No hay personas ilegales, presidente Trump
"Lo cristiano, lo ético, lo humano, es abrir puertas, derribar muros y compartir la mesa"
La samaritana con la que habló Jesús en el Pozo de Jacob pertenecía a un linaje impuro, fruto del mestizaje entre colonos asirios y judíos. Los samaritanos habían construido su propio templo en el Monte Guerizín y no reconocían el Templo de Jerusalén como lugar sagrado. Tampoco aceptaban los escritos de los profetas ni las tradiciones rabínicas judías. Cualquier contacto con un samaritano o el simple paso por Samaria se consideraban una fuente de contaminación. Sin embargo, Jesús, que era judío, se detuvo en la ciudad de Sicar y le pidió agua a una mujer samaritana. Su gesto no fue fruto del azar, sino de la voluntad de romper barreras y desautorizar el odio a los samaritanos.
Los acontecimientos que se narran en los evangelios no son necesariamente hechos reales, sino enseñanzas teológicas y el mensaje de esta historia es muy claro. La familia humana es indivisible. No hay extranjeros ni personas ilegales, pero sí leyes que deshumanizan, invocando absurdos ideales de pureza. Las fronteras son creaciones humanas y, en la mayoría de los casos, se han utilizado como pretexto para iniciar guerras o cometer crueldades, como las deportaciones forzosas.
El presidente Donald Trump presume de haber puesto en marcha «la mayor deportación de la historia». Los agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) han sembrado el terror en Estados Unidos, acosando a las personas de rasgos no caucásicos o con un inglés deficiente. Han asaltado viviendas, han golpeado violentamente a manifestantes pacíficos, han roto escaparates y lunas de vehículos e incluso han asesinado a sus propios conciudadanos. En Minneapolis, ya han disparado contra dos manifestantes que protestaban contra sus abusos.
Primero, acabaron con la vida de Rene Good, una mujer de 37 años, madre de tres hijos y poeta. Después, con la de Alex Pretti, también de 37 años y enfermero de cuidados intensivos en un hospital de veteranos de Minnesota. En ambos casos, los agentes del ICE dispararon sin ninguna justificación, pero la Administración ha amparado sus crímenes con bulos desmentidos por las imágenes que han recogido los hechos. Ninguna de las víctimas adoptó una conducta violenta o hizo algo que pusiera en peligro la vida de las fuerzas policiales. Stephen Miller y Kristi Noem, dos de los asesores de Trump, acusaron a Pretti de «terrorista doméstico». En cambio, sus familiares, vecinos y compañeros de trabajo lo han descrito como «la persona más dulce, amable, inofensiva y pacífica que uno podría conocer».
Al parecer, el 50% de los estadounidenses aprueban las deportaciones. Me pregunto si también aplauden la detención de Liam Conejo Ramos, un niño ecuatoriano de cinco años al que utilizaron como cebo para detener a toda su familia. Sus padres no son inmigrantes irregulares. Habían seguido todos los protocolos establecidos y habían tramitado una solicitud de asilo, sin eludir ningún requerimiento. El padre carece de antecedentes penales en Ecuador y Estados Unidos, pero los agentes del ICE consideran que constituye un peligro para la distopía de una América blanca, patriarcal y «cristiana».
El vicepresidente Vance, un católico integrista que jamás disimuló su antipatía hacia el papa Francisco, ha asegurado que la madre se negó a hacerse cargo del pequeño, pero es falso. Embarazada y con un hijo adolescente, no se atrevió a abrir la puerta a los agentes del ICE por temor a que toda la familia fuera deportada. Sus vecinos pidieron a gritos que no lo hiciera, advirtiéndole que se trataba de una trampa. Ahora Liam se encuentra en Texas, a 2.500 kilómetros de su madre. Imagino que sentirá angustia, desamparo y perplejidad. Su escasa edad no le permitirá elaborar respuestas a una situación tan injusta y cruel.
Indudablemente, si Trump hubiera sido judío en tiempos de Jesús, jamás habría hablado con la samaritana del Pozo de Jacob. Desde su perspectiva ultranacionalista, habría considerado que era una mujer impura, como esos hispanos a los que tanto aborrece y que, no obstante, le han votado en muchos casos, pues los que ya tienen la ciudadanía estadounidense desean librarse de la competencia de sus antiguos compatriotas. León XIV ha criticado el trato inhumano que se aplica a los inmigrantes. «Jesús dice muy claramente que, en el fin del mundo, se nos preguntará: “¿Cómo recibiste al extranjero? ¿Lo recibiste y le diste la bienvenida o no?”».
El papa Francisco se expresó con más firmeza: «El mundo actual es cada día más elitista y cruel con los excluidos. Los países en vías de desarrollo siguen agotando sus mejores recursos naturales y humanos en beneficio de unos pocos mercados privilegiados. Las guerras afectan solo a algunas regiones del mundo; sin embargo, la fabricación de armas y su venta se lleva a cabo en otras regiones, que luego no quieren hacerse cargo de los refugiados que dichos conflictos generan. Quienes padecen las consecuencias son siempre los pequeños, los pobres, los más vulnerables».
Hace poco, León XIV recibió a Mark Seitz, obispo de El Paso y a miembros de la organización Hope Border, que le informaron de las políticas migratorias de la Administración Trump. Conmovido por sus testimonios y por los vídeos que le mostraron, el Papa comentó: «La Iglesia no puede permanecer en silencio ante la injusticia. Vosotros estáis conmigo. Y yo estoy con vosotros». Meses atrás, 216 obispos de Estados Unidos elaboraron un documento condenando las deportaciones masivas e indiscriminadas. «Oramos por el fin del discurso deshumanizante y por el fin la violencia. […] Nos entristece profundamente el tono que ha adoptado el debate contemporáneo y la creciente denigración de los inmigrantes».
Aunque los obispos estadounidenses condenan indistintamente la violencia contra los inmigrantes y los agentes del ICE, no está de más señalar que -como apuntó Gustavo Gutiérrez Merino en Teología de la Liberación- no puede equipararse la violencia de los opresores y la violencia los oprimidos. El derecho de resistencia es justo y lo reconoce la Declaración Universal de Derechos Humanos. Lo ideal sería que las protestas contra las deportaciones no se desviaran de la estrategia del movimiento por los derechos civiles liderado por Martin Luther King. Sin embargo, si los agentes del ICE siguen disparando contra manifestantes desarmados, el clima de polarización podría desembocar en trágicos e indeseables escenarios.
Jean-Jacques Rousseau no se equivocaba al afirmar que la violencia de unos hombres contra otros comenzó cuando alguien trazó una línea sobre la tierra y aseguró que señalaba el inicio de su propiedad. En ese instante, la casa común dejó de ser el espacio de todos para transformarse en un objeto de disputa. Todas las guerras de la historia se han librado por el territorio, los recursos y las rutas comerciales. Detrás del genocidio de Gaza, hay ambiciones materiales, no simples problemas de convivencia entre árabes y judíos. Los proyectos faraónicos de Trump sobre la Franja para convertirla en una especie de Costa Azul no son un capricho extravagante, sino el fruto de un cálculo previo. Gaza posee reservas de gas, es una zona de paso entre Oriente y Occidente y podría ser una excelente ruta comercial. Solo hay que forzar la emigración forzosa de los palestinos para materializar ese plan.
Despolitizar el cristianismo es la vieja ambición de los que desean poner su mensaje al servicio del orden establecido. Jesús se enfrentó a Tiberio, el Trump de su época, y al Sanedrín, colaborador de la ocupación romana. Si no hubiera sido así, si solo hubiera sido un hereje, como afirmaban fariseos y saduceos, habría muerto lapidado, pero los romanos lo crucificaron, como hacían con todos los sediciosos. Hace poco, se han recuperado los restos de Camilo Torres, el sacerdote colombiano que eligió el camino de la lucha armada para combatir las injusticias. Evocar su figura no debería constituir una invitación a la violencia, sino a la reflexión.
Los mercaderes del Templo a los que expulsó Jesús hoy son esos 3.000 multimillonarios que en 2025 incrementaron su patrimonio en 2’5 billones. Esa es la cantidad con la que malviven 4.100 millones de personas y con ella se podría acabar con la pobreza extrema en un plazo de 26 años. Como afirmó Jon Sobrino, el contraste entre la acumulación de unos pocos y la miseria de tantos solo puede calificarse de «obscenidad metafísica». Es un atentado contra la dignidad humana y un signo de barbarie.
El cristianismo solo es un mensaje vacío si se reduce a una espiritualidad interior desconectada del mundo. Esa visión del Evangelio es la que interesa a los poderes establecidos. Un cristiano que reza y observa los ritos, pero calla ante las injusticias no es un verdadero cristiano. Cada época afronta un desafío distinto. El siglo XVIII asumió la necesidad de abolir la servidumbre impuesta por el Antiguo Régimen. El siglo XIX se levantó contra la explotación capitalista, que reducía al ser humano a simple mercancía, sometiendo a los trabajadores a toda clase de atropellos. El siglo XX luchó contra los totalitarismos de distinto signo, que destruyeron millones de vidas con métodos industriales.
A nuestro siglo le ha tocado algo inesperado: movilizarse para preservar libertades y derechos que parecían intocables desde las conquistas sociales de los 60. Estados Unidos se está convirtiendo en una autocracia y la polarización alentada por Trump podría desembocar en una guerra civil en un país con 500 millones de armas en manos de civiles e infinidad de milicias. Europa parecía haberse librado del azote de la guerra después de la derrota de Hitler, pero la guerra de Ucrania ya dura más que la confrontación entre la Alemania nazi y la Unión Soviética. No es la primera contienda desde 1945. La antigua Yugoslavia ya sufrió en los noventa un conflicto que duró algo más de una década y provocó 140.000 muertes. Después de Auschwitz, Adorno formuló un nuevo imperativo moral: «Nunca más». Fue inútil. Entre el 13 y el 22 julio de 1995, el ejército serbio asesinó a 8.000 musulmanes en Srebrenica, cumpliendo órdenes del presidente Slobodan Milošević, el político y psiquiatra Radovan Karadžić y el general Ratko Mladić.
El ICE ha detenido a más de cien clérigos en Minneapolis por protestar contra las deportaciones masivas. Es una buena noticia, pues ese es el papel que hoy les corresponde a los cristianos. Solidarizarse con la familia humana en toda su diversidad, sin distinguir entre legales e ilegales, compatriotas y extranjeros. Se equivoca, presidente Trump. No hay personas ilegales. Esas personas a las que usted desprecia y persigue son esos «descartados» de los que hablaba el Papa Francisco y a los que hoy se cierra las puertas, como se les cerraron a un matrimonio de Nazaret que buscaba techo para poder alumbrar un niño. Lo cristiano, lo ético, lo humano, es abrir puertas, derribar muros y compartir la mesa. Alinearse con la justicia y asumir la defensa de los más vulnerables, presidente Trump, no es un acto de insurrección, sino la forma más radical de luchar contra la ausencia de amor, es decir, contra la raíz más profunda del mal.
