DESARMAR LA COMUNICACIÓN
Hoy en día, con mucha frecuencia la comunicación no genera esperanza, sino miedo y desesperación, prejuicio y rencor, fanatismo e incluso odio. Muchas veces se simplifica la realidad para suscitar reacciones instintivas; se usa la palabra como un puñal; se utiliza incluso informaciones falsas o deformadas hábilmente para lanzar mensajes destinados a incitar los ánimos, a provocar, a herir. Todos vemos cómo —desde los programas de entrevistas hasta las guerras verbales en las redes sociales— amenaza con prevalecer el paradigma de la competencia, de la contraposición, de la voluntad de dominio y posesión, de manipulación de la opinión pública (Papa Francisco)
Actualmente la comunicación en todos sus niveles, más aún en los medios de comunicación masiva y especialmente en las redes sociales, busca activar, cautivar, seducir, confundir y enajenar a toda la sociedad, sin distingo de edad, raza, posición social, creencia, ideología. Es una comunicación “armada hasta los dientes” que arremete con todo su poder contra una inofensiva población que cae en sus garras totalmente desprevenida, sin la menor idea de lo que está sucediendo, acepta todo lo que le llega como verdad, sin cuestionarla, sin analizarla, sin verificar, simplemente se aceptan propuestas comunicacionales que llegan con todo y buscan uniformizar un pensamiento, sin discernimiento ni actitud crítica.
Estamos en una era en donde, según Byung-Chul Han, “el poder no reprime, sino que seduce a través de narrativas, datos y algoritmos, transformando la sociedad disciplinaria en una "infocracia". “La tecnología de la información digital hace de la comunicación un medio de vigilancia”, a mayor cantidad de datos generados, más intensa y más eficaz es la vigilancia. La vigilancia es voluntaria, la información sustituye a la verdad y el individuo se autoexplota bajo la falsa ilusión de libertad”.
De alguna manera somos sociedades “empachadas” de consumir medios que “comunican” cualquier cosa y nosotros les creemos sin decir ni chus ni mus. Somos unas “blancas palomitas” que aceptamos lo que dicen sin dudar. Vivimos en cárceles de propaganda, bajo una vigilancia digital voluntaria. La democracia degenera en infocracia, donde los algoritmos y la información tratan de moldear nuestro comportamiento.
No pensamos con autonomía, nos hemos convertido en “auto-esclavos”. El poder ahora es "psicopolítico" y digital; no sentimos la vigilancia, nos exponemos voluntariamente para ser vistos. La información prolifera sin verdad, reemplazando los hechos por narrativas vacías y emociones. La cantidad abrumadora de información oscurece la comprensión del mundo. Hay tanta información, verdadera o falsa, que pulula por doquier y que se pone a nuestra disposición sin ninguna clase de filtro.
En medio de esta realidad que nos somete sin darnos cuenta, es impostergable, como dice el Papa Francisco: “Desarmar la comunicación” puesto que “con mucha frecuencia la comunicación no genera esperanza, sino miedo y desesperación, prejuicio y rencor, fanatismo e incluso odio”, en la mayoría de veces sin darnos cuenta, simplemnte estanos allí y somos parte de esa “realidad”. El papa denunciaba que “se usa la palabra como un puñal; se utilizan incluso informaciones falsas o deformadas hábilmente para lanzar mensajes destinados a incitar los ánimos, a provocar, a herir”.
"Desarmar la comunicación" según el Papa Francisco implica eliminar la agresividad, la polarización y la violencia verbal de las narrativas actuales, transformando las palabras de armas destructivas en instrumentos de paz y esperanza. Hay que pasar de la confrontación a la escucha, purificando el lenguaje de prejuicios y el chismorreo.
Como cristianos debemos combatir la tendencia a usar la palabra para herir, atacar o crear miedo y odio.
Necesitamos superar los pecados de la comunicación: la desinformación (informar de forma incompleta y sesgada), la calumnia (inventar falsedades), la difamación (difundir noticias pensadas para destruir al otro) y la coprofilia (amor por el escándalo y el sensacionalismo).
Debemos evitar la polarización y confrontación, rechazando los paradigmas de demonización y los intentos de destrucción de los adversarios, la manipulación en las redes sociales y los medios, buscando tender puentes y cauces para un diálogo auténtico.
La verdad nos hará libres (Juan, 8.32) y para ello la comunicación debe ser un acto de amor, no una técnica de marketing, enfocándose en la escucha y en la aceptación del otro. En un mundo lleno de narrativas de desesperación, la comunicación debe generar esperanza, buscando el bien común y la reconciliación
“Desarmar la comunicación” puesto que “con mucha frecuencia la comunicación no genera esperanza, sino miedo y desesperación, prejuicio y rencor, fanatismo e incluso odio”, en la mayoría de veces sin darnos cuenta, simplemnte estanos allí y somos parte de esa “realidad”. El papa denunciaba que “se usa la palabra como un puñal; se utilizan incluso informaciones falsas o deformadas hábilmente para lanzar mensajes destinados a incitar los ánimos, a provocar, a herir”.