Celebremos cada día
Dios no nos pide más de lo que podemos dar. Nos pide que hagamos lo que podamos allá donde estemos y que lo hagamos unidos a Él
Este domingo, la fiesta del Bautismo del Señor marca el final del tiempo litúrgico de Navidad. A partir de mañana iniciamos el tiempo ordinario después de los tiempos fuertes de Adviento y Navidad. Hoy se apagan las luces de la Navidad, pero sigue brillando intensamente la luz de Cristo. En esta celebración recordamos el momento en que Jesús fue bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán. Juan predicaba y animaba a todos a convertirse cuando decía: «Allanad el camino del Señor» (Jn 1,23). Todos podemos hacer nuestra esta llamada a preparar el camino de Jesucristo, para que pase por nuestra vida y la llene de su amor.
El tiempo ordinario puede parecernos un tiempo en que siempre hacemos lo mismo y en que no hay nada para celebrar. Sin embargo, es en la rutina diaria cuando nos lo «jugamos todo», cuando el Señor nos llama a construir su Reino de amor con pequeños gestos y acciones. Acciones sencillas como las que refleja una historia que esconde una bella enseñanza.
En esta historia se cuenta que un hombre hacía cada día el mismo trabajo. Llevaba sobre sus hombros dos tinajas llenas de agua que vendía en la ciudad. Una era nueva y la otra estaba agrietada por los años y goteaba poco a poco durante todo el trayecto. Un día, apesadumbrada, la tinaja agrietada le dijo al vendedor que le sabía mal que con ella perdiera dinero, porque siempre llegaba medio vacía a la ciudad. Le pidió que la sustituyera por una nueva. El vendedor la tranquilizó y le hizo ver el resultado del ligero desperfecto que la limitaba. Le mostró que las gotas de agua que caían al suelo no se desperdiciaban, no eran en vano, ya que hacían crecer flores a lo largo del camino. Aliviada, la tinaja agrietada comprendió el valor de su existencia y siguió regando el camino con alegría.
¿Qué aprendemos de esta historia? Que, en la sencillez de las acciones diarias, cuando las hacemos con bondad y amor, podemos encontrar paz y alegría. También descubrimos que podemos encontrar a Dios en nuestras tareas aparentemente insignificantes y, aparentemente, inútiles. Ya nos decía santa Teresa de Jesús que «también entre los pucheros anda el Señor» (Libro de las Fundaciones 5,8).
Dios cuenta con todos nosotros, con nuestras limitaciones, para construir su Reino en cualquier lugar y situación. Dios nos da la fuerza necesaria para llenar el mundo de flores, aunque seamos frágiles como la tinaja, aunque sintamos que a veces nos fallan las fuerzas, aunque perdamos el ánimo por no ver los frutos deseados. Dios no nos pide más de lo que podemos dar. Nos pide que hagamos lo que podamos allá donde estemos y que lo hagamos unidos a Él.
Queridos hermanos y hermanas, hagamos lo que nos pide Dios teniendo siempre presente que «los heroísmos auténticos y mejores se realizan en el anonimato de los días normales o grises» (Juan Esquerda Bifet, La Virgen de nuestro sí, p 87). Dios nos llama a todos a ser santos desde nuestra pequeñez y desde nuestras debilidades, viendo lo ordinario de forma extraordinaria. Y no olvidemos que lo que realmente transforma el mundo es lo que hacemos con amor, entrega generosa y sin ruido.
† Card. Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona
