¿Cuántas veces debo perdonar? Jesús responde: siempre
"El evangelio de hoy afirma: 'Cosas abominables son el rencor y la cólera'… Reflexionemos cómo superarlas, porque en un determinado momento de nuestra vida, seguramente hemos experimentado en nuestro interior el rencor y/o la cólera"
"Cosas abominables son el rencor y la cólera"
En la primera lectura hemos escuchado que se afirma: “Cosas abominables son el rencor y la cólera”.
Por eso les planteo que reflexionemos cómo superarlas, porque en un determinado momento de nuestra vida, seguramente hemos experimentado en nuestro interior el rencor y/o la cólera.
La misma Palabra de Dios, en la primera lectura del libro del Eclesiástico, nos indica cómo proceder: “Perdona la ofensa a tu prójimo y así, cuando pidas perdón, se te perdonarán tus pecados”.
El saber perdonar se adquiere mediante la compasión, es decir, teniendo en cuenta y tratando de comprender lo que está viviendo el prójimo; pasarme de mi interior a considerar lo que el otro sufre, ante lo que está viviendo.
Y termina el texto indicando que también nos ayudará el saber perdonar: recordando que esta vida terrena es transitoria. Dice, efectivamente: “Piensa en tu fin y deja de odiar. Piensa en la corrupción del sepulcro”.
Es ya una convicción que desde pequeños, desde jóvenes, tenemos: que la vida es incierta. No sabemos cuándo vamos a morir, pero lo cierto es que nos vamos a morir.
El salmo también nos muestra otras dos actitudes para superar el rencor y la cólera: que miremos cómo el Señor es compasivo y misericordioso, porque el Señor perdona tus pecados y no nos condena para siempre.
¿Ven la importancia del sacramento de la confesión? Experimentar el perdón, y a través del perdón, el amor de Dios por cada uno de nosotros.
Y continuábamos en el salmo: “Así es de grande su misericordia. Como un padre que es compasivo con sus hijos, así es compasivo el Señor con quien lo ama”.
En la segunda lectura, el apóstol san Pablo afirma: “Si vivimos, para el Señor vivimos. Y si morimos, para el Señor morimos, porque Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos”.
¿Verdad que tenemos toda la convicción de que un día, no sabemos cuándo, nos vamos a morir? O levante la mano quién no piensa que se va a morir, ¿verdad? Que sí, todos nos vamos a morir.
Entonces debemos también aplicar lo que nos dice el Evangelio cuando Pedro, después de todas estas enseñanzas, le preguntó a Jesús: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? Hasta siete veces”.
Sin duda, Pedro estaba pensando que ya era mucho lo que iba a conceder: siete veces. Jesús le contestó: “No solo hasta siete, sino hasta 70 veces siete”, es decir, siempre, siempre.
La parábola que nos plantea Jesús en el Evangelio es muy clara. Hay que ser compasivo y perdonar siempre, recordando que somos pecadores por naturaleza, frágiles; pero con la gracia divina, podremos mantenernos siendo compasivos y misericordiosos para superar el rencor y la cólera.
¿Por qué vinimos aquí a este templo, a esta casita sagrada? Porque aquí encontramos amor y misericordia de nuestra Madre, como lo mostró con san Juan Diego, y como lo ha hecho con todos los que acudimos a ella.
Por eso les pido que nos pongamos de pie ante ella y, con plena confianza en su amor, pidámosle que nos auxilie para ser siempre capaces de perdonar a quien nos ofenda o nos perjudique.
En un breve momento de silencio le abrimos nuestro corazón.
Madre nuestra, María de Guadalupe, recordando que “viniste para dar a conocer al verdadero Dios, por quien se vive”. Te pedimos nos auxilies para conducir nuestra vida conforme a las enseñanzas de tu hijo Jesús, y lograr ser auténticos discípulos, compasivos y misericordiosos ante las necesidades de nuestros prójimos.
Sin duda, tú contemplaste la angustia de tu querido hijo san Juan Diego, y decidiste mostrarle tu amor y misericordia.
Ayúdanos a confiar en tu amor y propiciar la fraternidad y la solidaridad en todos los ámbitos de la vida cotidiana, consolidando buenos y perdurables cimientos, que hagan posible lograr la civilización del amor en nuestra patria.
Por ello, de nuevo, ponemos en tus manos a todas las madres, padres, hijos y hermanos buscadores, que viven el profundo dolor de no saber dónde se encuentra uno o varios de sus seres queridos desaparecidos.
Todos los fieles aquí presentes, este domingo, nos encomendamos a ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza.
¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María de Guadalupe! Amén.
