Seguir la estela de Jesús hoy, por qué defender la dignidad humana no es hacer política

DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS

"¿Es posible proclamar el Reino de Dios y guardar silencio ante la opresión? Como sacerdote anglicano relativamente nuevo en esta plaza pública, rechazo las etiquetas partidistas con las que pretenden encasillarme. Mi fidelidad pertenece únicamente al Evangelio y al Jesús histórico, un compromiso radical que obliga a anunciar y denunciar las injusticias políticas, sociales o religiosas y a situarse siempre del lado de los desposeídos"

«Ese Jesús, que es mi base fundamental, fue el mismo que se enfrentó con valentía al poder de su tiempo»
«Ese Jesús, que es mi base fundamental, fue el mismo que se enfrentó con valentía al poder de su tiempo»

Acepto con agrado el debate. En las últimas semanas, al calor de los análisis sociopolíticos y las denuncias que vierto en este blog, se ha vuelto recurrente la acusación de la "politización". Hay quienes, escudándose en una supuesta neutralidad pastoral, me reprochan alinearme con siglas partidistas o introducir ideologías ajenas al sentir religioso. Ante este escenario, y siendo todavía relativamente nuevo en esta plaza pública de Religión Digital, considero honesto y necesario fijar de manera nítida mi identidad teológica y personal.

Vaya por delante la primera afirmación: no milito en ningún partido político. No me mueve ninguna disciplina de siglas, ni me reconozco en las etiquetas ideológicas con las que el debate civil, hoy tan empobrecido, pretende encasillarme. Mi fidelidad no se debe a ningún programa electoral, sino a una fuente mucho más antigua, exigente y radical: el Evangelio de Jesucristo.

Como sacerdote anglicano, mi fe y mi ministerio se fundamentan en la piedra angular del cristianismo, que es el Jesús histórico, el que caminó por Galilea. Mi compromiso se inclina, por imperativo evangélico, hacia los preferidos de ese Jesús: los desposeídos, los migrantes, los que padecen salarios indignos y aquellos a quienes el sistema margina. No es una postura política; es una postura estrictamente fiel a la palabra encarnada. No se puede ser ministro de la Palabra, defender con firmeza la dignidad humana y los salarios justos, y al mismo tiempo validar con el silencio una política de corte ultra-conservadora que va en contra del bien común de la comunidad creyente y civil.

Ese Jesús, que es mi base fundamental, fue el mismo que se enfrentó con valentía al poder de su tiempo, tanto al poder religioso como político. Es cierto que él era un hombre de su tiempo: judío de nacimiento y de religión, inmerso en la realidad de la Galilea del siglo I, bajo el yugo de una tierra que los romanos administraban oficialmente como la provincia de Judea. Ese es el Jesús al que yo quiero, no imitar —porque sé que es una tarea imposible para mis limitaciones humanas—, pero sí seguir su estela, adaptándola como es completamente natural a las circunstancias y a los tiempos actuales.

Comprendo que esta afirmación incomode a ciertos sectores. Desde los inicios del cristianismo, la historia eclesiástica ha estado marcada por disputas humanas para alcanzar, consolidar y articular el poder institucional, estructurando a menudo el funcionamiento de las iglesias en base a sus propios intereses temporales. De hecho, algunas cartas paulinas se referían y se dirigían directamente a los distintos problemas, divisiones y conflictos que existían en iglesias particulares como la de Éfeso o la de Corinto. Es una realidad bien constatada que a lo largo de los siglos se han desatado intensas luchas internas, tensiones institucionales y divisiones por el control de la autoridad o del relato doctrinal, lo que a menudo ha desvirtuado el verdadero mensaje del Reino. Pero mi defensa del Evangelio y de sus mandatos se sitúa muy por encima de cualquier eclesiología, de cualquier nombre, denominación o estructura eclesial. Las instituciones pasan y las burocracias se defienden a sí mismas, pero el mensaje del Reino permanece inalterable.

Para entender este mensaje, recurro con frecuencia al Antiguo Testamento. Sus páginas son indispensables, pues nos descubren los orígenes históricos y de fe del cristianismo y la tradición profética de Israel que ya clamaba contra la opresión de los huérfanos y las viudas. Sin embargo, el Antiguo Testamento nos sirve como raíz y contexto, no como el núcleo esencial de nuestra doctrina. Mi fe y mi horizonte ético se definen en el Nuevo Testamento, en las bienaventuranzas y en el mandato del amor al prójimo llevado hasta sus últimas consecuencias.

Por tanto, a quienes confunden la denuncia de la injusticia con la militancia partidista, les invito a releer las escrituras, si es que las han leído alguna vez. No se puede proclamar el Evangelio el domingo y apoyar el resto de la semana políticas ultra-conservadoras que desmantelan la dignidad humana o cierran las puertas al extranjero. Denunciar esa flagrante incoherencia no es "hacer política"; es ejercer la voz profética a la que todo ministro de la Palabra y cualquier cristiano está llamado. Mi única guía no es un partido; mi único fundamento es, y será siempre, el Evangelio. No podemos quedarnos callados ante la injusticia social y la falta de empatía, pues la neutralidad pastoral suele ser, en la práctica, una complicidad silenciosa con el orden establecido.

e-mai: rvdo.quesada@gmail.com

WhatsApp: +34 621 32 83 63


También te puede interesar

Lo último

stats