El fanatismo no es un exceso de fe, sino física
Hay una intuición compartida por muchos creyentes, aunque no siempre se atrevan a decirla en voz alta, y es que el fanatismo no consiste en tener demasiada fe, sino en algo casi lo contrario. El fanático no es quien cree "demasiado", sino quien ha perdido la capacidad de habitar la fe con la soltura, el margen y la flexibilidad que permiten a una tradición viva seguir respirando.
Quiero proponer un enfoque para entender este fenómeno que, sorprendentemente, proviene de la física. Y no porque la fe sea reducible a fórmulas, sino porque hay procesos estructurales que se repiten en sistemas diversos (tanto en los físicos como en los culturales), y observarlos desde fuera puede ayudarnos a entender mejor lo que ocurre en su interior.
Una fuerza que dispersa y desordena
En física, la entropía describe la tendencia natural de los sistemas a pasar de estados ordenados y concentrados a estados más dispersos. El calor se reparte, las diferencias se diluyen y lo que estaba unido se disgrega. No hace falta voluntad alguna para que esto ocurra; basta con que transcurra el tiempo.
Pues algo similar sucede en el ámbito de las creencias compartidas. Cualquier tradición religiosa, por sólida y milenaria que sea, convive con la tendencia constante a la dispersión. Las interpretaciones se multiplican, las prácticas se diversifican según las regiones y las generaciones, y surgen corrientes, sensibilidades y énfasis distintos dentro de un mismo tronco doctrinal. Es lo que ha ocurrido, en mayor o menor medida, en todas las grandes tradiciones a lo largo de la historia. Y no se trata de una patología, sino simplemente de lo que sucede cuando una tradición viva atraviesa el tiempo, las culturas y las generaciones.
Los mecanismos que aportan estructura
Frente a esa tendencia dispersiva, toda tradición religiosa ha desarrollado, también de forma natural, ciertos mecanismos que generan cohesión, como una jerarquía que articula la comunidad, una ortodoxia que define los contornos de lo creído en común, unos relatos fundacionales que enraízan la identidad compartida y unos ritos repetidos que renuevan los vínculos entre quienes los celebran.
Estos mecanismos no son de naturaleza represiva, sino estructurales. Aportan forma a algo que, sin ellos, se rompería en infinidad de fragmentos dispersos. Es lo que posibilita que una comunidad de fe pueda ser, generación tras generación, una comunidad y no una simple colección de individuos que comparten, cada uno a su manera, una etérea sensibilidad espiritual.
La cuestión interesante no es si estos mecanismos existen —porque siempre existen, en cualquier tradición—, sino cómo funcionan. Y aquí aparece una distinción que estimo fundamental.
Cuando se atasca el mecanismo
Pongamos como ejemplo un termostato. Su función es mantener la temperatura de un ambiente dentro de límites adecuados. Ejecuta correcciones cuando hace demasiado frío o demasiado calor, para que el ambiente resulte habitable. Un termostato averiado que solo baja la temperatura sin parar, sin medir ni tener en cuenta las consecuencias a su alrededor, no produce un ambiente más ordenado, sino un ambiente inhabitable.
Puede ocurrir algo similar con los mecanismos que articulan la cohesión religiosa. Cuando dejan de funcionar como reguladores y se convierten en una maquinaria unidireccional, ocurre que la jerarquía ya no articula, sino que solamente impone; la ortodoxia ya no define el espacio común, sino que solo expulsa; los relatos fundacionales ya no inspiran, sino que se usan exclusivamente para señalar a quienes tienen que quedarse fuera; y los ritos ya no refuerzan ni renuevan los vínculos, sino que se convierten en meros marcadores de pureza frente a los que "no los realizan bien".
Cuando esto sucede, el mecanismo corrector —saludable y necesario en su funcionamiento normal— se convierte en su propia caricatura y resulta dañino. A esa caricatura se la denomina fanatismo.
El fanatismo como hiperneguentropía
Conviene profundizar un poco más en esta idea, porque aquí, creo, está la clave de todo el argumento. En física existe el concepto de neguentropía —entropía negativa—: la capacidad de un sistema para generar orden y concentrar energía e información frente a la tendencia general a la dispersión y el desorden. Toda vida, de hecho, es una neguentropía en acción. Un organismo vivo es, precisamente, un islote de orden que se mantiene a contracorriente del desorden general. Y ya hemos visto que las tradiciones religiosas necesitan su propia neguentropía —jerarquía, ortodoxia, relato fundacional, rito— para no disolverse en la dispersión.
El fanatismo, sin embargo, no es un exceso de la sana neguentropía, sino su versión patológica, que podríamos llamar hiperneguentropía. Un sistema que ya no busca el equilibrio entre el orden y la apertura, sino que persigue el orden como fin en sí mismo, sin límite ni capacidad de moderación. Un organismo vivo necesita cierto grado de intercambio con su entorno —absorber, soltar, adaptarse— para seguir siendo un organismo vivo. Pero si se cierra por completo sobre sí mismo en busca del orden total, ya no se vuelve más fuerte, sino que se asfixia. Eso es lo que le ocurre a una fe que se vuelve fanática. No es una fe demasiado intensa; es una fe que ha convertido el mecanismo regulador en su único movimiento y que, paradójicamente, por eso mata aquello que pretende proteger.
No es "demasiada fe"
Esta perspectiva permite entender por qué la frase "el fanático tiene demasiada fe" resulta imprecisa. Lo que le ocurre al fanático no es un exceso de confianza en Dios ni una entrega desmedida. Más bien, se trata de un funcionamiento incorrecto del mecanismo regulador, que consiste en la pérdida de la capacidad de mantener el equilibrio entre la identidad propia y la apertura al mundo, entre la firmeza de las convicciones y la posibilidad de seguir aprendiendo, escuchando y dialogando.
Muchos fanáticos religiosos muestran, en otros aspectos de su vida espiritual, una acusada superficialidad. Hablamos de ritualismo sin interioridad, de dogmatismo sin formación teológica sólida o de celo apostólico sin caridad. Y no es que tengan "demasiada" fe, sino que su fe —o lo que entienden por fe— ha quedado reducida a uno solo de sus componentes, al que han hipertrofiado hasta que ha ocupado todo el espacio.
Una mirada necesaria para nuestro tiempo
Esta forma de entender el fanatismo tiene, creo, una doble utilidad pastoral.
Por un lado, ayuda a quienes, en las comunidades de fe, se preocupan —y con razón— por la creciente polarización, por esos discursos que dividen entre "los nuestros" y "los enemigos de la fe" y por una ortodoxia que señala cada vez más, pero acompaña menos. Permite afirmar que eso no es fe intensa, sino un mecanismo averiado. Y los mecanismos averiados se repararán, no negándolos ni eliminándolos, sino devolviéndolos a su función reguladora genuina.
Por otro lado, también ayuda a diferenciar con claridad lo que es la firmeza saludable de las convicciones —la que toda tradición necesita para no disolverse en su contexto— del endurecimiento identitario que empobrece la propia tradición que se dice defender. Sin duda, toda defensa firme de la identidad religiosa no es fanatismo. Pero cuando esa defensa solo sabe excluir, acusar y cerrar puertas, conviene preguntarse si el termostato sigue midiendo la temperatura o si simplemente está atascado en una sola posición.
Una pregunta que queda abierta
Quizá la pregunta más fecunda no sea "¿cómo combatir el fanatismo?", sino otra más cercana a quienes vivimos la fe desde dentro: ¿cómo cuidamos esos mecanismos —jerarquía, ortodoxia, memoria fundacional, ritos— para que sigan siendo lo que están llamados a ser y no muros que encierran, sino estructuras que sostienen una vida en común, abierta y viva?
Podemos concluir afirmando que la fe sana no necesita de este endurecimiento que hemos descrito para sobrevivir. Lo que en realidad necesita es la flexibilidad suficiente para seguir siendo fiel a sí misma, a la vez que dialoga con un mundo en constante cambio y cada vez más acelerado. El fanatismo no es ninguna prueba de fortaleza espiritual, sino casi siempre su expresión contraria.