Sólo puede consistir en una solidaridad incondicional con las víctimas
La respuesta cristiana a la tragedia de Adamuz
Sólo puede consistir en una solidaridad incondicional con las víctimas
Cuando en 1755 un terremoto provocó alrededor de 100.000 muertos en Lisboa, Voltaire escribió un poema que cuestionaba la providencia divina y el optimismo filosófico, asegurando que Dios no intervenía en el mundo. Solo era el creador del cosmos y sus leyes, pero nunca alteraba la marcha de la naturaleza ni de la historia. No era un Señor o un Padre, sino una especie de relojero o artífice. No sin razón, Voltaire apuntaba que solo una teología perversa podía sostener que Dios castigaba al ser humano con catástrofes como el terremoto de Lisboa o el Diluvio, pues eso significaría justificar la muerte de inocentes. Jean-Jacques Rousseau objetó que el seísmo no se había producido por voluntad divina, sino por la arrogancia del hombre, que levantaba altos edificios y se aglomeraba en núcleos urbanos. En cierta manera, la civilización prolongaba el desafío lanzado por la torre de Babel, utilizando la ciencia y la tecnología para destruir el orden natural.
¿Qué puede decir hoy el cristianismo ante un drama como el de Adamuz, donde han muerto niños y familias enteras? Ninguna de las víctimas merecía algo así. Si Dios es todopoderoso, ¿por qué permite estas calamidades? Evidentemente, solo una mente oscurecida por el fanatismo puede atribuir la muerte de inocentes a la voluntad divina. El Dios cristiano no castiga. Sus signos en la historia siempre son liberadores y solidarios. Dios no observa el mundo desde lejos. Interviene en él, pero no como un Señor feudal con poder sobre la vida y la muerte, sino mediante nuestras manos, como ya señalaron Dorothee Sölle y Etty Hillesum. Dios necesita nuestra ayuda. Su providencia no consiste en suspender la ley de la gravedad o la inercia de un tren en movimiento, sino en despertar en los corazones el impulso de ayudar a las víctimas. La parábola del buen samaritano es el mejor ejemplo de la providencia divina. Dios no curó al viajero asaltado y arrojado a un lado del camino. Lo hizo un hombre de Samaria, un territorio despreciado por los judíos por solo aceptar como sagrados los cinco primeros libros del Antiguo Testamento. Un sacerdote y un levita -es decir, dos representantes de la ortodoxia- pasaron de largo, pues consideraron que sus obligaciones religiosas eran más importantes que socorrer a una víctima.
En Adamuz y otros pueblos de la zona, los vecinos se han volcado con los heridos y los familiares de las víctimas. En los hospitales, algunos pacientes que llevaban horas esperando en urgencias han cedido su turno a los accidentados, priorizando el bienestar ajeno. Algunos dirán que se trata de conductas determinadas por nuestro contexto cultural. Es cierto, pero se olvida que ese contexto y su constelación de valores ha sido forjado por la tradición cristiana y los principios ilustrados. La Ilustración, que es para nuestra época lo que fue la Antigüedad grecolatina para la baja Edad Media y el Renacimiento, no fue un movimiento anticristiano, sino una rebelión contra ese clericalismo que hoy sigue causando tanta perplejidad y malestar.
La providencia no es uno de esos milagros inverosímiles y a veces crueles que aparecen en el Antiguo Testamento, como la separación de las aguas del Mar Rojo para franquear el paso al pueblo elegido y ahogar a los ejércitos del faraón, sino ese resorte interior que se activa ante el dolor ajeno. Médicos, personal de enfermería y celadores han acudido voluntariamente al Hospital Reina Sofía de Córdoba para atender a las víctimas. La policía, la Guardia Civil y la UME han trabajado sin descanso para salvar vidas. Algunos vecinos han acudido al escenario del accidente con herramientas para ayudar a liberar a los viajeros atrapados en los vagones. Otros han ofrecido sus hogares a los heridos o han aportado mantas, agua y comida. Incluso algunos enfermos hospitalizados han pedido el alta para ceder sus camas a los afectados por la colisión de los trenes. Y todos los que han podido se han dedicado a consolar a los supervivientes y sus familias.
Desgraciadamente, no solo se han producido actos de solidaridad. Las aerolíneas y las compañías de alquiler de vehículos han aprovechado la tragedia para subir abusivamente sus precios. Ignacio Ellacuría, uno de los mártires de la UCA, atribuía al capitalismo “una maldad intrínseca”. En “Utopía y profetismo desde América Latina. Un ensayo concreto de soteriología histórica” recogido en el Tomo II de sus Escritos Teológicos (UCA, San Salvador, 2000) y originalmente publicado en la Revista Latinoamericana de Teología (RLT 17) en 1989, Ellacuría afirmaba que el capitalismo, con su insaciable sed de acumulación material, era profundamente deshumanizante y estaba destruyendo el planeta. Al priorizar el bienestar individual sobre el bien común, alentaba los impulsos más indignos, como la codicia, la insolidaridad y el egoísmo.
Desdichadamente, la iglesia católica y otras iglesias cristianas han mantenido una relación de complicidad o incluso han legitimado los abusos de los ricos y poderosos. Y, lo que aún es más escandaloso, han utilizado el más allá para fomentar el conformismo y desactivar las protestas sociales. Por eso, Gustavo Gutiérrez y otros teólogos de la liberación reinterpretaron el concepto de salvación, aclarando que el Reino del que habla Jesús es una utopía que comienza en la historia, no en ese espacio abstracto y difuso que denominados Cielo. Jesús no permaneció indiferente ante la brutalidad de la ocupación romana y la abyecta colaboración del Sanedrín. Sus manos curaron y aliviaron, pero también se alzaron contra las injusticas que sufrían sus compatriotas. En Mateo 10:34, se atribuyen a Jesús unas palabras muy clarificadoras: “No crean que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada”. Es decir, una beligerancia activa contra el mal.
Una beligerancia que puede ser política, como en el caso de Ellacuría, Ernesto Cardenal, Dorothee Sölle, Gaspar García Laviana, Martin Niemöller o las cuatro misioneras católicas estadounidenses violadas y asesinadas el 2 de diciembre de 1980 en El Salvador por miembros de la Guardia Nacional. En otras ocasiones la beligerancia puede ser humanitaria, como la de todas las personas que han auxiliado a las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz. Ese es el poder de Dios, su providencia, no maniobras de ilusionista que degradan la experiencia religiosa a mera superstición.
El filósofo judío Hans Jonas desarrolló una concepción de Dios muy alejada de la teología tradicional. Inspirado por el gnosticismo, rechazó la idea de un Dios omnipotente para destacar que Dios no solo sufría, sino que, además, necesitaba nuestra colaboración para superar el mal. Su obra de redención no se realizará sin la ayuda del ser humano, lo cual coloca sobre nuestros hombros una enorme responsabilidad ética y cósmica. Por eso, la relación con Dios no debe ser de sumisión, sino de entendimiento y colaboración. Colaboración como la que ha acontecido en Paiporta o Adamuz. Esa explosión de solidaridad es el signo de los tiempos, el acontecimiento que revela la presencia de Dios en el mundo.
La respuesta cristiana a la tragedia de Adamuz solo puede consistir en una solidaridad incondicional con las víctimas. Pero ¿qué sucede con los fallecidos? ¿Ya solo son materia muerta, inerte, abocada al olvido? Como afirmó Christoph Friedrich Blumhardt, fundador del socialismo cristiano en Alemania y Suiza, Cristo no permanece en la muerte. “La muerte es el último enemigo” (1 Cor 15, 26), pero ha sido derrotada por la resurrección de Cristo. La resurrección es una protesta contra la miseria, la injusticia, el mal y la muerte. Va más allá de lo posible, pero no contra la razón. Es más, el universo se vuelve más racional con la perspectiva de la resurrección. Sin ella, todo deviene absurdo y efímero. Y el dolor se convierte en un aullido aterrador.
La resurrección de Cristo abre un camino. Un camino áspero, pues soporta el acecho de la duda, la incredulidad y la desesperación. La resurrección es una promesa, una utopía, y no puede verificarse en un laboratorio. La libertad, el amor, el bien, la verdad y la belleza tampoco pueden objetivarse en una probeta, pero sabemos que son lo más importante y lo único que da sentido a la existencia. Ernst Bloch restringió su principio de esperanza al mundo conocido, dejando al ser humano en una situación de impotencia frente a la muerte. La esperanza cristiana es más radical, pues -como escribe Jürgen Moltmann en Teología de la esperanza- “crea vida de la muerte”. Sin esa escatología, el porvenir se cierra. El “todavía no” del que habla Bloch naufraga en el silencio anonadador de la muerte cósmica. Solo la promesa de la resurrección expande el futuro, posibilidad la experiencia de un amor sin fecha de caducidad.
La fe que nace del miedo a la propia muerte es una triste fe, pero la fe que surge de la necesidad de hallar una esperanza para la tierra y sus moradores es la más hermosa de las utopías y la única alternativa al nihilismo. No quiero finalizar este artículo sin mencionar a “Boro”, el perro extraviado en el accidente. Acompañaba a dos hermanas. Una ha sobrevivido con lesiones leves, pero la otra, que está embarazada de cinco meses, se encuentra entubada en la UCI. El padre y la hermana permanecen al lado de la herida, pero eso no ha impedido que pidan ayuda para encontrar al perro, pues lo consideran una parte de la familia.
El amor es un sentimiento suficientemente vasto para no conocer límites. Uno de los pecados de la tradición cristiana es su grosero especismo. No somos los reyes de la creación, sino los responsables de preservar el equilibrio de la naturaleza y evitar el sufrimiento innecesario. El teólogo Johann Baptist Metz suscribe este razonamiento en Por una mística de los ojos abiertos, donde escribe: “Espero que el antropocentrismo cristiano perciba lo antes –y más consecuentemente- posible que el mundo de los hombres no existe, para empezar, sin el mundo de los animales, y que por tanto los animales, al menos en la medida en que pertenecen al mundo de los hombres, también tienen un futuro paradisíaco”.
Como ha recordado León XIV, ahora la prioridad es atender y consolar a los supervivientes, pero no podemos limitarnos a eso. En cuanto a los difuntos, no es suficiente honrar su memoria. Su recuerdo debe estar vinculado a la esperanza. El dolor solo se supera mediante la espera de lo imposible, es decir, mediante la confianza en que la muerte será devorada por la vida. Donde la razón solo ve un límite insalvable, la fe aprecia una apertura infinita. Cuando la ofuscación solo nos permita atisbar un límite y no una promesa, conviene recordar las palabras de San Pablo en su Epístola a los romanos: “Por la esperanza hemos sido salvados: pero una esperanza que se ve, no es esperanza; pues lo que uno ve, ¿cómo lo esperará? Y si esperamos algo que no vemos, aguardemos con paciencia (Rom 8, 24-25).
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