¿En qué consiste una vida nueva?
“En los primeros días de la Iglesia, todos los que habían sido bautizados, eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones”.
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra la necesidad de la constancia en la escucha de la Palabra de Dios y en la participación de la Eucaristía, porque eso generaba y, sin duda alguna siempre generará, la comunión fraterna y la ayuda solidaria entre todos los miembros de la comunidad, como de hecho lo expresa el texto del libro de los Hechos de los Apóstoles, al decirnos: “todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común”.
Por eso es que frecuentemente, particularmente los pontífices, nosotros los obispos y los sacerdotes, les recordamos que la familia es la iglesia doméstica, porque en ella, en la familia, se pone todo en común, desde el amor del esposo a la esposa y viceversa, y el amor a los hijos, de compartir todos los bienes y de estar pendientes unos de otros. Así vivía la Iglesia en la primera comunidad: “todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común”.
El apóstol San Pedro, en la segunda lectura, en una de sus cartas nos dice: “Bendito sea Dios Padre, porque al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, nos concedió renacer a la esperanza de una vida nueva”. ¿En qué consiste esta vida nueva? En ser semejantes a la Trinidad divina.
Ese es el testimonio de que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios Trinidad: tres personas distintas, pero todo en común, incluso su divinidad. Por eso San Pedro explica esto: es la vida nueva que Él nos tiene reservada como herencia en el cielo. No solamente recordamos que vamos a resucitar, sino que vamos a resucitar para esta vida nueva, de compartir con Dios mismo, Dios Trinidad. “Por esta razón, continúa diciendo San Pedro, aun cuando ahora tengan que sufrir un poco por adversidades de todas clases”.
Esa es la peregrinación que hacemos en la vida terrestre, en esta vida que sí se acaba, que sí termina y que, por lo tanto, no debe desconsolarnos nunca, porque la vida que esperamos es la eterna.
El Evangelio de San Juan que hemos escuchado nos dice que esta convicción tan profunda de los discípulos se suscita porque Jesús se aparece en medio de ellos y les dice: “La paz esté con ustedes; como el Padre me ha enviado, así yo los envío a ustedes”. Ese es el primer mensaje que Jesús les da a sus discípulos: ser misioneros, compartir, dar a conocer a Jesucristo, que lo hacemos vida en nuestro caminar en esta tierra.
Pero siempre nos toparemos con algún Tomás, uno de los doce, que no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”, pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mis dedos en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.
¿Cuántas veces hemos tenido la percepción de que Dios camina con nosotros, que efectivamente va a resolver nuestros problemas? Por eso Jesús, ocho días después, se presentó de nuevo y le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo, trae tu mano y métela en mi costado; no sigas dudando, cree”.
Tomás le respondió: “Señor mío, Dios mío”. Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”. Dichosos nosotros si creemos sin haber visto.
Por eso pidamos a nuestra Madre, María de Guadalupe, que no seamos necios como Tomás, y aceptemos de corazón que Cristo vive en medio de nosotros, y que a través de nosotros llega a muchos más.
Nos ponemos de pie. Le pedimos a ella, con toda devoción, que nos ayude en nuestro interior para crecer en nuestra convicción de la resurrección.
Madre nuestra, María de Guadalupe, al llegar a este segundo domingo de Pascua te pedimos, que nos ayudes para agradecer de corazón a Dios Padre, la Encarnación de su Hijo Jesucristo, quien con su Vida, Pasión, Muerte y Resurrección nos ha dejado una firme convicción y un testimonio elocuente, de como debemos conducirnos en esta vida terrestre, con la firme esperanza de vivir una eternidad contigo, en la Casa de Dios Padre.
Danos el ánimo y la necesaria convicción, de que somos discípulos de tu hijo Jesús, y por ello, debemos darlo a conocer leyendo y meditando los Evangelios; y así logremos promover, en nuestra conducta diaria la misericordia divina, generando una creciente fraternidad solidaria entre todos los pueblos.
Invocamos tu auxilio por todas las familias especialmente de nuestra patria querida, para que encontremos los caminos de reconciliación y logremos la paz en el interior de cada familia, y en la relación de unas con otras, en las vecindades, cotos y departamentos, y en nuestra manera de comportarnos al transitar por las calles y los comercios.
Todos los fieles aquí presentes este domingo nos encomendamos a ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa y dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.
