¿Cómo generamos esperanza?
“Dijo el Señor a Abraham: Deja tu país, a tu parentela y a la casa de tu padre para ir a la tierra que yo te mostraré”.
Para dejar nosotros un bienestar social, familiar, necesito que me lo pida alguien en quien tenga yo plena confianza. ¿Así la tengo yo con Dios? Es la primera pregunta que nos plantea este texto de la primera lectura del Génesis. Así como Abraham, ¿tengo yo la actitud de apertura para que, al descubrir lo que Dios me pide en la vida, pueda decir: “Sí, lo haré”?
Veamos lo que Dios continúa diciendo a Abraham: “Haré nacer de ti un gran pueblo y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre y tú mismo serás una bendición”. ¿Y qué hizo Abraham? Dice el texto: “Abraham partió como lo había ordenado el Señor”.
Cuando descubrimos en nuestro interior esos sentidos de vida, hay siempre que darles cauce a la meditación, a la reflexión, porque si son de Dios, hay que cumplirlos, aunque cueste dejar algo de las cosas que amamos de nuestra vida en particular. Hagamos como Abraham, que partió como se lo había ordenado el Señor.
Por ello, en el salmo responsorial cantábamos: “Cuida el Señor de aquellos que lo temen y en su bondad confían”. Es decir, cuando dejamos algo por el Señor, el Señor cuida de nosotros, nos salva de la muerte y en épocas de hambre les da vida. En el Señor está nuestra esperanza.
Y es precisamente esta virtud de la esperanza la que necesitamos siempre. Un anhelo positivo que haya en nuestro interior nos da alegría. Necesitamos, pues, la esperanza. ¿Cómo generarla? La generamos cuando tenemos confianza. Y si tenemos la confianza, como Abraham, en el Señor, en nada nos irá mal.
San Pablo le recomienda a Timoteo: “Querido hermano, comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios. Dios es quien nos ha salvado y nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida”. Hoy también nos recomienda que pongamos nuestra confianza en el Señor, porque la confianza nos permite compartir nuestras experiencias, sean alegres o dolorosas. Así lo vemos en lo que hace Pablo con su discípulo Timoteo. Dios es quien nos ha salvado y nos ha llamado.
Finalmente, en el Evangelio vemos también a Jesús que comparte con tres de sus discípulos su intimidad con Dios, su Padre, escuchando la voz del Padre. Dice el texto: “Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia. Su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve”.
Pedro le dijo a Jesús: “Señor, qué bueno sería quedarnos aquí”. Siempre anhelamos lo que aquí Pedro le dice a Jesús: que se prolonguen los momentos agradables, los que dan sentido a nuestra vida y nos dan alegría.
Pero, ¿qué le dice Jesús cuando aún estaba hablando Pedro de que deseaba quedarse ahí? “Salió una voz que decía: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias. Escúchenlo”. Los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”.
En conclusión, debemos desarrollar nuestra confianza en Dios, nuestro Padre, a través de las enseñanzas de su Hijo Jesucristo, y aprender a compartir nuestras experiencias, como lo hace Jesús con sus discípulos, y compartirlas con otros discípulos de Cristo.
Por eso estamos favoreciendo mucho en la Arquidiócesis y, en general, en la Iglesia, mediante el proceso sinodal, el compartir lo que vivimos con nuestros vecinos, con nuestros amigos, pero sobre todo en familia, para que haya paz al interior de ellas y todo conflicto, antes de que estalle, pueda ser resuelto en diálogo.
Pidamos, pues, a nuestra querida Madre, María de Guadalupe, que nos auxilie para seguir su ejemplo de fidelidad y de amor a todos nuestros prójimos en estos tiempos socialmente difíciles, no solo en nuestra patria, sino extendidos en buena parte del mundo, como lo hemos ido escuchando a lo largo de las informaciones.
Dirijámonos, pues, abramos nuestro corazón a nuestra Madre María de Guadalupe para decirle nuestra disposición de escuchar a su Hijo amado, como lo pidió Dios Padre. Nos ponemos de pie, la miramos a ella y le abrimos nuestro corazón.
Bendita seas, Madre nuestra, María de Guadalupe. Con enorme alegría hemos venido a saludarte y agradecerte por todos los beneficios que a través de ti hemos recibido durante estos ya casi 500 años de tu presencia entre nosotros.
Hoy iniciamos el mes dedicado a orar y a intensificar nuestra pastoral en favor de las familias. Y la Palabra de Dios que acabamos de escuchar nos recuerda la importancia de generar plena confianza al interior de nuestros hogares y compartir con nuestros amigos y también con nuestros conocidos nuestras experiencias de vida, tanto en las alegrías como ante las adversidades.
Para ello, Madre nuestra, necesitamos aprender tu ejemplo cuando visitaste a tu prima Isabel y le compartiste la experiencia que tuviste al ser llamada para encarnar al Hijo de Dios. Movidos por tu testimonio maternal, crecerá nuestra confianza en Dios Padre, quien siempre nos orienta sembrando en nuestro corazón las cosas buenas que podemos realizar en favor de nuestros prójimos más necesitados.
Todos los fieles aquí presentes este domingo nos encomendamos a ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María de Guadalupe! Amén.
