Quedarse en casa cuando no se tiene hogar
El temporal en Catalunya interpela a la responsabilidad pública y a la hospitalidad de la Iglesia
«Quedarse en casa». La recomendación, necesaria ante el temporal que ha vivido Catalunya, contiene una condición que damos por supuesta: tener una casa. Para una persona que duerme en la calle, el aviso abre una pregunta inmediata: ¿adónde voy? La protección de la población queda incompleta mientras esa pregunta carezca de una respuesta concreta y accesible.
Ayervivimos un fuerte temporal en Catalunya que exigió una de las alertas más complejas vividas recientemente y que gracias a ellas se lograron mitigar muchas de las consecuencias negativas, sobre todo en vidas humanas. En la zona en que nosotros estamos han caído 178 litros por metro cuadrado. Si una persona dormida al ras ocupa entre 1 y 1,5 metros cuadrados, imaginemos la gran vulnerabilidad es estar sin techo.
En esta sociedad dual entre los que tienen vivienda fija y los que a duras penas la sostienen, debemos recordar como falta de vivienda aumenta la exposición al peligroy dificulta recuperarse después. Si se moja el saco donde alguien duerme, si se pierde una mochila con la documentación o se estropea el teléfono que permite mantener los contactos, recomenzar puede resultar muy difícil. Para comprender el alcance de un temporal hay que mirar también estas pérdidas, pequeñas en las estadísticas y enormes en una vida.
Si se moja el saco donde alguien duerme, si se pierde una mochila con la documentación o se estropea el teléfono que permite mantener los contactos, recomenzar puede resultar muy difícil
La pregunta por quienes quedaron fuera debe formar parte de la evaluación pública de la emergencia. Necesitamos saber si los avisos llegaron, si las personas pudieron desplazarse y si encontraron una plaza adecuada. La responsabilidad consiste también en detectar a quien no aparece en el recuento de las personas atendidas.
La Iglesia tiene una larga tradición de hospitalidad y refugio. Los monasterios y tantas iglesias convertidas en refugio han protegido durante siglos la vida de personas desamparadas. Esa memoria nos obliga a preguntarnos si seguimos siendo un lugar de amparo cuando llega la emergencia. ¿Continúa viva esta tradición en nuestras comunidades o la hemos dado por caducada?
La pregunta resulta especialmente incómoda en una ciudad turística. Dedicamos atención a los horarios de visita, los recorridos y la conservación de nuestros templos. Compartir ese patrimonio tiene un valor cultural y evangelizador. Pero urge preguntarnos si puerta que se abre al turista puede cerrarse a quien busca refugio. Quizás esta misma capacidad de organización debería ayudarnos a prever cómo acoger a quien necesita refugio. ¿Qué espacios podemos ofrecer, quién puede abrirlos y con qué apoyos? La puerta que se abre al turista no puede cerrarse a quien busca refugio.
Desde el Hospital de Campaña de Santa Anna, esta pregunta pertenece al centro de nuestra tarea. La acogida nos compromete a pensar qué Iglesia queremos ser en la ciudad y cómo ponemos nuestros espacios, recursos y comunidades al servicio de las personas que más los necesitan. Cada parroquia y cada institución eclesial debería revisar qué puede aportar a una red de protección preparada antes de la siguiente alerta.
Esa disponibilidad necesita organización. Los espacios deben ser adecuados, contar con personas que acompañen y estar coordinados con los servicios públicos y las entidades del territorio. La buena voluntad necesita medios para convertirse en una acogida segura y sostenida. También corresponde a la Iglesia reclamar a las administraciones una protección efectiva para todos. Su colaboración debe reforzar la responsabilidad pública y el reconocimiento de derechos.
Creemos que entre todos hemos de atender cinco necesidades. La primera es disponer de un refugio seguro antes de que llegue el temporal, durante toda la noche y mientras persista el riesgo. La segunda es llegar hasta las personas: localizarlas, explicarles las alternativas y facilitarles el traslado. Una alerta en el teléfono solo resulta útil cuando quien la recibe sabe dónde puede ponerse a salvo y tiene posibilidades reales de hacerlo.
La tercera es poder recuperarse. Hace falta ropa seca, alimentación, higiene, descanso y atención sanitaria cuando sea necesaria. Hay que proteger las pertenencias y ayudar a recuperar la documentación o el teléfono perdidos. Esta atención concreta permite ofrecer una acogida verdaderamente confiable.
La cuarta necesidad es una coordinación que se haga responsable de quienes continúan fuera. Debe haber seguimiento, información compartida y responsables claros. La quinta exige responder a la emergencia de lo cotidiano: sostener el acompañamiento y abrir caminos hacia una vivienda estable. Que deje de llover no significa que haya terminado la emergencia de quien vive en la calle.
León XIV afirmó ante los movimientos populares que «la tierra, la casa y el trabajo son derechos sagrados» (23 de octubre de 2025). Defender el derecho a la vivienda exige escuchar a quienes carecen de ella. Las personas sin hogar han de participar en la evaluación de la respuesta. Conocen las dificultades para acceder a los recursos y pueden explicar qué les ofreció seguridad y qué les impidió aceptar una propuesta. Su palabra tiene que influir en las decisiones que afectan a su vida.
También nuestras comunidades necesitan dejarse interpelar. La oración por quienes sufren nos dispone a compartir tiempo, espacios y recursos. La mesa eucarística educa una fraternidad que ha de hacerse reconocible en la vida cotidiana. Celebrar que somos hermanos compromete nuestra manera de recibir a quien llega sin nada y nuestra disposición a defender su dignidad ante los poderes públicos. La dignidad de un templo se honra también protegiendo la dignidad de quien llama a su puerta.