El perdón de Dios no necesita barreras.
Una reflexión teológica desde la tradición anglicana sobre la suficiencia del perdón de Dios y la libertad de la gracia, en respuesta a la última entrevista de Arsenio Alonso.
El perdón de Dios no necesita barreras: mi respuesta a Arsenio Alonso
Conozco a Arsenio Alonso Rodríguez desde hace años. Hemos compartido muchísimas horas de tertulia juntos, al lado de otros entrañables compañeros que ya han fallecido y de varios que afortunadamente aún siguen vivos, pertenecientes a otras tradiciones y confesiones cristianas y religiones: evangélicos, ortodoxos, musulmanes, bahá'ís, etcétera. En aquellas charlas y cafés siempre he admirado lo inteligente que es y lo firme que se mantiene en sus ideas, a pesar de que defiende un catolicismo romano bastante radical. Por eso, al leer su última entrevista en Religión en Libertad, sonreí al reconocer su forma de pensar, pero también sentí las ganas de responderle abiertamente desde mi propia casa espiritual: la Iglesia anglicana.
En la entrevista, Arsenio habla muy bien sobre lo que nos dice la voz de la conciencia y sobre cómo afrontar el dolor de los inocentes. Sin embargo, tropieza en el mismo obstáculo en el que la Iglesia de Roma lleva siglos encallada: la manía de ponerle condiciones y peajes al perdón de Dios. Él asegura que para recibir la paz interior es imprescindible ir a la confesión con un sacerdote y que es la iglesia la que nos hace justos de verdad.
Y ahí es donde quiero plantarme y decirle con total claridad: el perdón es un regalo directo de Dios; la absolución, simplemente. Sin marcas registradas, sin condiciones de oficina y sin los cerrojos con los que el catolicismo insiste en encorsetar la misericordia divina.
Al decir que para recibir el perdón es obligatorio pasar por un sacerdote y cumplir un rito formal, la teología que defiende mi viejo amigo confunde al mensajero con el Rey. Cuando la Iglesia nos dice que Dios nos ha perdonado —ya sea en mitad de la misa o en una charla privada— no está actuando como un juez con el poder de decidir nuestro futuro. Actúa, simplemente, como un testigo que nos recuerda una gran noticia: que Cristo ya nos salvó a todos en la Cruz.
Nuestra tradición anglicana recuperó el sentido más puro del Evangelio frente a las normas rígidas con un lema muy sabio sobre la confesión privada: "Todos pueden hacerlo, nadie está obligado a hacerlo, a algunos les vendrá bien hacerlo". La Iglesia está para consolar y acompañar, pero el perdón es completo, directo y total entre la persona que se arrepiente y su Creador.
Jesús ya derribó todas las paredes que nos separaban de Dios para siempre. Volver a levantar una barrera para decidir quién está perdonado y quién no, no es ninguna teología profunda. Es, sencillamente, el empeño de una institución por quedarse con las llaves de una puerta que Dios ya dejó abierta de par en par. El perdón no necesita papeleo ni condiciones humanas para ser real. El Espíritu Santo es libre y no se queda encerrado en un confesionario.
Le mando estas líneas con el cariño y la nostalgia de nuestras viejas discusiones presenciales, honrando en el recuerdo a quienes ya faltan en la mesa. Y sé que, aunque ahora sigamos discutiendo de estos temas de vez en cuando por WhatsApp, el debate teológico siempre es más bonito cuando se comparte a la luz del día. Porque solo entre amigos que se quieren y se respetan se pueden decir las cosas con tanta claridad.