La ultraderecha como religión sustituta

Foto:  Marcha neonazi en Múnich 02-04-2005/ Autor:Rufus46/Wikimedia Commons/Licencia CC-Attribution-Share Alike 3.0
Foto: Marcha neonazi en Múnich 02-04-2005/ Autor:Rufus46/Wikimedia Commons/Licencia CC-Attribution-Share Alike 3.0

Los números que molestan

Hay datos que, con honestidad, no podemos ignorar. En las elecciones al Parlamento Europeo de junio de 2024, uno de cada cinco jóvenes europeos de entre 16 y 30 años votó a partidos de ultraderecha. En Francia, el Rassemblement National ya alcanza el 32% entre los menores de 35 años. En Alemania, la AfD atrae a un tercio de ese grupo de edad. En España, el porcentaje de chicos de entre 18 y 24 años con intención de votar a Vox pasó del 21% en 2023 al 39% en 2025. La curva del respaldo a las formaciones ultras ha duplicado su nivel en Europa entre 2008 y 2024.

Estos datos, sin embargo, esconden geografías distintas y tipologías muy diversas. No es lo mismo el caso de un joven de un cinturón industrial desindustrializado en Manchester que el de un universitario madrileño que sube contenido provocador a TikTok. Podemos afirmar que lo que les une, más que una ideología estructurada, es una cierta disposición afectiva. ¿Cuál es la realidad de fondo? Un fuerte hartazgo, una notable desconfianza en las instituciones y la sensación de que el idioma del sistema político es muy distinto al suyo y, en ocasiones, resulta hasta hostil hacia ellos.

Por otra parte, existe una fractura de género muy llamativa y que suele pasar inadvertida. En términos generales, mientras los varones jóvenes se escoran más hacia la derecha radical, las mujeres jóvenes se orientan más hacia posiciones progresistas. La brecha ideológica de género entre los menores de 28 años en España ha aumentado más que en cualquier otro grupo de edad. Además, se concentra casi exclusivamente en la percepción de la desigualdad laboral entre los sexos. Estamos ante una polarización que no es solo política, sino que trasciende. El mundo se experimenta de maneras radicalmente distintas según el género.

La pregunta que este artículo quiere plantear no es la habitual: —¿por qué votan así los jóvenes? —, sino otra más incómoda: ¿qué saben hacer la ultraderecha y sus movimientos culturales con los jóvenes a quienes las instituciones democráticas convencionales ya no logran alcanzar?

La respuesta que vamos a aportar se basa en la teoría de juegos y en el estudio científico de la religión.

Los rituales caros funcionan

¿Cómo se construye la confianza en los grupos humanos? En la teoría evolutiva y en la teoría de juegos existe un concepto central para responder a esta pregunta. Se trata de la denominada señalización costosa. Cuando alguien quiere demostrar que pertenece de forma sincera a un grupo y que está dispuesto a cooperar con él, no basta con decirlo, porque las palabras resultan baratas. Lo que genera confianza real es que el coste sea difícil de falsificar, que la acción conlleve sacrificio, riesgo, tiempo, dolor o renuncia, y que, por ello, solo quien está verdaderamente comprometido con el grupo esté dispuesto a pagar.

Durante milenios, la religión ha sido el sistema más sofisticado de señalización costosa que la cultura humana ha producido. Vamos a detenernos en algunos ejemplos más contraintuitivos, porque resultan los más reveladores.

El ayuno del Ramadán no es solo privarse de alimentos, sino también una señal pública, sincronizada y colectiva de pertenencia que funciona incluso en contextos seculares, porque su coste es verificable y su sincronía social crea un campo de confianza entre todos los que lo practican. El celibato sacerdotal y la castidad religiosa son señales extraordinariamente costosas. La renuncia a la reproducción es el coste biológico máximo posible, además de los costes afectivos que conllevan. Que alguien lo pague voluntariamente señala un compromiso con la institución que resulta creíble precisamente porque no es racional.

También son contraintuitivos los ejemplos estudiados por el investigador Dimitris Xygalatas, ya citado en el prólogo. Los rituales de alta intensidad del hinduismo tamil, como caminar sobre brasas ardientes o perforarse el cuerpo con varillas durante la festividad del Thaipusam, no solo son motivadores de la devoción individual, sino que también incrementan mediblemente la cooperación económica entre los participantes en el ritual durante las semanas posteriores a la festividad. La tesis es inquietante; el dolor compartido produce capital social. La neurociencia confirma que los rituales sincrónicos —moverse juntos, sufrir juntos— liberan opioides y generan vínculos de apego similares a los que se crean en las relaciones más íntimas.

La conclusión a la que se ha llegado es que la señalización costosa de carácter religioso es más eficaz que la secular, porque apela a normas percibidas como eternas e inempíricas. Los valores seculares se pueden cambiar, negociar y revisar, pero no las normas sagradas. Y esa incondicionalidad es lo que las hace más creíbles como garantía de compromiso.

¿Qué ha perdido la democracia liberal?

El problema de las instituciones democráticas liberales no es que hayan perdido el argumento racional, sino el ritual. Han eliminado el coste de pertenencia y abolido la señalización.

Los grandes partidos de masas del siglo pasado desarrollaban rituales de pertenencia muy efectivos, como la militancia, la célula local, la cotización sindical, la participación en manifestaciones arriesgadas, las lecturas obligatorias y los campamentos ideológicos de verano. El Partido Comunista de España, en su lucha contra la dictadura franquista, desarrolló una cultura de vinculación tan potente que generaba identidad de un modo casi sacramental. Los sindicatos de posguerra eran comunidades de práctica con sus propias liturgias efectivas: las asambleas, las huelgas solidarias, el picket line en el que el frío no era un obstáculo.

Todo eso prácticamente ha desaparecido. En la actualidad, votar por un partido de centroizquierda o apoyar a una ONG climática no implica casi ningún coste (salvo que te encadenes a un petrolero en marcha o vayas en flotilla a Gaza). Puedes hacerlo desde el sofá, con un clic, de manera absolutamente anónima y cómoda. Ya no hay comunidad, ni ritual ni señalización; sin señalización, no hay confianza; sin confianza, no hay cooperación sostenible.

La desafección política juvenil no es consecuencia únicamente del fracaso de las políticas públicas —aunque eso también es importante—. Sobre todo, es consecuencia del fracaso institucional—ritual. Las instituciones democráticas ya no generan las experiencias de pertenencia, de sacrificio compartido y de confianza mutua necesarias para que los grupos humanos funcionen bien.

La ultraderecha como sistema de señalización

Aquí está el nudo de la cuestión. La ultraderecha contemporánea, con toda su obscenidad intelectual y su peligrosidad democrática, ha redescubierto instintivamente —no siempre conscientemente— los mecanismos de señalización costosa que generan adhesión profunda.

Vamos a analizar los principales mecanismos.

Narrativas épicas. La ultraderecha ofrece a sus seguidores, más que un programa de gobierno, un mito: nuestra civilización amenazada, el pueblo traicionado, el momento decisivo de la historia. Estos mitos épicos cumplen la función psicológica de otorgar un significado trascendente a las acciones ordinarias. Cuando se vota a la ultraderecha, no se elige una política fiscal sino que se libra la última batalla por tu cultura, tu familia, tu identidad. Cuanta mayor sea la escala épica de la narrativa, mayor será el valor simbólico de la señal.

Identificar y enfrentarse a un enemigo poderoso. Este es quizás el recurso más sofisticado. La ultraderecha nunca señala enemigos débiles ni risibles, sino formidables, como la élite globalista, el Gran Reemplazo, los grandes burócratas de la UE, el Estado profundo. ¿Por qué? Porque cuanto más poderoso es el enemigo, mayor es el coste de enfrentarlo y, en consecuencia, mayor es la señal de compromiso que supone enfrentarse a él. Oponerse a algo fácil, que no cuesta nada, no significa nada ni vale nada. Oponerse a lo que supuestamente te puede costar el trabajo, la reputación o la libertad eleva drásticamente el valor de la señal.

La exaltación identitaria. La identidad, sea étnica, nacional o cultural, funciona como un marco de señalización porque diferencia con claridad el endogrupo (a quienes la señal se dirige) del exogrupo (a quienes se excluye y se señala). Los rituales solo generan confianza cuando los receptores comparten el código. La identidad ultraderechista crea ese receptor con una nitidez mucho mayor que la de las identidades difusas del ciudadano cosmopolita.

Provocación costosa. Aquí reside la clave que menos se tiene en cuenta. Decir en voz alta algo que "no se puede decir", expresar ideas mal vistas y desafiar los tabúes progresistas tiene un coste real —la reprobación social, la cancelación, la estigmatización—, y ese coste convierte estas transgresiones en una señal costosa. Para un joven de 19 años, poner un sticker de Vox en el portátil o defender a Franco, Marine Le Pen, Abascal o Meloni en una conversación universitaria implica arriesgarse al rechazo de sus compañeros. Ese riesgo es la señal. Y la señal genera pertenencia.

Mitología y espiritualidad profana. En los entornos ultraderechistas abundan las referencias a la mitología pagana nórdica, las evocaciones del Imperio Romano y el concepto de Tradición en el sentido nefasto de Julius Evola. No es casualidad. Estos elementos no son meros adornos estéticos, sino verdaderos equivalentes funcionales de la trascendencia religiosa, que refuerzan al movimiento con una dimensión sagrada sin invocar a ningún dios.

Las preguntas antropológicas que todo esto plantea son inquietantes: ¿la ultraderecha actúa como una hierosfera sustitutiva para los jóvenes que han crecido en entornos desacralizados? ¿Está llenando el vacío que dejaron las grandes narraciones seculares —como el progresismo, el internacionalismo, la fe en la ciencia— cuando perdieron la capacidad de generar una comunidad vinculante y efectiva?

El coste como rasgo de autenticidad generacional

Hay una dimensión generacional que merece atención específica. La Generación Z ha crecido en un mundo en el que la autenticidad es el valor supremo, pero también en el que la performance de la autenticidad es omnipresente y, por tanto, sospechosa. Las redes sociales han creado una economía de la señalización barata. Cualquiera puede añadir un postureo de causa a su foto de perfil o firmar una petición en línea. Las señales baratas que aparecen por doquier han devaluado todas las demás.

En ese contexto, la señalización que implica un coste real —ser señalado, tener que defender una posición contracorriente, arriesgar algo— adquiere un valor diferencial en el mercado de la autenticidad juvenil. Es importante señalar que muchos jóvenes que se acercan a la ultraderecha lo describen precisamente como un acto de rebeldía frente a lo políticamente correcto. En el imaginario juvenil, lo políticamente incorrecto tiene un aura de autenticidad que lo políticamente correcto —que se ha convertido en la posición dominante en los entornos educativos, mediáticos y culturales— ya no puede reclamar.

Esta es una de las paradojas más preocupantes del momento actual. La rebeldía juvenil se expresó históricamente como la ruptura con el orden conservador; ahora se manifiesta, en ciertos contextos, como la ruptura con el consenso progresista. Y esto no se debe a que los jóvenes sean conservadores en algún sentido profundo, sino a que el conservadurismo radical implica hoy un mayor coste de señalización y, por tanto, un mayor aval de autenticidad.

Desafíos para las instituciones democráticas

La pregunta que se sigue de todo lo anterior no es, ciertamente, retórica, sino acuciante: ¿pueden las instituciones seculares actuales —partidos, sindicatos, universidades, movimientos civiles— incorporar mecanismos equivalentes de señalización costosa sin caer en la regresión ética o religiosa? La respuesta es afirmativa, pero requiere mucha honestidad sobre lo que se ha perdido y una notable valentía y determinación para recuperarla.

Proponemos algunas líneas de acción:

Recuperar los rituales en la práctica política. Las instituciones democráticas necesitan definir y proponer rituales que impliquen tiempo, presencia física y esfuerzo real. Ya no basta con votar cada cuatro años. La participación en las asambleas de barrio, la militancia local y el servicio cívico obligatorio —fórmula que varios países europeos están explorando— son mecanismos necesarios que generan el tipo de experiencia compartida en la que se basa la confianza.

Crear comunidades de práctica que impliquen compromisos verificables. Los movimientos como Fridays for Future, 15-M o Black Lives Matter generaron adhesión masiva inicial precisamente porque implicaban salir a la calle, exponerse y arriesgarse. Cuando esa movilización física desaparece y el movimiento se virtualiza, la señalización se abarata y la cohesión se debilita. Las instituciones que aspiren a generar confianza sostenible necesitan diseñar compromisos con un coste real, significativo y verificable.

Ofrecer narrativas de escala épica intelectualmente honestas. El cambio climático, la amenaza a la democracia y la desigualdad estructural son crisis y desafíos de dimensión histórica, absolutamente reales, potencialmente apasionantes y movilizadores. Pero el discurso institucional tiende a abordarlas con un lenguaje burocrático y tecnocrático que difumina todo su potencial épico. Las instituciones democráticas necesitan recuperar la capacidad de narrar la historia como algo que importa trascendentalmente, aunque sin caer en la demagogia ni en la falsificación.

Presentar el coste como una señal y no como un obstáculo. Aquí, la teoría de juegos aporta claves con precisión. La señalización funciona cuando el coste es observado por el endogrupo. No basta con que la militancia conlleve esfuerzo; es necesario que ese esfuerzo sea visible para la comunidad y genere reconocimiento. El diseño institucional necesita pensar con mayor cuidado en cómo hacer visibles los compromisos reales.

Reforzar la dimensión identitaria sin caer en identitarismos excluyentes. La ultraderecha sabe explotar la necesidad humana de identidades claras y de pertenencias concretas y verificables. La respuesta no puede limitarse a la apelación a una identidad cosmopolita abstracta que no genera un sentido de pertenencia intenso en casi nadie. Las democracias fuertes necesitan construir identidades cívicas concretas, locales y cargadas de emoción que compitan con la identidad étnica sin replicar ni su exclusivismo ni su xenofobia.

Una pregunta que no se puede eludir

Hay una pregunta más profunda que subyace a todo este análisis y que tiene implicaciones directas para quienes trabajamos en el ámbito de la filosofía de la religión y de la cultura contemporánea: ¿estamos ante una crisis de lo sagrado o se trata de una reconfiguración de lo sagrado?

La teoría de la hierosfera sostiene que lo sagrado no desaparece, sino que muta, se desplaza y ocupa nuevos territorios. El proceso denominado criptosacralización consiste precisamente en la absorción, por parte de fenómenos aparentemente seculares, de las estructuras funcionales de lo sagrado, como la distinción entre lo puro y lo impuro, la comunidad de los elegidos, el sacrificio como gesto fundacional, el enemigo como principio de cohesión.

Podemos reconocer a la ultraderecha juvenil como un fenómeno de criptosacralización. No se trata de una religión en el sentido institucional, aunque opera según las mismas gramáticas. Y entender esas gramáticas no significa justificarlas, sino que constituye el primer requisito para combatirlas con alguna eficacia.

Las sociedades europeas (también las americanas en las que el fenómeno se extiende) debemos aspirar a reconducir este fenómeno. No podremos hacerlo únicamente con argumentos racionales sobre el Estado de derecho o la bondad de la diversidad cultural. Necesitamos recuperar la capacidad de generar experiencias de pertenencia, de sacrificio compartido y de confianza mutua que compitan con las que la ultraderecha ofrece con eficacia. Y eso va a requerir repensar el diseño institucional desde otras áreas, como la antropología y la teoría de juegos, y no solo desde la ciencia política convencional.

Digámoslo alto y claro: los argumentos de la democracia liberal son mucho más sólidos que los de la ultraderecha. Pero los argumentos por sí solos no son suficientes para ganar este importante desafío. Ganará quien sepa construir comunidades en las que valga la pena pagar el precio que sostiene la identidad y la confianza.

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