza para instrumentalizar el mensaje cristiano y ponerlo al servicio de los prejuicios más inaceptables. Desgraciadamente, la jerarquía se resiste a abandonar ciertos prejuicios cada vez más difíciles de justificar. La Iglesia Católica no puede invocar la Carta de Naciones Unidas, como ha hecho León XIV, y, al mismo tiempo, ignorar la declaración de 2008 de la Asamblea General sobre la identidad sexual y la orientación de género. De hecho, seguir insistiendo en que la homosexualidad es una conducta “intrínsicamente desordenada” podría considerarse un discurso de odio.
Caminar juntos, consensuar decisiones, sustituir la verticalidad por la horizontalidad, no es desviarse del Evangelio, sino apostar por una fidelidad radical
Se cita a menudo la profecía de Ratzinger sobre el porvenir de la Iglesia, según la cual “se hará más pequeña y tendrá que empezar todo desde el principio”, pero a cambio saldrá fortalecida y convertida en un faro de esperanza. Muchos piensan que esa profecía es una invitación a regresar a la Tradición, a la Misa en Latín y a la subordinación del Estado a las autoridades eclesiásticas, pero yo creo que -con independencia de lo que pensara Ratzinger- se puede interpretar como una llamada a una profunda renovación bajo el paraguas de la Sinodalidad. Caminar juntos, consensuar decisiones, sustituir la verticalidad por la horizontalidad, no es desviarse del Evangelio, sino apostar por una fidelidad radical. Una Iglesia más preocupada por el pecado que por el sufrimiento solo podrá agradar a los no se conmueven cada vez que se ahoga un inmigrante en el Mediterráneo o se encogen de hombros ante la situación de precariedad y penuria de los niños de la Cañada Real Galiana, privados de suministro eléctrico desde hace más de cinco años.
Francisco declaró que “el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio. No es una moda o un eslogan. Expresa la naturaleza de la Iglesia, su forma, su estilo y su misión. Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha”. Las reflexiones de León XIV manifiestan la misma perspectiva: “Ser una Iglesia sinodal que sabe escuchar a todos es el camino no solo para vivir personalmente la fe, sino también para crecer en la verdadera fraternidad cristiana […] La Iglesia es plenamente tal solo cuando escucha de verdad, cuando camina como el Nuevo Pueblo de Dios en su maravillosa diversidad”. La Tradición de los lefebvrianos solo es la máscara de un peligroso integrismo. No es un camino cristiano.
El signo de los tiempos es una invitación a profundizar la Sinodalidad. Desviarse de ese camino solo agravará los graves problemas de la Iglesia. El clericalismo, el autoritarismo, el machismo, la pederastia, la homofobia y la falta de transparencia financiera no se superarán con misas solemnes en latín, sino con un diálogo que implique a todos y que parta de la necesidad de transformar la Iglesia en un espacio de acogida incondicional, sin exclusiones ni discriminaciones.