Votos, mitras y decimales: La dignidad humana no cabe en una encuesta

EVANGELIO Y REALIDAD/ ELECCIONES 29N

"Las mentiras de la polarización partidista frente al invierno de la pobreza silenciosa y el último Informe AROPE en Asturias"

Síntesis gráfica del meollo del artículo.
Síntesis gráfica del meollo del artículo.

Mientras el país contiene el aliento en esta intensa precampaña y los partidos políticos ultiman sus discursos antes de la inminente pegada de carteles, las realidades cotidianas de nuestros barrios nos devuelven a la cruda realidad. Desde mi libertad en la plaza pública, analizo la hipocresía de un relato partidista que mercadea con el miedo bajo supuestos valores cristianos, confrontándolo con el demoledor y reciente informe sobre la pobreza severa que asfixia a miles de hogares asturianos.

Apenas faltan unos días para que arranque oficialmente la campaña y la ciudadanía acuda a las urnas en las próximas elecciones generales del 29 de noviembre, pero el ruido en la plaza pública se ha vuelto ya ensordecedor. Si uno sintoniza los actos de precampaña, atiende a los adelantos programáticos que inundan los portales o repasa las proclamas de ciertos candidatos en las redes sociales, parece que la única preocupación de algunos sectores es buscar un enemigo común al que culpar de las grietas de la sociedad. Vivimos en la era del titular rápido y el culpable precocinado, adelantándonos a la propaganda que pronto empapelará nuestras avenidas y saturará los buzones de nuestros hogares. Como sacerdote anglicano, me niego en redondo a aceptar que la fe, el altar, el sentimiento religioso o el nombre de Dios se sigan utilizando como herramientas de confrontación ideológica. Es intolerable que se desfigure el Evangelio para justificar discursos excluyentes que, con una mano en el corazón y la otra en el programa electoral, camuflan la insolidaridad más absoluta tras una falsa defensa de Occidente.

El debate político y social de estos días de vísperas se ha enfangado en torno a relatos tramposos que intentan convencernos de que hay que cerrar los ojos ante las necesidades del que viene de fuera. Nos bombardean con el pretexto de que primero hay que cuidar «a los nuestros», como si la dignidad humana dependiera del lugar geográfico de nacimiento o de una fría categoría administrativa. Pero blindar el corazón o camuflar el rechazo al diferente tras supuestos valores identitarios y cristianos es, simple y llanamente, traicionar la esencia misma y revolucionaria del Evangelio. El Jesús histórico jamás entendió de fronteras, de líneas en un mapa ni de nacionalismos excluyentes. Su mensaje no se gestionaba desde la burocracia del privilegio. Al contrario, su paso por la historia fue una enmienda a la totalidad contra la exclusión: la única prioridad del Reino de Dios son los últimos, los marginados y los desposeídos, sin pedirles jamás el certificado de nacimiento ni mirar el color de su piel.

A este ruido se suma ahora una obsesión matemática que lo inunda todo de cara a la cita con las urnas: la danza de los sondeos y las estimaciones de voto. Los telediarios abren con promedios estadísticos que nos dicen si un bloque sube medio punto o si el otro pierde escaños, reduciendo la gestión pública a una mera balanza de porcentajes y a ver quién lidera la clasificación semanal. Parece que a las maquinarias electorales solo les quita el sueño la táctica del encuentro o cómo cotiza su marca en el último barómetro. Pero detrás de esos decimales y de esa masa que jalea números hay rostros reales; la política no es un simple espectáculo de entretenimiento, y las décimas en los sondeos no llenan las cazuelas ni abrigan las casas de quienes peor lo pasan. Analizar la sociedad como si fuera una mera competición estadística es la forma más rápida de deshumanizarnos y de insensibilizarnos ante el sufrimiento cotidiano.

Frente a la frialdad de los sondeos, los datos de nuestra región nos exigen una mirada muchísimo más honda. El reciente XVI Informe AROPE sobre el Estado de la Pobreza en Asturias, elaborado por la Red de Lucha contra la Pobreza (EAPN), nos acaba de devolver al suelo con datos incontestables: el riesgo de exclusión social ha escalado en nuestra comunidad hasta un preocupante 22,4% de la población. Eso significa que más de uno de cada cinco asturianos vive al límite. El estudio demuestra cómo se deterioran los indicadores básicos: la tasa de pobreza se sitúa en el 17,2% y la pobreza severa muerde con un alarmante 8,8%. El Gobierno del Principado está haciendo las cosas de manera aceptable, intentando sostener el bienestar común y desplegar paracaídas sociales frente a la tormenta, pero las competencias autonómicas no son suficientes para frenar la embestida brutal de un sistema económico global que devora el poder adquisitivo de las clases populares.

El informe pone el foco en una llaga especialmente dolorosa de nuestra cotidianidad: la vivienda y la precariedad infantil. Estamos rodeados de una pobreza silenciosa pero severa que no sale en los anuncios electorales. En Asturias, el 40,2% de las personas que viven de alquiler a precio de mercado se encuentran en riesgo de exclusión, y la pobreza severa se ceba con una crueldad intolerable en el 19,4% de nuestros niños y menores de edad. El problema real no radica en la falta de voluntad política de las instituciones autonómicas, sino en las dinámicas de un mercado inmobiliario salvaje que asfixia a las familias. Estas cifras demuestran que, sin el sostén fundamental de las transferencias sociales y las pensiones, casi la mitad de la población de nuestra comunidad caería de inmediato en la miseria.

Es precisamente en este cruce de caminos donde la religión, la política y la sociedad se juegan toda su credibilidad de cara al futuro. No podemos tolerar una Iglesia ornamental y de sacristía que guarda un silencio cómodo ante las desigualdades globales para no incomodar a los sectores más influyentes o conservadores. Tampoco podemos permitir que los discursos populistas utilicen los barrios humildes como meros caladeros de votos, sembrando la discordia y el odio entre el penúltimo y el último, para luego desaparecer durante los siguientes cuatro años. La cultura, el arte y la vida comunitaria deberían ser espacios de encuentro, pero a menudo vemos cómo se prefiere el control y el protocolo antes que permitir que la calle hable con su propia voz.

Desde esta plaza pública, me niego a sumarme a este sueño conformista y anestesiado. El Evangelio de este próximo domingo, recogido de forma magistral en el capítulo 25 del evangelista Mateo, en sus versículos del 1 al 13, nos recuerda mediante la parábola de las diez vírgenes que el examen ético ante las urnas no se mide en el tamaño de las banderas ni en los bailes de los sondeos. Mantener la lámpara encendida en la medianoche de la historia, tal como nos pide Jesús, exige tener el aceite de la compasión activa en nuestras vasijas. Hoy, esa luz se traduce en defender las políticas sociales que redistribuyen la riqueza, en exigir un parque de vivienda asequible, en desenmascarar con valentía las mentiras groseras que buscan culpables en el hermano migrante y en recordar que la única prioridad que legítimamente nos tiene que quemar la conciencia es la defensa de la dignidad humana.

También te puede interesar

Lo último

stats