¿No es más bien el proceder de ustedes el injusto?
La primera lectura del profeta Ezequiel nos ha recordado, que la conciencia para cumplir nuestros deberes es fundamental. Por eso es necesario descubrir lo que Dios desea y espera de mí. A esto, la espiritualidad cristiana le llama el discernimiento: separar lo que realmente quiere Dios de mí, y no de lo que son simplemente mis deseos o mis atracciones.
La conciencia para cumplir nuestros deberes es fundamental. Y por eso es que a esta primera lectura, la liturgia nos ha propuesto cantar: “Descúbrenos, Señor, tus caminos”. Los caminos del Señor es lo que debemos descubrir, lo que debemos conocer.
“Guíanos con la verdad de tu doctrina”. Es decir, nos está diciendo el salmo que, a través de las enseñanzas de Jesús, de los Evangelios en particular, conoceremos qué es lo que Dios quiere de nosotros, sobre todo si lo dejamos caer al corazón, no solamente al cerebro, a la inteligencia. Esta es para entender, pero donde se mueve la voluntad es en el interior, porque allí Dios habla lo que quiere de mí.
De allí que es indispensable tener un tiempo de meditación, es decir, descubrir lo que se está moviendo en mi interior. Por ejemplo, cuando vemos a un migrante que no tiene para comer y se mueve en mi interior decir: “Le voy a llevar esto”. Esos son movimientos del Señor que se dan en nuestro interior, y esos son los que tenemos que descubrir.
Por eso, la vida de Jesús y sus enseñanzas son el camino para llegar a la casa del Padre, al cielo. Y en este sentido, en la segunda lectura, San Pablo nos exhorta con plena claridad: “Nada hagan por espíritu de rivalidad ni de presunción”.
Es decir, ah, esta persona me hizo esto, yo le voy a pagar así, porque yo soy más poderoso, ¡no! ¿Qué es lo que nos dice San Pablo? Termina diciendo: “Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús,… y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor”. Él es el camino, él es la vida. Y allí, a esta segunda lectura, respondíamos también afirmando: “Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen”.
Por eso es que ustedes, los fieles, los que sean ya padres, tienen esta responsabilidad de ser cabeza. Nosotros los presbíteros, más responsabilidad de ser cabeza orientadora, guía para ustedes y así todos ejercer este espíritu de conocer y aplicar, lo que Dios nos pide.
En esta misma línea, nos ofrece un nuevo elemento San Mateo en el evangelio: describe que la obediencia debe ser asumida, no solo aceptada de palabra, sino cumplida y puesta en acción.
Y por eso nos narra esta parábola de Jesús, que le dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “¿Qué opinan de esto? Un hombre tenía dos hijos. Al primero le ordenó: ‘Hijo, ve a trabajar hoy en la viña’. Él le contestó: ‘Ya voy, Señor’. Pero no fue… El Padre le dijo al segundo. Este le respondió: ‘No quiero ir’. Pero se arrepintió y fue”. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre?…El segundo”.
Aunque el primero es el que haya dicho sí, pero no fue; el segundo que dijo no, se arrepiente y asume el verdadero camino, el camino de la vida. Por eso les propongo que abramos nuestro corazón a nuestra madre María, porque como madre, y aquí hay muchas mujeres presentes, tienen un gran corazón y especialmente para ayudar a sus hijos.
Ella es nuestra Madre. Pidámosle a ella que nos auxilie para ser responsables de nuestros deberes y los llevemos siempre a cabo con alegría y con esperanza. Nos ponemos de pie, le abrimos nuestro corazón a ella, en un breve momento de silencio.
Madre nuestra María de Guadalupe, recordando que viniste para dar a conocer “al verdadero Dios, por quien se vive”, te pedimos nos auxilies para adquirir plena conciencia, de la vital importancia, que tienen las enseñanzas de Jesús, y lograr que nuestra conducta manifieste los mismos sentimientos de tu Hijo.
Tú contemplaste la angustia de tu querido hijo San Juan Diego, y decidiste mostrarle tu amor y misericordia. Ayúdanos a confiar en tu amor y propiciar la fraternidad y la solidaridad en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Especialmente hoy te pedimos por los migrantes que buscan una vida digna, y por ello han dejado su lugar de origen.
Ayúdanos a consolidar buenos y perdurables cimientos, que hagan posible lograr la civilización del amor, en nuestra querida patria de México. Y fruto de ese esfuerzo comunitario, quedemos plenamente convencidos de que Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida.
Todos los fieles aquí presentes este domingo nos encomendamos a ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza.
¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María de Guadalupe! Amén.
