¿Todos, todos, todos?: Qué significa seguir a Jesús
"Como apuntó san Juan de la Cruz, al atardecer de la vida se nos juzgará por el amor, no por haber observado escrupulosamente ritos trasnochados o dogmas arbitrarios"
Se ha malinterpretado el “todos, todos, todos” del papa Francisco, muchas veces de forma maliciosa. Esa expresión surgió fundamentalmente como una corrección de la nefasta y anticristiana exclusión de la iglesia de ciertos colectivos, como las personas LGTBI o los divorciados, y como una forma de subrayar la preferencia cristiana por los grupos tradicionalmente menospreciados y discriminados, como inmigrantes, personas sin hogar o personas con discapacidad. El “todos, todos, todos” no abre las puertas a todos, sino a los que están dispuestos a asumir el compromiso cristiano. No es posible seguir a Jesús y albergar odio contra los más débiles y frágiles. El seguimiento conlleva abrazar los valores del Evangelio: generosidad, desprendimiento, solidaridad, indulgencia, pacifismo, inconformismo.
Francisco advirtió que alimentar el odio y el rechazo a los inmigrantes u otros colectivos vulnerables es anticristiano: “Dios está con los migrantes, no con quienes los rechazan”. Es “criminal” no abrir las puertas a los necesitados. En un encuentro con la Asociación Internacional de Derecho Penal, Francisco advirtió que la persecución de las minorías era una de las lacras de nuestro tiempo y la evidencia de que el fascismo no era un asunto del pasado: “No es una casualidad que a veces reaparezcan emblemas y comportamientos típicos del nazismo [...]. Les confieso que, cuando escucho discursos de algunos responsables de orden público o de gobiernos, me vienen a la mente los discursos de Hitler en 1934 y 1936”.
León XIV ha expresado ideas similares. En su visita a las Islas Canarias, afirmó que Europa no podía proclamar la dignidad humana y, al mismo tiempo, acostumbrarse a que el mar se haya convertido en la fosa común de miles de inmigrantes. Prevost pidió que no se mirara a los que huyen de la pobreza o la guerra como cifras, sino como a “esa niña que podría ser nuestra hija”. Si somos capaces de hacerlo, “la conciencia se queda sin excusas”. Las naciones que acogen a los inmigrantes deben hacer que se sientan “como en la propia familia” y ofrecerles “la posibilidad de desarrollar sus talentos”. La ultraderecha, que solo se declara cristiana para vituperar al islam o a las personas LGTBI, habla abiertamente de “remigración” y de “deportaciones masivas”. Hay que subrayar que el “todos, todos, todos” no se aplica a los que pisotean los valores del Evangelio. No importa que se arrodillen ante el sagrario y se den golpes en el pecho. Jesús ya advirtió contra esa hipocresía y utilizó palabras muy duras para calificar a los que la profesaban: “serpientes”, “sepulcros blanqueados”, “víboras”. El precepto elemental del cristianismo es muy sencillo: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”. El que es incapaz de amar, el que levanta muros, el que cierra puertas, el que explota y se enriquece con el sudor ajeno, el que condena a la pobreza y la precariedad, el que desahucia, el que acumula, el que no comparte, se excluye a sí mismo de la comunidad cristiana.
Los “sepulcros blanqueados” “atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres” (Mateo 23:4), y limpian “lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro están llenos de robo y de injusticia (Mateo 23:25). Jesús, lejos de acoger a los que obran de ese modo, los aleja de sí: “Jamás os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:23). El “todos, todos, todos” de Francisco debe entenderse como una variación del anuncio de que los últimos serán los primeros y no como una demagógica apertura a los que pretende apropiarse del Evangelio para justificar situaciones de opresión y abuso.
La primavera vaticana inaugurada por Juan XXIII fue efímera y, aunque Francisco y León XIV han puesto en marcha iniciativas para restaurarla, nada indica un retroceso del integrismo promovido por Wojtyla y Ratzinger. Afortunadamente, contamos con figuras como Óscar Romero, canonizado por Francisco por su compromiso con los pobres y su vigorosa denuncia de la violencia ejercida por el ejército salvadoreño y los paramilitares para preservar los injustos privilegios de las elites. Durante su proceso de beatificación, el papa argentino comentó en una carta: "Él supo ver y experimentó en su propia carne el egoísmo que se esconde en quienes no quieren ceder de lo suyo para que alcance a los demás”. Se preocupó de “las mayorías pobres” y pidió a los poderosos que convirtiesen “las armas en hoces para el trabajo”.
No está de más recordar que ningún obispo español acudió de forma oficial a la ceremonia de beatificación de monseñor Romero, celebrada el 23 de mayo de 2015 en San Salvador. Al parecer, Rouco Varela telefoneó a varios obispos para convencerles de no asistieran a la ceremonia porque era “una beatificación política”. Un periodista latinoamericano de extrema derecha afirmó que la beatificación era un gesto de complicidad con la guerrilla marxista. Óscar Romero no era marxista, sino cristiano y el cristianismo surgió como la promesa de un Reino sin injusticias ni desigualdades. Según Ernst Bloch, el marxismo heredó ese impulso utópico.
Aunque Romero no profundizó en esta cuestión, su forma de entender el Evangelio refleja hecho. En una de sus homilías, exclamó: “Se idolatra, como si fuera un Dios, el bienestar, las riquezas, las cosas de la tierra”. En otra, añadió: “¡Qué sacrificios enormes se hacen ante la idolatría del dinero! No solo sacrificios, sino iniquidades. Se paga para matar, se paga el pecado, y se vende... Todo se comercializa, todo es lícito ante el dinero”. En un artículo titulado “Reflexiones en torno a la realidad nacional”, acusó a las elites de utilizar la violencia para conservar la riqueza acumulada de forma ilegítima: “La oligarquía está defendiendo sus egoístas intereses, no con razones, no con apoyo popular, sino con lo único que tiene: el dinero, que les permite comprar armas y pagar sicarios para masacrar al pueblo...”. Cuando le acusaba de ser un subversivo, Óscar Romero contestaba: “Si denuncio y condeno la injusticia es porque es mi obligación como pastor de un pueblo oprimido y humillado”.
El “todos, todos, todos” de Francisco no es un pasaporte en blanco, sino una llamada a la conversión. Y, en este caso, conversión no significa abrazar los dogmas, fríos, retóricos y, en ocasiones, poco cristianos, sino asimilar el mandato de fraternidad universal que Jesús situó en el centro de su mensaje. Todos los seres humanos merecen respeto, todos merecen disfrutar de unas condiciones de vida dignas, gozar de libertad y solidaridad, no sufrir agravios ni injusticias, pero los que conspiran contra esos derechos, los que arrojan a la intemperie a los más débiles o fomentan la violencia, la desigualdad y el desamparo, no pueden ser acogidos en una comunidad cristiana, salvo que se arrepientan y abandonen su codicia, egoísmo e insolidaridad. Si Mateo no hubiera renunciando a su condición de recaudador de impuestos, no habría merecido ni podido seguir a Jesús.
Como apuntó san Juan de la Cruz, al atardecer de la vida se nos juzgará por el amor, no por haber observado escrupulosamente ritos trasnochados o dogmas arbitrarios. El mayor pecado será no haber amado, no haber hecho lo posible para que el mundo fuera un poco mejor después de nuestro paso por él. Jesús llamó a todos, pero no para seguirlo pasiva o formalmente, sino para imitar su ejemplo. “No nos reveló religiosidad sino humanidad”, advirtió con clarividencia Ernesto Cardenal. No fundó una religión, sino un estilo de vida caracterizado por la entrega, el amor y la solidaridad. El que no entienda esto traiciona -casi siempre sin saberlo- la utopía del Reino.
