El silencio de Dios en la tragedia de Urda

Urda
Urda

Salvador Correa, uno de los guardias civiles que penetró en el vagón número uno del Iryo, el más afectado por la colisión de dos trenes en Urda, ha afirmado que en el interior “solo había silencio”. Con una linterna que proporcionaba muy poca luz, Salvador se arrastró entre el caos de hierros, plásticos y aluminio hasta que oyó un gemido y atisbó una mano. De inmediato, la agarró y pidió ayuda. La víctima, que afortunadamente ha sobrevivido, es una sevillana de treinta y dos años llamada Almudena.

Salvador Correa
Salvador Correa

Durante una hora, los equipos de rescate se turnaron para no soltar su mano y excavar en el suelo, apartar los restos del fuselaje y cortar su pelo, con el fin de liberar y sacar su cuerpo al exterior. Ahora Almudena se recupera en un hospital, acompañada por su novio y su familia. Salvador Correa se siente algo menos desolado tras el feliz desenlace, pues inicialmente no sabía si alguien había salido con vida del vagón donde trabajó incansablemente.

Es difícil imaginar qué sintió Almudena en mitad de ese silencio, cuando aún no habían acudido los rescatistas. En estas ocasiones, muchos se preguntan: ¿Dónde está Dios? Si es omnipotente, ¿por qué no interviene? 

La imagen tradicional de Dios impide responder a estos interrogantes, pero si avanzamos hacia un concepto más racional, podremos explicar su aparente indiferencia. Como apunta el teólogo Andrés Torres Queiruga, Dios no es un agente externo que interrumpe el curso natural de los acontecimientos, sino el sostén de un mundo autónomo y finito, dos rasgos que implica necesariamente limitación. Dios no creó un mundo perfecto, sino el mejor de los mundos posibles. Pensemos en la gravedad. Si no existiera, se evitarían ciertas desgracias, como una caída fatal al vacío, pero el universo colapsaría. Sin gravedad, no se habrían formado astros ni habría surgido la vida. El universo solo sería una fría y difusa sopa de átomos y partículas flotando sin orden. El delicado equilibrio del cosmos no puede alterarse sin causar una catástrofe. Dios habita la realidad y la hace posible desde dentro, creando las condiciones de posibilidad de la vida. No es un mago que desvía ríos, contiene erupciones y detiene terremotos, sino la fuente originaria de lo que existe. 

Etty Hillesum, judía holandesa y autora de un brillante Diario, aventuró que Dios no puso fin a la Shoah porque no pudo, lo cual resulta descorazonador para los que le atribuyen un poder absoluto. No pudo frenar la matanza, pero sería injusto afirmar que permaneció al margen. Dios estuvo en Auschwitz, sufriendo con los miles de inocentes inmolados en la diabólica fábrica de muerte. Dios también se encontraba en el tren donde viajaba Almudena, pero su poder, limitado por las leyes de la naturaleza, se manifestó en las manos de Salvador. Nuestras manos son -como escribió Dorothee Sölle- las manos de Dios y la prueba de que no es un espectador apático. En circunstancias normales, el ser humano es compasivo. La crueldad y el egoísmo no son impulsos naturales, sino el producto de ideologías perversas o de nefandos modelos culturales, como ese capitalismo voraz e insaciable que denunció Javier Barrio, viudo de una de las trabajadoras fallecidas en el accidente. Javier afirmó con asombrosa serenidad que “estamos viviendo la peor época del capitalismo con prisas” y que las víctimas de estas tragedias son “los muertos de toda la sociedad”. Un capitalismo que no cesa de cobrarse víctimas, aprovechando los peores impulsos de la condición humana: codicia, amor al lujo, desprecio por la debilidad y la pobreza, insolidaridad, individualismo.

La vía del tren que conducía a Auschwitz
La vía del tren que conducía a Auschwitz | Pixabay

Dios no observa la historia desde lejos. Al revés, mantiene una beligerancia permanente y radical contra el mal. Sufre con las víctimas y se manifiesta contra la injusticia, pero no lo hace de una forma directa, pues su intromisión en la historia destruiría la libertad humana y nos arrebataría la dignidad, rebajándonos a la categoría de simples marionetas. Eso que se ha llamado ley natural es la ley moral que tanto admiraba Immanuel Kant y que late en nuestro interior con la fuerza de un corazón rebosante de vida. Los escuadrones alemanes que fusilaban judíos, gitanos y comunistas en la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial no lograba acallar ese latido, pese a que su ideología justificaba sus crímenes.

De hecho, algunos matarifes acabaron en hospitales de salud mental, atormentados por haber asesinado a mujeres y niños. Las cámaras de gas se crearon para eximirles de su criminal tarea. ¿Cómo se manifestó Dios en aquella hora trágica? Con los gestos de miles de personas que arriesgaron sus vidas para salvar a las víctimas. El diplomático sueco Raoul Wallenberg, la enfermera polaca Irena Sendler y el diplomático español Ángel Sanz-Briz solo son tres de los nombres de los hombres y mujeres que obraron de acuerdo con la voz de su conciencia. La compasión no es una construcción social, sino un hecho metafísico. O, si se prefiere, una prueba teológica, un poderoso indicador de la existencia de Dios. 

Según los periódicos, Almudena llevaba la pulsera de una cofradía, lo cual sugiere que es una mujer cristiana. No sé si rezó durante las angustiosas horas que pasó atrapada en el vagón, suplicando la intervención de Dios. Torres Queiruga sostiene que el sentido de la oración no es pedir a Dios una intervención milagrosa, sino abrir la conciencia a un compromiso real con nuestros semejantes. Dios es amor incondicional y su amor y su cuidado ya están volcados al máximo en la realidad, pero su acción en el mundo no consiste en alterar las leyes de física o la biología, sino en llamar continuamente al ser humano a imitar el ejemplo del buen samaritano, que interrumpió su camino para ayudar a un herido. Dios se preocupa por cada ser humano, pero no se comporta de forma arbitraria, salvando o curando a unos y abandonando a otros. No es posible afirmar que Dios es amor y, al mismo tiempo, sostener que solo atiende algunas súplicas. ¿Salvó a Almudena y dejó morir al resto de los pasajeros del vagón? Las leyes naturales son inmutables. Si no lo fueran, el mundo sería caótico e impredecible. Dios respeta la autonomía del mundo, pero no mira desde arriba, como un titiritero, sino desde dentro, compartiendo el sufrimiento de las víctimas. La muerte en la cruz es la mejor prueba de su compromiso con el ser humano. 

Dios no exigió un sacrifico vicario para perdonar a la humanidad. Esa idea es un atavismo irracional. Dios asumió por amor al hombre y por su responsabilidad como creador lo que significa vivir y morir en un mundo material, finito y limitado, donde a veces la libertad se utiliza para cometer las peores indignidades. Sin embargo, la cruz no constituyó el final, sino la realización de una promesa que introdujo la esperanza radical en el devenir histórico, destruyendo el fatalismo que augura el triunfo de la muerte. Con la resurrección, la muerte pierde su poder y se convierte en el preámbulo del despertar a la vida plena y eterna en Dios. Almudena ha sobrevivido, pero los que murieron en el tren ya han sido resucitados por el amor creador de Dios. La resurrección no es volver a la vida tal como la conocemos, sino acceder a la comunión perfecta con lo divino. La resurrección no debe interpretarse como la reanimación de un cadáver ni como la inmortalidad del alma, sino como la restitución de la persona en su totalidad. Lo que pervive es su peripecia histórica, su capacidad de amar, su libertad y su identidad profunda, transfiguradas en una realidad nueva que ya no está sujeta a los límites de la materia física.

Oración por Urda
Oración por Urda

El silencio de Dios es en realidad el silencio del hombre. Dios siempre está ahí, latiendo como un corazón que -como escribió Francisco en su última encíclica, Dilexit nos (“Nos amó”)- “nos espera sin condiciones, sin exigir un requisito previo para poder amarnos y proponernos su amistad”. El silencio de Dios se rompió en Urda cuando Salvador agarró la mano de Almudena. El compromiso cristiano se manifiesta cada vez que alguien sufre y alguien acude en su auxilio. En Urda, en Gaza, en la Cañada Real, en Sudán o en cualquier otro escenario donde la humanidad gime y reclama consuelo. 

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