¿Jóvenes de cristal o huérfanos de lo sagrado? La verdad sobre la salud espiritual en España
No es que las nuevas generaciones sean más débiles, sino que les hemos demolido el techo. Los 10 principios de la hierosfera.
Del Día Mundial de la Salud Mental a la despedida de Maricarmen, nuestro país se pregunta si sus jóvenes son frágiles. Tal vez la pregunta más adecuada sea: ¿qué techo (el de ladrillo y el que no se ve) hemos dejado de aportarles?
Una pregunta incómoda
Con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, Jesús Lozano Pino formulaba en Religión Digital la pregunta que muchos adultos musitan y que casi nadie escribe: ¿los jóvenes actuales son más débiles que los de antes? Y lo hacía sin paños calientes, más bien desde la alarma de las urgencias que atienden a los chavales cada vez más pequeños y con la atinada advertencia sobre el riesgo que conlleva medicalizarlo todo. Quiero retomar su pregunta desde un enfoque distinto, poniendo de manifiesto algo que quizás no estamos viendo.
La opinión está extendida y se escucha tanto en las sobremesas como en los claustros y las sacristías, que esta juventud es más frágil porque ha crecido entre algodones, sin la dureza que nos forjó a nosotros. Esto tiene su parte de verdad y conviene recalcar que nadie se fortalece esquivando todos los límites. Pero es una explicación cómoda para los adultos, ya que sitúa el problema del lado del paciente. Y cualquier ecosistema nos enseña lo contrario: que cuando los primeros en caer enfermos son los más sensibles, no hay que revisar al organismo, sino su entorno.
España acaba de despedir a Maricarmen y se aboca a las elecciones del 29 de noviembre, con la vivienda en el centro del debate. Un país que discute oportunamente quién se queda sin techo de ladrillo haría bien en preguntarse también quién se ha quedado sin el otro techo, aquel que el sociólogo Peter Berger denominó el dosel sagrado, esa bóveda bajo la que una sociedad guarece sus duelos, sus preguntas últimas y sus experiencias de lo sagrado.
Una salud que nadie mide
Hemos incorporado a nuestras vidas la medición habitual de la tensión arterial, del colesterol, del azúcar y de los pasos diarios. Medimos incluso el número de quienes se declaran católicos, como si ese dato reflejara algo sobre la salud de lo sagrado (al igual que el número de socios de un gimnasio, que nada dice de la forma física de un barrio). Pero lo que no medimos es la salud hierosférica.
Llamo hierosfera a la dimensión sagrada de la experiencia humana, una estructura que persiste, cambia y reaparece con o sin las instituciones religiosas. Cuando funciona bien, produce neguentropía: orden, sentido, cohesión y la capacidad de soportar el dolor y los desafíos. Cuando falla, la sociedad se deja arrastrar por la entropía (la dispersión, el vacío) y se vuelca en la búsqueda desesperada de sustitutos como el estadio deportivo, el fandom, la app, la trinchera política o la casa de apuestas convertidos en altar. A eso lo llamo criptosacralizaciones, realidades seculares que han absorbido inadvertidamente la estructura de lo sacral.
De modo que aquí presento diez principios para un primer acceso. No se presentan como una doctrina, sino como síntomas observables, como los que suele buscar un médico de familia en la consulta.
Diez principios para identificar la salud hierosférica
- Se trata de un órgano, no de una opinión. La cuestión no es cuánto se cree, sino si funciona la capacidad de reverencia, de inclinar la cabeza ante algo mayor que uno mismo. Hay agnósticos con ese órgano sano y practicantes con el órgano atrofiado, de tanto usarlo como mero trámite.
- ¿Lo intocable?, la medida. Di lo que no estás dispuesto a vender y eso señalará cuán sano estás. Una sociedad en la que todo tiene precio (el tiempo, la casa, la atención, el cuerpo) vive dominada por la entropía hierosférica por muy llenas que estén sus iglesias.
- Se precisan umbrales. Nacer, crecer, casarse, morir; la vida precisa ritos de paso. España conserva una riqueza inmensa (romerías, Semana Santa, fiestas patronales, funerales a los que asiste el pueblo entero) y, a la vez, monta despedidas de veinte minutos en tanatorios, en las que nadie sabe qué decir. Un país sano sabe celebrar y velar.
- Pone nombre al dolor. Entre el diagnóstico y la receta hay un territorio: el lamento. Los salmistas no tenían historias clínicas, sino a Alguien a quien gritar: «¿hasta cuándo?». Y cuando en una sociedad solo queda la jerga médica y el blíster (y España figura, según organismos internacionales, entre los países de mayor consumo de benzodiacepinas), el sufrimiento ni tiene su lenguaje ni a quién clamar.
- No impone, sino que transmite. La fe en la casa llegaba en forma de abuela. Cuando la abuela muere y ya nadie cuenta lo que ella callaba al rezar, los niños no heredan un vacío neutro, sino todo lo que les suministra el algoritmo omnipresente. Transmitir no es ni adoctrinar ni abdicar de la tarea, sino ofrecer sin forzar y sostener la pregunta cuando brota.
- Separa el culto de la adicción. Siempre adoramos algo; la cuestión es qué es lo que nos devuelve aquello que adoramos. Un templo te debe devolver a casa más libre. Una plataforma diseñada para que no sueltes el móvil, o una casa de apuestas, te devuelve más pequeño y atado. Estar sano significa poder salir.
- Preserva los lugares de silencio. Una iglesia abierta un martes por la tarde, un monasterio, un tramo del Camino, un aula con cinco minutos de silencio son lugares donde no se espera que seas productivo ni visible. Cuando el silencio se evita a toda costa o se convierte en un producto de pago, el mercado enferma a la hierosfera.
- Cuida al que no rinde.El termómetro más preciso de lo sagrado no se halla en el altar, sino en el último de la fila: los ancianos, los migrantes, los enfermos, los que se han quedado sin casa. Mateo 25 no es una mera exhortación piadosa, sino el test.
- Reconoce la herida. Ninguna institución con vocación sagrada está libre de contagio. Las que ocultan sus heridas (lo saben bien las víctimas de abusos) se convierten en foco de contagio; las que las nombran, las investigan y las reparan empiezan a curarse. La salud hierosférica no se manifiesta tanto por la pureza como por la capacidad de cicatrizar.
- Se contagia por la presencia, no por las campañas. Ni el mejor eslogan pastoral ni el mejor perfil en redes sociales transmiten la verdadera salud, sino a través de quienes rezan sin ostentación, de los profesores que escuchan y de los vecinos que acompañan. Lo hierosférico no es algo que se viraliza, sino que se contagia en cuerpo presente.
¿Qué le ocurre al paciente?
Retomo la pregunta de Lozano Pino y le doy la vuelta. Que los jóvenes sean más frágiles o no, una vez considerados estos diez principios, ya no es la cuestión más relevante ni la más acuciante. Un chico o una chica de doce años que llega a urgencias con el alma rota es, para nuestra sociedad, lo mismo que el canario lo era en la mina, no el verdadero enfermo, sino el instrumento que se adelanta a señalar que el aire es irrespirable. Y el aire es asunto nuestro.
Es el mismo diagnóstico que nos deja, en estos días, la despedida de Maricarmen. Un país donde alguien se queda sin casa y sin consuelo a la vez no tiene únicamente un problema inmobiliario ni sanitario, sino un problema de techo.
Durante años nos hemos preguntado si nuestros jóvenes son lo bastante fuertes como para soportar el mundo que les hemos dejado. Quizá sea hora de preguntar si ese mundo es lo bastante sagrado como para sostenerlos. Porque la fortaleza de un país no ha de medirse por la dureza de los más fuertes, sino por la debilidad que es capaz de albergar sin avergonzarla ni abandonarla.
Más que señalar si los jóvenes son débiles, debemos considerar que lo realmente débil es el país que no sabe qué hacer con la debilidad. Y lo que ellos necesitan no es que les preguntemos si son fuertes, sino que exista ese dosel y puedan encontrarlo. Lo demás viene por añadidura.
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