“Les anuncio una gran alegría”.La visita de León XIV a Uruguay: una oportunidad para renovar nuestra manera de ser Iglesia
Uruguay recibirá a León XIV treinta y ocho años después de la última visita de un pontífice. Soy uruguaya y vivo en España desde hace casi tres décadas. Regresar a mi país siempre es un reencuentro, pero también una oportunidad de descubrirlo desde otra mirada
Hace poco más de un mes estuve en Uruguay compartiendo unas charlas sobre santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz en la parroquia San José de la Montaña, en Montevideo, y participé de un retiro de jóvenes en Florida, uno de los lugares que también recibirá al Papa. Me encontré con personas implicadas, generosas en su entrega, cristianas comprometidas. Había un profundo interés por comprender mejor la propia experiencia de fe, relacionar la espiritualidad con la vida cotidiana y compartir inquietudes y preguntas que nos ayudaran a seguir profundizando juntos.
Uruguay tiene una identidad particular, es uno de los países con el Estado más laico de América Latina y la secularización forma parte de su historia. Tanto es así, que la Navidad pasó a ser el día de la Familia; la Semana Santa, semana de Turismo; la Epifanía, el día del Niño, y el día de la Inmaculada Concepción, el día de las Playas. La religión fue aprendiendo a hablar más bajo en el espacio público y varias generaciones crecieron sin que la experiencia religiosa formara parte de su vida cotidiana. Por supuesto, que una sociedad hable poco de Dios, no significa que haya dejado de preguntarse por el sentido de la existencia, el amor, la soledad, la muerte o la esperanza. Hay personas alejadas de la institución eclesial que conservan una profunda sed de trascendencia, aunque no siempre encuentren dónde expresarla. Sabemos que la búsqueda sigue ahí, lo que ha cambiado son sus lenguajes y sus caminos.
Por eso me alegra especialmente esta visita. No solamente por su carácter histórico, sino por la movilización de tantas personas que están entregando tiempo, trabajo e ilusión para hacerla posible. Hay entusiasmo, comunión y una alegría que merece ser celebrada. Pero una visita papal no se mide únicamente por la cantidad de personas que convoca, ni por la emoción que despierta. Su verdadero alcance se descubrirá después. Los grandes acontecimientos eclesiales tienen la capacidad de reunir, conmover y despertar sentimientos de pertenencia. Pero la emoción necesita encontrar un lugar donde arraigar. En España hemos vivido recientemente una experiencia semejante.
Desde la psicología sabemos que las transformaciones humanas no se producen por una experiencia aislada, por intensa que sea. Necesitan tiempo, vínculos, acompañamiento y continuidad. También la experiencia de fe necesita comunidades que ayuden a integrar lo vivido y a convertirlo en una manera nueva de estar en el mundo. Después de la visita estarán las parroquias de siempre, las comunidades que necesitan renovarse, los sacerdotes y religiosos que sostienen tantas realidades, a veces en soledad, los jóvenes que buscan su lugar y las personas que se alejaron porque no encontraron un espacio donde sentirse acogidas. No alcanza con convocar; hay que estar disponibles para acompañar. Una palabra puede abrir una puerta, pero hace falta alguien dispuesto a caminar con quien se atreva a cruzarla.
En sus intervenciones en España, León XIV ha insistido en la necesidad de trabajar por la paz, reconocer la dignidad inviolable de cada persona y construir una “verdadera civilización del amor”. También ha presentado a la Iglesia como “servidora de la humanidad”, no desde la imposición, sino desde el testimonio. Y esa credibilidad se juega, en buena medida, en nuestras relaciones interpersonales.
No podemos anunciar el encuentro si no sabemos encontrarnos entre nosotros. La indiferencia, las luchas de poder, las rivalidades y las heridas que nunca se elaboran también forman parte de la vida eclesial y no deberían considerarse cuestiones secundarias. Una comunidad puede hablar de fraternidad y, sin embargo, sus miembros sentirse solos, puede proclamar misericordia y tener dificultades para escuchar a quien piensa diferente, puede invitar a participar y no ofrecer un lugar donde la persona se sienta reconocida. Y eso me interpela como cristiana.
Sabemos cuánto es capaz de transformar el sentirnos escuchados, comprendidos, y tratados con dignidad. Es una experiencia profundamente humana, que puede devolver confianza y abrir posibilidades de crecimiento. Una persona quizá olvide una homilía, pero difícilmente olvide cómo fue recibida, si alguien tuvo tiempo para escucharla, si pudo mostrarse tal como es sin necesidad de ponerse máscaras, sin sentirse juzgado. La calidad de nuestros vínculos también anuncia el Evangelio.
La condición laica de Uruguay puede ayudarnos a recuperar algo esencial: la fe no se transmite simplemente por costumbre ni se impone desde unas estructuras. Se propone, se testimonia y se hace creíble cuando la vida va por delante de las palabras
De esta manera, la experiencia de Dios no nos aleja de nuestra humanidad, al contrario, nos conduce a una mayor verdad sobre nosotros mismos y a una capacidad más profunda de amar. Nos hace más disponibles para el encuentro.
La condición laica de Uruguay puede ayudarnos a recuperar algo esencial: la fe no se transmite simplemente por costumbre ni se impone desde unas estructuras. Se propone, se testimonia y se hace creíble cuando la vida va por delante de las palabras. La Iglesia tiene mucho que aportar a la sociedad, también desde el compromiso con el bien común, la justicia, la paz y el cuidado de los más vulnerables. Su misión desborda sus propios espacios y alcanza a toda persona, crea o no crea.
“Les anuncio una gran alegría” es una invitación a dar testimonio de una esperanza que no ignora las dificultades de la vida, sino que las atraviesa desde el encuentro con una persona, Jesús. Esa alegría tiene que poder reconocerse en la vida cotidiana, en la acogida, en la escucha, en la fraternidad y en el cuidado de unos a otros.
La mejor manera de agradecer la visita de León XIV será experimentar que el Evangelio es, verdaderamente, una buena noticia para nuestras vidas, dando como cristianos, testimonio de ello.