Necesitamos pastores que nos orienten
Y todo comenzó cuando Dios llamó a Moisés en el monte Sinaí. Nos narra el libro del Éxodo: “Moisés subió al monte para hablar con Dios… y el Señor… le dijo: Esto dirás a la casa de Jacob,… a los hijos de Israel:… si escuchan mi voz y guardan mi alianza, serán mi especial tesoro entre todos los pueblos”.
Es decir, somos miembros del pueblo de Dios, somos hijos de Dios por el bautismo, pero el Señor nos pide que escuchemos su voz, como papá y mamá les piden a sus hijos que los escuchen, que acepten los consejos que les dan, que sean prudentes, etcétera.
Así también Dios espera que escuchemos su voz, como lo estamos haciendo en este momento al escuchar su palabra en los textos sagrados, ponerle atención y tratar cada uno de nosotros de aprender a poner en práctica sus mandamientos.
La alianza entre Dios y su pueblo de Israel fue la primicia que culminó, que se llevó a plenitud, con la encarnación del Hijo de Dios, al asumir nuestra condición humana y mostrarnos el amor tan inmenso que tiene Dios por nosotros al entregarnos a su propio Hijo, para que caminara como nosotros en todas estas dificultades y oportunidades de la vida terrestre.
Así lo dice san Pablo en la segunda lectura que escuchamos: “La prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros cuando aún éramos pecadores”.
A ver, aquí hay muchos papás y mamás, ¿verdad?, que sí hacen lo mismo que Dios con nosotros, que perdonan a sus hijos cuando han caído en alguna falta o en una situación grave, y estarán atentos para que vuelvan al camino de la verdad. Yo creo que sí están, ¿no? A ver, digan, levanten la mano si están.
¿Por qué? Porque el Padre nos ama. Somos imagen y semejanza de Dios, reflejo de Dios, varón y mujer, padre y madre, padres e hijos, la Iglesia doméstica.
Y por eso, como dice san Pablo, hemos sido justificados por la sangre de Cristo y, estando ya reconciliados, recibiremos la salvación participando de la vida de su Hijo.
Eso es lo que hacemos especialmente en la Eucaristía: participar de la vida de su Hijo, recibiéndolo cuando comulgamos o, al menos, escuchándolo en las lecturas que son proclamadas cada día y cada domingo.
Y el Evangelio de San Mateo, que hemos escuchado hoy, nos transmite la compasión de Jesús ante las necesidades del ser humano. Por eso pide a sus discípulos que pidamos más colaboradores.
Dice el Evangelio de hoy: “Al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas como ovejas sin pastor”. Entonces dijo Jesús a sus discípulos: “…Rueguen al dueño de la mies, que envíe trabajadores a sus campos”.
Hoy particularmente tenemos una gran necesidad de más ministros, de más diáconos, presbíteros y obispos. Por eso es tan importante que ustedes inculquen el amor al ministerio sacerdotal y que reconozcan la necesidad en la Iglesia de tener pastores que nos guíen, que nos perdonen en el nombre de Dios, que nos orienten en el camino de la vida.
Por tanto, la encomienda es clara: pedirle a Dios más vocaciones sacerdotales y para la vida consagrada.
Vemos también la encomienda de que tanto los pastores como todo el pueblo de Dios vayamos siempre a ayudar a los más necesitados. Porque Jesús se compadeció de los necesitados.
A los doce apóstoles los envió Jesús con estas instrucciones: “Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel, y proclamen que ya se acerca el Reino de los cielos”.
El Reino de los cielos ya comenzó con Cristo, ya ha iniciado aquí en la tierra. Y cuando damos a conocer a Jesucristo y, mediante la aplicación en nuestras vidas de sus enseñanzas, damos testimonio de que Jesús camina con nosotros, de que Él está con nosotros.
Por eso vino María de Guadalupe a nuestras tierras como misionera para decirnos: “Escuchen a mi Hijo, al verdadero Dios por quien se vive”.
También nosotros pidámosle a nuestra Madre que seamos discípulos fieles de Jesucristo y discípulos misioneros, para que ella nos ayude a suscitarlo también en el corazón de los niños, adolescentes y jóvenes. Pidámosle a Nuestra Madre que así sea.
Madre nuestra, María de Guadalupe, al escuchar que Dios, Nuestro Padre, lo debemos conocer mediante Jesucristo y sus enseñanzas, ayúdanos a descubrir con claridad nuestra vocación y misión como fieles discípulos de Cristo, y seamos asistidos por el Espíritu Santo para promover en nuestros ambientes la Civilización del Amor, que tanto necesitamos, porque Dios es amor.
Invocamos tu auxilio para conocer a tu Hijo Jesús y ser buenos discípulos suyos, leyendo y meditando los Evangelios; siendo constantes en la participación de la Eucaristía y obedientes a sus enseñanzas.
Hoy Jesús en el Evangelio nos ha expresado que pidamos a Dios Padre, el Dueño de la mies, que envíe trabajadores a su viña, que es la Iglesia; por tanto, necesitamos promover las vocaciones al Ministerio Sacerdotal, la Vida Consagrada y fieles laicos que colaboren en sus parroquias para propiciar la ayuda fraterna y solidaria, y lograr la reconciliación y la paz social.
Todos los fieles aquí presentes este domingo nos encomendamos a ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María de Guadalupe! Amén.
