La perspectiva cristiana ante el Nuevo Desorden Mundial

"Los cristianos no pueden mirar hacia otro lado, como si temieran mancharse o perjudicar su misión apostólica. El anuncio del Reino implica trabajar por la paz, condenar la violencia, exigir respeto a la dignidad del ser humano y cuidar nuestra casa común"

El nuevo Pacto de las Catacumbas, también en Santa Domitila
El nuevo Pacto de las Catacumbas, también en Santa Domitila

Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, se ha alineado con Donald Trump al declarar que ya no podemos confiar en las normas del “viejo orden mundial […] como la única forma de defender nuestros intereses ni asumir que sus normas nos protegerán de las complejas amenazas que enfrentamos”. Si prescindimos de las cautelas y eufemismos del lenguaje diplomático, podemos afirmar que Ursula von der Leyen ha legitimado el uso de la fuerza para conseguir objetivos políticos, justificando implícitamente las guerras de agresión del gobierno de Trump y la ofensiva bélica de Israel contra sus vecinos, que ha incluido el genocidio de la Franja de Gaza, con 71.000 víctimas, la mayoría mujeres y niños.

Las palabras de la presidenta de la Comisión Europea han provocado un aluvión de críticas, obligándola a rectificar casi de inmediato. Von der Leyen ha asegurado que concibe la Unión Europea como un proyecto de paz y que siempre defenderá el derecho internacional, lo cual no le impide ver “el mundo tal como es”. Su rectificación evoca las declaraciones de Stephen Miller, Asesor de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, según el cual “vivimos en un mundo donde se puede hablar todo lo que se quiera sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero vivimos en un mundo, en el mundo real... que se rige por la fuerza, que se rige por el poder”. La falta de pudor de Miller y Von der Leyen evidencian que nuestra época ha rescatado la filosofía política del diplomático florentino Nicolás Maquiavelo, autor del famoso tratado El príncipe. En ese breve y famosísimo ensayo de 1532, Maquiavelo afirma que “la política no tiene relación con la moral” y que el poder político “nunca carece de razones legítimas para romper sus promesas”. 

'El Príncipe', de Maquiavelo
'El Príncipe', de Maquiavelo

El príncipe impugna los valores de Educación del príncipe cristiano, ensayo de Erasmo de Rotterdam publicado en 1516, donde el célebre humanista aboga por un gobierno asentado en la justicia, la bondad, la sabiduría, el respeto a la paz y la búsqueda del bien común. “La guerra es dulce para todos aquellos que no la han probado”, advierte Erasmo y solo los necios o los desalmados recurren a ella. El humanista distinguía entre la “locura” y la “arrogancia”. Para muchos, la bondad es locura, pues en el mundo prevalece el mal y cultivar la justicia en un mundo injusto y violento, solo conduce a la impotencia, la humillación y el fracaso. Maquiavelo considera que la virtud de gobernar no reside en la bondad, sino en la astucia. Erasmo anticipa una refutación de ese argumento, observando que la astucia es hija de la arrogancia y, en política, la arrogancia solo es hybris, es decir, desmesura, soberbia y necedad. Los gobernantes que practican la arrogancia son estúpidos y crueles: “Cuanto menos talento tienen, más orgullo, vanidad y arrogancia exhiben. Pero la necedad nunca camina sola: siempre encuentra a otros necios dispuestos a aplaudirle”. No se me ocurre mejor definición del comportamiento de Trump y el servilismo de Ursula von der Leyen. Se ha comentado que en una ocasión Angela Merkel, canciller de Alemania durante dieciséis años, afirmó que la Unión Europea tenía valores, pero también intereses. Todo sugiere que los políticos, aunque no lo admitan, priorizan los intereses sobre los valores. Estados Unidos e Israel no han bombardeado Irán para acabar con la dictadura de los ayatolás, sino para hacer retroceder a China y Rusia en Oriente Medio y asegurar su hegemonía en una región con grandes recursos energéticos y rutas comerciales críticas, como el Estrecho de Ormuz, el Canal de Suez o los Estrechos de Tirán, que conectan el Golfo de Aqaba con el Mar Rojo. Además, Trump y Netanyahu necesitan distraer a la opinión pública de sus respectivos países del malestar causado por los escándalos de corrupción y la creciente desigualdad.  

Trump y Netanyahu
Trump y Netanyahu

En un mundo cada vez más injusto, desordenado y violento, ¿cuál debe ser la postura de los cristianos? Se ha comentado mucho la reunión del Papa León XIV con los obispos españoles. Circulan distintas versiones. Algunos testimonios afirman que Prevost no se limitó a manifestar su preocupación por la instrumentalización ideológica del catolicismo por parte de los extremistas. El pontífice fue más explícito. Aludió a Vox y, en general, a la extrema derecha, que no cesa de alimentar un discurso de odio contra los migrantes y otras minorías. Ignoro qué dijo realmente León XIV, pero sí tengo claro que la Iglesia no puede ser completamente neutral. Cuando se perpetran atrocidades como la Shoah, el genocidio de Gaza, los ataques preventivos o las sanciones económicas que castigan colectivamente a la población, la neutralidad es complicidad. Se criticó con razón a Pío XII por firmar un concordato con Hitler y no mostrarse más beligerante contra los crímenes del nazismo. Juan XXIII y Pablo VI aprendieron la lección y se manifestaron contra la carrera de armamentos que ponía en peligro la continuidad de la vida en la Tierra. Juan Pablo II pidió perdón por el silencio de muchos católicos durante la Shoah o por su abierta colaboración con el régimen nazi. Y el Papa Francisco reclamó que se investigaran los crímenes de las Fuerzas de Defensa de Israel en Gaza, pues había indicios sólidos de que habían constituido un genocidio.

Para aclarar cuál debería ser la postura de la Iglesia ante el desorden mundial de nuestro tiempo, conviene recordar la distinción que estableció la Escuela de Frankfurt entre ideología y teoría crítica. La ideología acepta el orden político imperante como natural y racional, alienando a los individuos y reprimiendo su potencial crítico. En cambio, la teoría crítica cuestiona el statu quo y trabaja por la emancipación del ser humano. En el pasado, la Iglesia Católica ha utilizado su autoridad para legitimar monarquías absolutas y dictaduras, condenando las legítimas ambiciones de cambio de la ciudadanía. En Syllabus Errorum (Sílabo de los Errores), promulgado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1864 junto con la encíclica Quanta cura, se condena el socialismo, la democracia liberal, la libertad de culto, la libertad de prensa, la separación Iglesia-Estado y la indiferencia religiosa. Después del Concilio Vaticano II, ciertos sectores de la Iglesia rompieron con la legitimación ideológica del poder político y económico para adoptar una perspectiva crítica. El 16 de noviembre de 1965 se elaboró un documento que ha pasado a la historia como el Pacto de las Catacumbas. Firmado por unos cuarenta obispos, la mayoría latinoamericanos, que en ese momento participaban en la cuarta sesión del Concilio Vaticano II, ya próximo a su clausura, el Pacto se comprometía a trabajar por una Iglesia pobre para los pobres. Sin desatender al resto de los miembros de sus diócesis, los obispos manifestaban su intención de conceder una atención prioritaria “a las personas y grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados” y a intentar influir en los gobiernos “para que pongan en práctica las leyes, las estructuras y las instituciones sociales necesarias a la justicia, a la igualdad y al desarrollo armónico y total de todo el hombre en todos los hombres, y, así, al advenimiento de otro orden social, nuevo, digno de los hijos del hombre y de los hijos de Dios”. El documento se considera la prefiguración de la Teología de la Liberación que despegaría en 1968 en América Latina. 

Conmemoración del Pacto de las Catacumbas
Conmemoración del Pacto de las Catacumbas

En un artículo de 2014 titulado “El pacto de las catacumbas vivido por el Papa Francisco”, Leonardo Boff examinó el histórico documento y concluyó: “¿No son estos los ideales presentados por el Papa Francisco?”. Pienso que sí y estoy convencido de que esa debe ser la postura de la Iglesia en nuestros días. Trump, Netanyahu y Putin han convertido la fuerza en el único argumento válido para gobernar el mundo. Esa actitud abre las puertas a la barbarie. Los cristianos no pueden mirar hacia otro lado, como si temieran mancharse o perjudicar su misión apostólica. El anuncio del Reino implica trabajar por la paz, condenar la violencia, exigir respeto a la dignidad del ser humano y cuidar nuestra casa común. Las guerras de Putin, Trump y Netanyahu no son guerras justas. De hecho, la expresión “guerra justa” es un oxímoron. Se trata de guerras inspiradas por la vieja mentalidad colonial, según la cual es legítimo saquear las riquezas ajenas. Detrás de todas las guerras en marcha, solo hay un obsceno deseo de controlar el petróleo, el gas, los minerales y las rutas comerciales.

Los cristianos deben retomar la antigua tradición profética de alzar la voz contra las injusticias. Las buenas palabras no son suficientes. Es necesario adoptar una perspectiva crítica o, si se prefiere, crística

Los cristianos deben retomar la antigua tradición profética de alzar la voz contra las injusticias. Las buenas palabras no son suficientes. Es necesario adoptar una perspectiva crítica o, si se prefiere, crística, pues lo crístico no es simple misticismo huero, como el de Hakuna, Emaús, HAM o Effetá, sino un compromiso permanente con la construcción del Reino. El arzobispo brasileño Hélder Câmara afirmó que “la miseria es escandalosa, envilecedora; daña la imagen de Dios que hay en cada hombre”. Y la guerra solo trae miseria. Frente al Antirreino que representa un desorden mundial basado en la rapiña y el abuso de la fuerza, la Iglesia Católica y, en general, todas las comunidades cristianas, deben movilizarse para que cese la violencia y se respete el derecho internacional. Refiriéndose a los migrantes, León XIV ha escrito en su exhortación apostólica Dilexi Te: “La Iglesia camina con los que caminan. Donde el mundo ve una amenaza, ella ve hijos. Donde se levantan muros, ella construye puentes”. 

En definitiva, los cristianos no tienen intereses, sino valores. Renegar de ese principio es renegar del Evangelio. El buen pastor no abandona a las ovejas a su suerte, sino que las protege de los abismos y las tempestades. La Iglesia siempre debe estar con las víctimas, como esos niños que han muerto en Gaza, Ucrania, Líbano o una escuela de Irán. Un mundo construido por la fuerza solo puede ser un mundo profundamente inhumano y, por consiguiente, anticristiano. 

Sorteamos el libro-homenaje de Mino Cerezo, el pintor de la liberación.
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