¿Es sagrada la propiedad privada?
Entre Nabot y Maricarmen, con el umbral de una puerta en medio
El pasado viernes, el Congreso de los Diputados escenificó una de las fracturas más profundas de la legislatura al tumbar los Reales Decretos-ley 26/2026 y 27/2026. El objetivo del primero era ampliar el escudo frente a los desahucios de personas vulnerables hasta 2030 y regular los alquileres de temporada; el del segundo, blindar la estabilidad de los contratos habituales. La votación fue implacable, en la que una ajustada mayoría, articulada por el PP, Vox, Junts y UPN, derribó esos blindajes sociales. En el hemiciclo, el debate giró en torno a si se estaba sirviendo a las "élites inmobiliarias" o protegiendo la seguridad jurídica; en la calle, los activistas lanzaban octavillas denunciando el gobierno de los "fondos buitre". Y el resultado de esa votación ha propiciado el adelanto de las elecciones.
Detrás de la frialdad de los números (178 a favor y 184 en contra) queda un vacío legal, pero, sobre todo, dolores humanos enfrentados. Es el drama de Maricarmen Abascal, desahuciada en Madrid tras cuatro intentos y convertida en icono de la crisis habitacional junto con el de decenas de miles de desahuciados más. Y también la preocupación de los propietarios que veían vulnerados sus derechos sobre sus propiedades. Dos relatos legítimos, atrapados en una guerra ideológica de trincheras. Ante este escenario, la pregunta de fondo sigue intacta e igual de incómoda: ¿a quién le pertenece el derecho moral sobre un techo?
El choque de legitimidades, de la Biblia a la Constitución
Para entender este conflicto, no basta con consultar el BOE; tenemos que acudir a los fundamentos de nuestra arquitectura jurídica y espiritual. La Constitución Española pretende un equilibrio que resulta casi imposible. El artículo 33 reconoce el derecho a la propiedad privada, aunque de inmediato le impone un límite interno, su función social. El artículo 47 eleva el acceso a una vivienda digna a un mandato constitucional que debe impedir la especulación, y el artículo 128 subordina toda la riqueza del país al interés general. La propiedad en España, por tanto, ni es un derecho absoluto ni ha sido abolida.
Esta tensión legal no es nueva; es el eco de una discusión milenaria que la doctrina de la Iglesia ha ido madurando durante siglos. El pensamiento cristiano siempre ha defendido la propiedad privada (desde la escolástica de Santo Tomás de Aquino hasta la Rerum Novarum de León XIII) como un mecanismo eficaz y pacífico para administrar los bienes terrenales. Sin embargo, cabe señalar que la teología católica la entiende como un instrumento y nunca como un fundamento.
En la encíclica Laborem exercens (y luego en la Sollicitudo rei socialis), el papa Juan Pablo II fue tajante al recordar que la Iglesia nunca ha admitido la propiedad como un derecho intocable, pues está intrínsecamente subordinada al destino universal de los bienes. Es lo que el Magisterio denomina la "hipoteca social" sobre la propiedad, una línea roja teológica que el Papa Francisco volvió a situar en el centro de sus encíclicas Laudato si’ y Fratelli tutti. Y conviene recordar que, ya en el siglo IV, San Ambrosio lo resumía con una contundencia que hoy escandalizaría en las tertulias políticas: "No das al pobre de lo tuyo; le devuelves lo suyo".
Las propias Sagradas Escrituras reflejan esta dialéctica. En el Primer Libro de los Reyes (1 Re 21), la historia de Nabot defendiendo su viña frente a la codicia del rey Acab demuestra que la revelación bíblica protege la pequeña propiedad del ciudadano frente al abuso del poderoso. Pero al mismo tiempo, el Levítico (Lev 25) dinamita cualquier noción de acumulación perpetua al recordar que "la tierra es de Dios" e instituye el año del Jubileo para redistribuir la propiedad. Incluso el Deuteronomio (Dt 24,10-13) introduce una de las primeras normativas humanitarias de la historia: si tomas en prenda el manto de tu prójimo, debes devolvérselo antes de la noche. En el código bíblico, el derecho del acreedor siempre se detiene ante la intemperie del vulnerable.
La criptosacralización del debate y la entropía hierosférica
Como observadores del fenómeno religioso, resulta interesante analizar cómo los lenguajes políticos contemporáneos se han apropiado de lo sagrado. En la hierosfera sabemos bien que lo sagrado no desaparece cuando una sociedad se seculariza; simplemente migra. Asistimos hoy a un claro proceso de criptosacralización en el discurso público.
Antes de la votación, la prensa de corte conservador presentaba los decretos de vivienda con una retórica apocalíptica. Titulares como "Al asalto de la propiedad privada" u opiniones que tachaban la reforma de "medidas pro-okupas" denotaron la elevación de la propiedad individual a la categoría de derecho sagrado intocable, un dogma cuya reforma se percibió como una profanación.
La polarización nos conduce directamente al diagnóstico de la entropía hierosférica, entendida en este caso como la degradación del debate público cuando una sociedad no utiliza las palabras adecuadas para nombrar y respetar lo verdaderamente sagrado. Al sustituir el discernimiento ético por las siglas, los votos y los eslóganes de trinchera, el problema se vacía de su contenido humano.
En lugar de custodiar la hospitalidad y el bienestar de los implicados, la política actual se ha obsesionado con custodiar la llave; se debate sobre el control burocrático y el poder de cerrar la puerta, olvidando la sacralidad del espacio que se habita. En casi todas las culturas antiguas, el umbral de una casa era un espacio sagrado de protección y asilo. En el caso de Maricarmen, fue precisamente esa frontera física (la puerta) la que se intentó quebrar hasta en cuatro ocasiones, lográndolo al final, lo que ha generado un clamor indignado y reivindicativo que recorre muchas calles y plazas del país, bajo tiendas de campaña.
Frente a las sacralizaciones, por una parte, de la intervención absoluta sobre la propiedad y, por otra, de la reivindicación de la propiedad privada como tal, que se traducen en políticas de colectivización plena y de liberalización total, respectivamente, se abren espacios legítimos de intervención parcial y modulada. Veremos cuál de estas líneas de actuación será respaldada en las próximas elecciones y cuáles serán sus consecuencias.
La inversión final
Hemos pasado semanas discutiendo, con dureza jurídica e ideológica, a quién le pertenece legalmente la casa. El Evangelio, sin embargo, desplaza el eje de la discusión y nos plantea una pregunta radicalmente distinta: no quién es el dueño de la propiedad, sino quién está al otro lado de la puerta.
"Estoy a la puerta y llamo", advierte el libro del Apocalipsis (Ap 3,20). Y en el pasaje de Mateo 25, la salvación o la condena no se miden por los títulos de propiedad que se acumulan, sino por la capacidad de acoger o de despedir al otro. La propiedad privada, desde el análisis teológico e histórico, no es sagrada, sino meramente circunstancial y utilitaria. El umbral, la puerta y la persona que llama al otro lado sí lo son. Quien convierte la llave del propietario en un ídolo intocable termina inevitablemente por cerrarle la puerta al hermano, al prójimo. Y esa es, en última instancia, la forma más grave de profanación.
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