El Papa Prevost y el fin del inmovilismo
"Contemplar la intensa y multitudinaria gira del Papa Prevost desde los márgenes de una Asturias donde el anglicanismo es una presencia testimonial invita a reflexionar sobre el verdadero motor de la Iglesia. Frente al invierno pastoral de épocas pasadas y los escándalos de ciertos prelados locales, la firmeza y valentía del Pontífice se convierten en una inapelable victoria evangélica"
Quienes siguen habitualmente las líneas de este blog saben perfectamente que la complacencia no es una de mis virtudes pastorales. Desde mi condición de sacerdote anglicano, he denunciado de forma recurrente y sin tapujos las injusticias, el silencio institucional y los abusos de poder de no pocos prelados de la Iglesia Católica. Lo he hecho tanto en nuestra región asturiana como en el resto de España. El Evangelio nos exige alzar la voz contra el mal estructural. No podemos callar ante aquellos que prefieren salvar la institución antes que proteger a las víctimas.
Por eso mismo, porque mi mirada no nace del corporativismo ni del aplauso fácil, me siento con la absoluta libertad evangélica de contemplar la actual gira de la dignidad católica con una profunda y sincera admiración.
Más allá del titular: una mirada a la Iglesia postconciliar
Es cierto que estos días resulta prácticamente imposible abrir un medio de comunicación y no encontrarse con un titular sobre el viaje del Papa. La saturación informativa es total. Sin embargo, mi intención al escribir estas líneas no es buscar la atención fácil ni sumarme al ruido mediático del momento. Al contrario. Creo que, precisamente en medio de este torbellino de noticias, es el mejor momento para detenerse. Es hora de hacer un análisis personal, honesto y lo más exhaustivo posible sobre la figura del papado y el conjunto de la Iglesia tal y como la he conocido desde que tengo uso de razón; es decir, la Iglesia postconciliar.
Mi mirada analítica no se detiene en las diócesis locales; alcanza la propia historia reciente del Vaticano. Nunca he ocultado mi severa valoración hacia el pontificado de Juan Pablo II. Desde mi punto de vista, nos encontramos ante un pontífice marcadamente más político que pastor. Su gestión estuvo fuertemente condicionada por la obsesión geopolítica de derribar los muros del bloque del Este y borrar el comunismo del mapa europeo. Para consolidar ese proyecto, Wojtyła desplegó un talante autoritario incontestable y una estrategia pastoral paradójica. Al mismo tiempo que puso en marcha una frenética e inédita maquinaria de fabricar beatos y santos —elevando a los altares a más personas que todos sus predecesores juntos en los últimos siglos—, congeló de raíz el desarrollo del Concilio Vaticano II.
Aquel invierno pastoral sustituyó el soplo del Espíritu por el blindaje ideológico. Impuso un centralismo asfixiante que adormeció los laicados. Su pontificado estuvo jalonado por gestos de un riguroso corte absolutista que la memoria histórica no puede obviar. Recordamos el desprecio y la dolorosa indiferencia con la que despachó a Monseñor Óscar Romero cuando este acudió a Roma a denunciar las masacres en El Salvador. Tampoco olvidamos la incomprensible condescendencia de aparecer en los balcones dando la comunión a un dictador de la talla de Augusto Pinochet. O aquella impactante y de televisión reprimenda en la pista del aeropuerto de Managua en 1983, apuntando con el dedo al sacerdote y ministro sandinista Ernesto Cardenal para exigirle de rodillas que se sometiera a la disciplina romana.
La honestidad de Ratzinger y las corrientes de aire fresco
Posteriormente, el Papa Benedicto XVI se encontró atrapado en las inercias de ese mismo sistema inmovilista y no pudo resolver la parálisis. La maquinaria curial era ya demasiado pesada. Sin embargo, el pontífice alemán prestó un servicio histórico colosal al tener la honestidad de dar un paso al lado. Su histórica renuncia fue un juicio implícito a las estructuras disfuncionales de Roma. Dejó el camino expedito para la llegada de nuevas corrientes de aire fresco. Gracias a ese gesto providencial, el giro histórico liderado por el Papa Francisco primero, y ahora el Papa Prevost, han podido retomar el timón del Concilio, descongelar lo que estaba paralizado y continuar la marcha de la Iglesia hacia las necesidades reales del siglo XXI.
Estos días, la prensa internacional se desvive analizando la asombrosa resistencia física del actual Pontífice en su periplo por tierras americanas. Llama la atención ver a un hombre de 71 años que, arrastrando las severas secuelas de una reciente cirugía pulmonar, recorre continentes y desafía altitudes sosteniendo su exigente agenda con una inquebrantable fortaleza y valentía.
La autoridad de la vulnerabilidad y el blindaje canónico
Pero lo que un servidor ve en este viaje no es un mero despliegue de resistencia física, sino la demostración palpable de un impulso teológico imparable. Es la constatación de que el rumbo del Concilio ya no se puede detener. Y este avance es un auténtico milagro si atendemos a las monumentales resistencias internas del aparato eclesial. Frente a los prelados instalados en el privilegio, el palacio y el encubrimiento —dinámicas corporativistas que no solo pertenecen al pasado, sino que lamentablemente siguen plenamente vigentes en el presente—, este Papa representa a la Iglesia que sale a la intemperie.
Sabemos bien que erradicar estas lacras actuales es una tarea titánica debido a la rígida estructura piramidal de la Iglesia católica y a su propio sistema de gobierno unitario. En el engranaje institucional y canónico actual, un obispo es una figura prácticamente inamovible en su territorio. A menos que caiga en una causa grave, muy grave, plenamente probada y demostrada, no puede ser apartado de su cátedra. Esta falta de mecanismos ágiles para la rendición de cuentas perpetúa el inmovilismo y la impunidad en no pocas diócesis. No estamos, por tanto, ante un problema de antaño; es un desafío del presente. Desarmar ese invierno institucional requiere paciencia histórica. Toca aguardar a las jubilaciones de los obispos más retrógrados y confiar en que los relevos generacionales devuelvan el agua a su cauce. Recuperar todo lo que se perdió, se desmanteló y se clericalizó durante el larguísimo papado de Juan Pablo II es una tarea ingente, imposible de solucionar por completo en la brevedad de los dos últimos pontificados.
Por eso, contemplar este testimonio transformador desde el verde, el salitre y la niebla de Asturias, donde la presencia anglicana es meramente testimonial —un puñado de rostros que se reúnen sin hacer ruido, lejos de los grandes focos de masa—, adquiere un significado especial. Nos recuerda a quienes pastoreamos desde la discreción de los márgenes que la verdadera autoridad espiritual no emana del blindaje de una estructura jurídica que protege a los suyos, sino de la vulnerabilidad compartida y de la coherencia evangélica. Dios no manifiesta su fuerza en los aparatos burocráticos. Lo hace en la fragilidad humana que se entrega sin reservas.
Saber pasar el balón en la Asturias del siglo XXI
Debo confesar abiertamente en esta plaza pública que soy una persona poco futbolera, por no decir nada. No me gusta el fútbol. Resulta verdaderamente excepcional y rarísimo que me siente a ver un partido. Sin embargo, reconozco el valor de una buena metáfora cuando la escucho, y el actual Papa nos regaló una regla de oro impecable y plenamente aplicable a la eclesiología contemporánea: "Quien no sabe pasar el balón, aunque tenga talento, aún no ha entendido el juego".
Llevada esta idea al panorama espiritual de nuestra región asturiana, la lección es demoledora. En una sociedad que se seculariza a pasos agigantados y donde el desencanto parece ganar terreno, los cristianos no podemos permitirnos el lujo del individualismo, del narcisismo pastoral ni de las estériles divisiones de capilla del pasado. Si la jerarquía católica sigue enrocada en sus dinámicas feudales de espaldas al pueblo, y si el resto de las tradiciones nos encerramos en nuestros pequeños reductos identitarios, habremos fracasado en la misión común. El verdadero partido no se juega en la defensa de los privilegios. Se juega hoy en la verdad radical, en la justicia restaurativa para con las víctimas y en el testimonio conjunto de que la esperanza y la compasión siguen siendo posibles en las esquinas más olvidadas de nuestra geografía.
Este artículo no es, ni de lejos, una lisonja institucional hacia la Curia romana. Es el reconocimiento honesto de un sacerdote de la Reforma que, acostumbrado a señalar con severidad las sombras eclesiales de nuestro país, se alegra profundamente ante la luz de un Pontífice que camina. Al final, ya sea ante un millón de personas en un gran estadio sudamericano o ante una humilde comunidad en cualquier rincón rural de Asturias, el Espíritu Santo sigue soplando donde quiere. Y hoy nos demuestra que se puede mover e impulsar una Iglesia entera con la firmeza del testimonio y el soplo de un solo pulmón.