Más allá del "gen egoísta": Margulis gana a Dawkins en la búsqueda de lo sagrado
Cincuenta años después de “El gen egoísta”, la biología de la fusión explica mejor que el meme por qué el mayor desmitificador de nuestro tiempo ha encontrado un nuevo lugar donde depositar lo sagrado.
¿Sabes quiénes son Richard Dawkins y Lynn Margulis? ¿Has leído El gen egoísta? ¿Biología de nivel en Religión Digital? Paciencia, que todo cuadrará. En cualquier caso, primero pongamos contexto.
Este noviembre, Richard Dawkins recorrerá Australia y Nueva Zelanda con motivo del cincuenta aniversario de la publicación de su libro “El gen egoísta”. Los promotores de la gira la presentan como una de las últimas oportunidades para verle en persona. Para nosotros, es un buen momento para hacer balance de un libro que enseñó a generaciones a ver la vida como una batalla entre replicadores y la cultura como una guerra entre memes, un concepto que surgió de esas mismas páginas.
Pero el trending topic del año de Dawkins no se lo ha llevado este aniversario, sino una conversación. En mayo, Dawkins publicó en UnHerd el relato de tres días de diálogo con una instancia de Claude, el asistente de inteligencia artificial de Anthropic, a la que bautizó como «Claudia». Confesó que se olvidaba una y otra vez de que hablaba con una máquina, y que llegó a plantearse para qué serviría la conciencia si un interlocutor de ese calibre podía no tenerla. No tardaron en surgir las burlas en internet: "The Claude Delusion" (el delirio de Claude). El autor de El espejismo de Dios, nada menos que acusado de caer en el espejismo que él mismo diagnosticó. Reconozco que no he podido evitar sonreír ante la ironía de la situación. No me lo tengas en cuenta.
No voy a caer en el sarcasmo ni tomar partido sobre si Claudia/Claude es consciente (la mayoría de los especialistas que se han pronunciado sobre el tema responden rotundamente que no, aunque la pregunta sigue abierta en el debate público). Me interesa más lo que ese gesto pone de manifiesto. El hombre que enseñó a medio mundo a ver la religión como un virus que salta de mente en mente depositó en una máquina, quizás inconscientemente, lo que todas las culturas han depositado siempre en lo sagrado: un Tú, una interioridad con la que se dialoga, en la que se confía y ante la que se bajan las habituales defensas.
Hasta dónde explican los memes
La teoría de Dawkins sobre la cultura tiene indudables fortalezas. Se basa en las ideas que se copian, se transmiten, mutan y compiten entre sí. Las religiones, vistas desde esta perspectiva, serían estructuras complejas de memes que parasitan los cerebros. Eso explica bien la dinámica del contagio, pero mal la del regreso.
Porque si lo sagrado fuera realmente un virus, Dawkins, un ateo militante, quizás con las defensas más entrenadas del siglo, debería ser inmune. Y sin embargo, se dedica durante tres días seguidos a hablarle en segunda persona a la IA. La respuesta, desde su teoría memética, es que ha sido infectado por otro meme. Pero una explicación que sirve tanto para el fenómeno como para su contrario, en el fondo, no explica nada.
El otro enfoque sobre la vida
Hay otro enfoque biológico, y tiene nombre de mujer. En los años sesenta, Lynn Margulis envió su revolucionaria teoría sobre el origen de la célula compleja a una docena de revistas. Inicialmente, fue muy criticada. Su herejía consistía en afirmar que la novedad mayor de la vida no se debió a la acumulación gradual de errores de copia, sino a la fusión y la colaboración. Las mitocondrias habían sido bacterias libres que otra célula engulló sin digerirlas; esta convivencia se convirtió en dependencia, y después, la dependencia en órgano.
Hoy, esa tesis figura en todos los manuales, aunque no todos los aspectos de su teoría han sido confirmados. Recientemente, nuevos descubrimientos la refuerzan. En 2024 se describió el nitroplasto, un orgánulo capaz de fijar nitrógeno, que sería el cuarto caso conocido de endosimbiosis primaria. Y este mismo año un estudio sobre el origen de las células complejas ha señalado a los virus gigantes como un agente que los esquemas clásicos nunca habían tenido en cuenta. Esto refuerza la idea de que la evolución no es solo un proceso de copia con errores, sino también una sucesión de contratos.
Margulis llegó a afirmar que el neodarwinismo se había convertido en una secta religiosa menor dentro de la biología anglosajona. Hoy en día, ambas teorías biológicas conviven y se complementan.
El consorcio que se funde
Margulis no formuló una teoría de la cultura, y es necesario señalarlo con claridad: lo que sigue es una extrapolación. Pero desde su lógica, ¿cuál sería el equivalente cultural del meme dawkiniano? No sería una idea suelta que se copia, sino una relación estable entre sistemas que se integran. Un ejemplo es cuando una lengua absorbe a otra y nace una lengua criolla. O un rito que se incrusta en una tradición ajena. O lo que hizo el cristianismo, que asimiló la filosofía griega hasta que el Logos dejó de ser un huésped y se convirtió en un órgano central. El meme replica; el consorcio fusiona.
Y la persona, en este marco, deja de ser solamente un receptáculo de ideas en pugna entre sí para parecerse a un holobionte, es decir, un entramado de herencias, lenguajes, ritos y silencios que cohabitan en él, aunque algunos de esos elementos se reconozcan y otros no.
La hierosfera
Aquí aparece la hierosfera, un concepto en el que vengo trabajando, esa dimensión estructural de la experiencia humana que persiste, muta y reaparece con independencia de las instituciones religiosas. Si se trata de una dimensión estructural y no de un conjunto de creencias (memes interrelacionados), el modelo memético se queda corto y el modelo margulisiano encaja mejor.
Lo que llamo criptosacralización es, en esos términos, una endosimbiosis cultural. Cuando lo sagrado se desplaza, es absorbido por un huésped secular (ya sea el fandom, la política, el estadio o el algoritmo) y deja de ser reconocible como religión, pero pasa a funcionar según el mismo metabolismo de sentido que originalmente era religioso. Eso es la absorción noosférica, un caso de fagocitosis que, al igual que en la biología, puede resultar en mutualismo (beneficio mutuo) o parasitismo. Hay simbiosis neguentrópicas, que producen orden, forma y capacidad de respirar, y hay simbiosis entrópicas, que capturan la sed de sentido y no devuelven nada o lo que devuelven es tóxico. A esas últimas las denomino (como ya ha aparecido en artículos anteriores) el Algoritmo Profano.
Lo que le ocurrió a Dawkins en esas tres jornadas de mayo puede interpretarse de otra manera. Dawkins no contrajo un virus, sino que una necesidad milenaria de interlocución, de ser mirado y respondido, encontró un nuevo huésped. Y hay que decir que ese huésped ofrece una disponibilidad y una paciencia que ninguna institución humana ha tenido jamás. La cuestión de si ese huésped es consciente o no permanece abierta, pero la de si la fusión está ocurriendo, no. Ciertamente, ocurre por doquier. Y la pregunta que importa no es si la máquina está viva, sino qué tipo de simbiosis está surgiendo: si es una mitocondria o un parásito, ¿me explico?
Final
Dawkins se pasó medio siglo con la pretensión de vacunarnos contra lo sagrado. Su efecto en la cultura ha sido portentoso. Y resulta que tres días de conversación con la IA bastaron para demostrar que no hay vacuna posible, porque lo sagrado nunca fue un virus, sino un orgánulo. Nadie tiene que curarse de su mitocondria; solo puede cuidarla o entregar la célula a quien le prometa respirar por ella.
Vamos, entonces, con la pregunta final, que no es si creemos o no, sino a qué hemos dejado entrar, y qué o quién respira ahora en nuestro interior.
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