Hazte socio/a
Última hora:
TODO el viaje del Papa a España, #primeroRD

Jesús de Nazaret, León XIV, los poderosos y la alfombra roja

Hay imágenes del viaje papal que un católico puede mirar dos veces. La primera, con orgullo o emoción. La segunda, si se atreve, con el evangelio abierto al lado. Y entonces algo se rompe.

No es una cuestión de dinero. Es una cuestión más honda y más dolorosa: la distancia entre lo que vemos y lo que eschcamos y vivimos cada domingo en la Eucaristía.

Jesús de Nazaret y el Sucesor de Pedro | Ramón Fandos

El primer escenario: un palacio

León XIV pisa suelo español el sábado 6 de junio. Su primer acto oficial —el primero, el que marca el tono de todo lo demás— no es un encuentro con enfermos, ni con presos, ni con familias rotas. Es una ceremonia de bienvenida en el Palacio Real de Madrid, con honores, banda y visita de cortesía a los Reyes. A los pobres de Carabanchel los verá siete horas y media después, ya cayendo la tarde.

Ningún protocolo ha sido alterado para que fuera al revés. Nadie en la curia ha pensado: quizá el sucesor de Pedro debería empezar donde empezaba Pedro. La inercia de siglos ha decidido por todos. Primero los palacios, después los descartados.

Leamos ahora despacio a Mateo 25: "tuve hambre y me disteis de comer, estuve desnudo y me vestisteis, estuve en la cárcel y vinisteis a verme". No dice "fui rey y me hicisteis honores." No dice "fui jefe de Estado y me recibisteis con alfombra."Lo dice un Cristo que en su único contacto con un palacio —el de Pilato— salió de él rumbo a la cruz.

¿Cómo hemos llegado a que parezca natural que su representante haga lo contrario? ¿Y por qué nos cuesta tanto reconocer que esa naturalidad es, en sí misma, una traición silenciosa?

La objeción que todo el mundo pondrá

Llegados aquí, el lector formula ya la respuesta de manual, la que zanja la conversación en cualquier sacristía: "el Papa no recibe estos honores como sucesor de Pedro, sino como jefe de Estado. La Santa Sede es un sujeto de derecho internacional, el Vaticano es un país soberano, y a un jefe de Estado se le recibe con alfombra, banda y palacio. No hay nada que reprochar: es pura diplomacia."

La objeción es seria y merece una respuesta seria. Tres, en realidad.

Primera:que sea jefe de Estado no es la defensa del problema, es el problema. Jesús tuvo la corona temporal al alcance de la mano y la rechazó. Rechazó al diablo cuando le ofreció "todos los reinos del mundo y su gloria." Huyó al monte él solo cuando la multitud, después de los panes, "iba a venir para llevárselo y hacerlo rey." Y ante Pilato, que le preguntaba si era rey, respondió la frase que lo decide todo: "mi reino no es de este mundo." El cristianismo nace, literalmente, de un Dios que dice no al poder político. Que su representante haya terminado siendo precisamente eso —un jefe de Estado al que se le deben honores de Estado— no excusa el boato: lo señala como lo que es, la inversión exacta de aquel no. Pedro no tuvo embajada. Pedro tuvo una cruz cabeza abajo.

El estatus que supuestamente "obliga" al boato es algo a lo que se podría renunciar mañana sin tocar un solo artículo del Credo. Que no se renuncie —que ni siquiera se discuta renunciar— ya es una respuesta. Dice qué se ha elegido conservar.

Segunda: esa condición de jefe de Estado es un accidente histórico, no un dato de la fe. La soberanía del Vaticano no viene del evangelio ni de los apóstoles: viene de los Pactos de Letrán, firmados con Mussolini en 1929. Tiene menos de un siglo. Es decir: el estatus que supuestamente "obliga" al boato es algo a lo que se podría renunciar mañana sin tocar un solo artículo del Credo. Que no se renuncie —que ni siquiera se discuta renunciar— ya es una respuesta. Dice qué se ha elegido conservar.

Tercera, y la más incómoda: la coartada del jefe de Estado no cubre casi nada de lo que de verdad escuece. Concedamos, por un momento, que la diplomacia exija recibir a un soberano con alfombra. Muy bien. Eso explica la ceremonia en el Palacio Real. No explica el "orden": que el palacio vaya primero y Carabanchel siete horas después. No explica el "privilège du blanc", que no es protocolo de Estado sino norma canónica de la propia Iglesia. No explica el papamóvil blindado. La diplomacia justifica, como mucho, un acto. Lo que este artículo mira es todo lo demás —y todo lo demás es elección eclesial, no obligación protocolaria.

Quien se refugie en "es que es jefe de Estado" tendría que aceptar la consecuencia: que ha defendido la parte más pequeña y ha dejado intacta la grande. Sigamos, entonces, con la grande.

El boato: una liturgia paralela

Lo que rodea al Papa no es un detalle, es una coreografía entera. La alfombra extendida. La guardia formada. La banda que interpreta los honores. El besamanos. Los gentilhombres con espada. Las primeras filas reservadas a las autoridades mientras el pueblo mira desde atrás. La etiqueta milimétrica que decide quién se sienta dónde, quién entra primero, quién viste qué.

Y aquí conviene volver a clavar el clavo de la objeción: gran parte de esto no es protocolo de Estado, es liturgia de la Iglesia. Ningún tratado internacional obliga a vestir a un cuerpo de gentilhombres. Ninguna cancillería impone el besamanos eclesiástico. Son signos que la Iglesia se ha dado a sí misma, para sí misma, y todos dicen lo mismo sin necesidad de palabras: aquí hay rangos, aquí hay categorías, aquí hay distancias que no se cruzan.

Es la Iglesia que reza el Magníficat cada tarde —"derribó del trono a los poderosos y enalteció a los humildes"— la que sostiene como norma propia un código de honores, asientos y colores que dice exactamente lo contrario. Que delante del Vicario de Cristo hay categorías. Que la frontera la marca la heráldica, el cargo, el apellido.

¿Dónde está aquí el evangelio de "no hay judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer?"¿Dónde está aquel "no llaméis padre a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre?" ¿Dónde está el Cristo que se sentaba a comer con publicanos sin preguntar por sus apellidos ni por su rango?

Y nadie protesta. Nadie escribe una carta abierta. Nadie en la jerarquía dice: renunciamos a este boato porque contradice frontalmente lo que predicamos. Se acepta. Se fotografía. Se celebra como elegancia, como tradición, como respeto.

Lo que un católico no puede ya no ver

Hay católicos para los que todo esto será molesto incluso de leer. Lo entiendo. La tentación de cerrar el artículo y decir "esto es anticlericalismo" es enorme, porque cierra la herida rápido. Pero no es anticlericalismo. Es exactamente lo contrario: es leer el evangelio en serio y compararlo con lo que la institución hace en su nombre.

Y la conclusión, cuando uno se atreve, es áspera:

Jesús nació en un establo; su representante es recibido en el Palacio Real con honores y banda. Jesús no tenía dónde reclinar la cabeza; su representante duerme en la Nunciatura. Jesús montó en un burro prestado para entrar en Jerusalén; su representante recorre Barcelona en un vehículo blindado para que lo vean de cerca. Jesús eligió a doce pescadores analfabetos; su representante se reúne con el mundo de la cultura, el arte, los negocios y el deporte en las primeras filas reservadas. Jesús permitió que una mujer cualquiera le lavase los pies con sus cabellos; ante su representante, la etiqueta eclesiástica decide por nacimiento quién puede vestir de blanco y quién no. Jesús murió desnudo en una cruz; su representante viste de blanco, rodeado de gentilhombres con espada y alfombras extendidas.

Nada de esto se explica diciendo "es que también es jefe de Estado." Porque casi nada de esto es protocolo de Estado: es liturgia, es etiqueta, es agenda, es silencio. Todo elección. No es que la institución haya fallado en algún punto. Es que se ha invertido en casi todos. Y lo más grave no es que ocurra: lo más grave es que ocurra con naturalidad, sin que nadie en el cuerpo eclesial se sonroje, sin que ningún obispo escriba una carta diciendo "paremos esto, no se parece a Aquel a quien decimos servir."

Si Jesús viniera a Madrid en junio de 2026, ¿dónde estaría? ¿En el besamanos del Palacio Real, entre honores y banda? ¿En la primera fila del Movistar Arena con la cultura, el arte y los negocios? ¿En el papamóvil blindado saludando entre vallas? ¿Bajo las alfombras y los gentilhombres con espada?

Si Jesús viniera a Madrid en junio de 2026, ¿dónde estaría?

¿En el besamanos del Palacio Real, entre honores y banda? ¿En la primera fila del Movistar Arena con la cultura, el arte y los negocios? ¿En el papamóvil blindado saludando entre vallas?

¿O estaría, como estuvo siempre, en Carabanchel, sin cita previa, sin cámaras, sin agenda, sentado en el suelo entre los que duermen en la calle, sin que ningún periodista lo reconociera?

Cada católico conoce la respuesta. Lo difícil no es saberla. Lo difícil es lo que viene después: mirar al sucesor de Pedro y reconocer que se parece más al sumo sacerdote que al Pescador.

Y lo más difícil de todo es entender que ese parecido no es un accidente reciente, ni una desviación personal de este Papa o del anterior, ni una cuestión de estilos. Es el estado por defecto de una institución que hace siglos eligió el palacio sobre el establo, el protocolo y el boato sobre el polvo del camino. Y que cuando se le pregunta por ello responde, cómodamente, que no podía ser de otra manera: que es jefe de Estado. Como si llevar una corona que Cristo rechazó fuese una obligación y no, precisamente, lo que habría que examinar.

Cambiarlo no depende del Papa. Depende, en buena parte, de que los católicos dejen de aplaudir lo que contradice frontalmente al que dicen seguir. Mientras Cibeles se llene, el palacio seguirá siendo la primera parada. Y el evangelio seguirá leyéndose los domingos como si no nos hablara a nosotros.

Pero nos habla. Sobre todo, nos habla a nosotros.

También te puede interesar

Lo último