Génova sin guion: la dimisión de Óscar Puente expone la falta de una alternativa de Estado en el PP

ACTUALIDAD POLITICA | CRISIS ESTRATÉGICA EN EL PP

"El último volantazo de Génova: de cazar fantasmas a quedarse sin discurso a 25 días de las urnas"

Sede del PP en Madrid
Sede del PP en Madrid

"La inesperada dimisión de Óscar Puente a escasos veinticinco días de las urnas dinamita por completo la estrategia de desgaste de la oposición, desprovista de un plan de contingencia propositivo y atrapada en una preocupante falta de reflejos que deja al descubierto la fractura entre su núcleo duro y la realidad periférica del Estado""

La deriva radical de Madrid fractura a Galicia, Asturias y la periferia de España". Ese fue el título que elegí para mi reciente columna y espacio en este mismo medio, donde analizaba críticamente los vaivenes políticos y los bandazos estratégicos de la directiva nacional del Partido Popular. Hoy, aquellos argumentos cobran una vigencia tan descarnada que me veo en la obligación de retomar la pluma: la inesperada dimisión del ministro Óscar Puente, a escasos 25 días de las elecciones, ha vuelto a pillar al principal partido de la oposición con el paso completamente cambiado, obligándolo a un violento e improvisado viraje de su estrategia electoral.

Escribo "inesperada" con toda la intención, porque el sentir generalizado, alimentado por la propia inercia fiscalizadora de Génova, era que el titular de Transportes jamás daría ese paso. Ayer mismo veíamos al portavoz del PP, Miguel Tellado, afirmando rotundamente desde el País Vasco que el Gobierno jamás asumiría responsabilidades políticas y que Puente se atrincheraría en su cargo. La realidad de hoy ha dejado a Tellado en una posición sumamente desairada y en clara evidencia, demostrando una absoluta falta de lectura en los tiempos del tablero nacional.

Un guion de desgaste dinamitado en el Congreso

En mis anteriores reflexiones explicaba cómo la crispación exportada desde Madrid dinamita cualquier perfil periférico moderado. Hoy constato que el manual de campaña de la derecha ha quedado obsoleto en cuestión de minutos porque estaba sólidamente cimentado sobre una única premisa: convertir a Óscar Puente en el saco de boxeo de la contienda electoral. El plan estratégico consistía en estirar su agonía parlamentaria y buscar el desgaste permanente del Ejecutivo de Pedro Sánchez, fiándolo todo a la sobreactación frente al perfil combativo del ministro como ejemplo de una supuesta arrogancia sistémica.Sin embargo, al dar un paso al lado de forma fulmínea, Puente ha ejecutado una pirueta de alta política que descoloca por completo la pizarra de la oposición. Al asumir en primera persona el coste institucional y renunciar incluso a liderar las listas del PSOE por Valladolid, el exministro ha privado a sus adversarios de su principal diana, dejando sus argumentarios vacíos de contenido doctrinal.

El diagnóstico del extravío: Como un elefante en un jardín de infancia

Este nuevo escenario expone de forma flagrante las carencias estructurales que ya diagnostiqué en mi texto de La Plaza Pública: la absoluta falta de un proyecto político propositivo más allá de la pura contraposición y el desgaste del adversario.

• Sin reflejos institucionales: Observo con asombro cómo la primera reacción de las filas populares, tildando la dimisión de "teatrillo" y exigiendo de inmediato la cabeza del propio presidente del Gobierno, denota una alarmante incapacidad para procesar los golpes institucionales. Al negarse a asimilar la asunción de responsabilidades —un estándar ético que el PP nunca aplica en sus propias siglas—, considero que la formación se arriesga a quedar aislada ante el electorado moderado, atrapada crónicamente en el fango del hiper-reproche. Verlos moverse hoy en las Cortes genera una profunda sensación de desorientación: se comportan como un elefante en un jardín de infancia, una mole ruda y sobredimensionada moviéndose a ciegas en un entorno delicado, rompiendo los consensos por pura torpeza estratégica y sin saber muy bien dónde pisar para no terminar de hundirse.

•La desactivación del relato fáctico: El marco de la impunidad gubernamental se ha desmoronado por completo. Mientras la Moncloa intenta capitalizar la salida de Puente para levantar una bandera de supuesta superioridad moral y dignidad política, veo al PP caminando desorientado por sus pasillos, dándose cuenta de la inutilidad de arremeter contra un fantasma político que ya ha abandonado voluntariamente la primera línea del Estado.

• El vacío a tres semanas de las urnas: Cambiar el rumbo a menos de un mes de los mítines es el peor escenario para cualquier fontanero electoral, y hoy confirmo que no disponen de un plan de contingencia. Sin el blanco fijo en el área de infraestructuras, se ven abocados a improvisar un discurso macroeconómico alternativo para competir contra la rápida sustitución operada por la presidencia, que ha colocado al solvente perfil técnico de Carlos Cuerpo al frente de las competencias del departamento. El problema, como siempre he sostenido, es que los barones de la periferia exigirán propuestas constructivas de gestión, mientras que el núcleo duro de Madrid insistirá en estirar el chicle de la confrontación estéril.

Conclusión: Ocho años de inanidad programática

Conviene precisar un matiz técnico-jurídico que refuerza la torpeza de Génova. Es perfectamente legítimo preguntarse si un Parlamento puede someter a control y exigir comparecencias a un Gobierno en funciones. De hecho, esta fue una histórica trinchera de disputa legislativa en nuestro país. Sin embargo, la jurisprudencia del Tribunal Constitucional (particularmente desde la conocida sentencia de 2018) dejó meridianamente claro que el Ejecutivo interino sigue estando sujeto a la fiscalización de las Cámaras en todo lo que respecta a su actividad ordinaria. El PP conocía perfectamente este resquicio legal y planeaba exprimirlo al máximo para prolongar el desgaste parlamentario en la Diputación Permanente.

Sin embargo, este último volantazo forzado no es un hecho aislado, sino el síntoma terminal de una anomalía democrática que se prolonga ya durante ocho años. Asistimos a la consumación de una inaudita incapacidad de la oposición para articular un programa de gobierno alternativo, serio y viable. Su producción doctrinal se reduce a enunciados fragmentarios, consignas accesorias y ofertas demoscópicas inconexas, vacías de todo rigor presupuestario o visión de Estado.

La Constitución encomienda a la oposición parlamentaria la alta función de fiscalizar la acción del Ejecutivo, pero concebida como un contrapeso institucional orientado a corregir y mejorar la gobernabilidad de la nación. Reducir esta tarea a una dinámica de desgaste crónico desnaturaliza su mandato representativo. La formación parece atrapada en una preocupante paradoja: perpetuarse en las estructuras de la oposición formal —manteniendo intactos sus privilegios materiales y prerrogativas salariales— mientras fía el asalto al poder a la pura demolición del adversario, persiguiendo acaso la mera captura del Boletín Oficial del Estado para legislar en favor de intereses corporativos. Al vaciar de contenido su alternativa, el principal partido de la oposición se descubre hoy desarmado estratégicamente; un artefacto electoral desprovisto de un proyecto de país que ofrecer a una ciudadanía que exige rigor y no solo ruido institucional.

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